01 - Wey

Story by YoSoyGarrick on SoFurry

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Capítulo 01 de Fabula Drakone: La balada de los pecadores.


— Buen día, señor Raúl.

El hombre no respondió a la risueña recepcionista, en su lugar, solo asintió y siguió derecho hasta los vestidores. El gimnasio estaba casi vacío a esa hora. Dejó su pequeña mochila en la banca y de ella sacó un par de guantes y una toalla. Se quitó la playera, dejando que su torso firme y peludo se airara, se colocó una camiseta y, tras sentarse, se quitó los pantalones, quedando solo en unos calzoncillos ajustados que se ceñían de forma cómoda a su virilidad, se acomodó los testículos, acarició los vellos que sobresalían del elástico y, notando el espejo frente a él, se puso de pie y contempló su cuerpo.

A sus treinta y dos años, su figura era casi envidiable, tenía una cabellera abundante, pero bien recortada, ojos brillantes y cansados, cejas anchas y abundantes, así como una barba cerrada que conectaba con sus patillas que mantenía rebajada. Sus pectorales duros, así como sus hombros anchos y brazos como troncos, mostraban avances de más de cinco años de gimnasio. Todo su torso estaba cubierto por una fina capa de vello que se espesaba al bajar por su ombligo. Su espalda era ancha, sus glúteos eran firmes y sus piernas robustas mantenían la armonía con su cuerpo. Raúl tenía un cuerpo envidiable de tono moreno claro.

Se miró por completo, bajando su vista hasta llegar a sus rodillas y, tras suspirar, consideró tomarse una foto, pero apenas tomó su celular, la idea desapareció al instante, negó para sí y, al escuchar voces llegar a los vestidores, no perdió más tiempo y se colocó una playera de tirantes con unos shorts holgados. Tras ponerse sus tenis y guardar sus cosas en un casillero cercano, salió al área de pesas.

El lugar apestaba a sudor, desodorante, talco y otros olores diversos, la poca ventilación no ayudaba. Las luces alumbraban todo el amplio sitio, sin dar lugar a sombra alguna, el ambiente era afable y una que otra botella de agua vacía estaba tirada en el suelo. No era un mal gimnasio, pero tampoco era el mejor. Fue cómodo para él ya que le quedaba cerca del trabajo y los equipos no eran tan viejos, les daban mantenimiento constante, pero aún así había una que otra máquina con su cartelito de «fuera de servicio». Al menos la anualidad le había salido barata.

Raúl caminó sin prisa, el día había sido largo, su trabajo como fisioterapeuta independiente no era del todo exigente, permitiéndole tener control sobre su carga de trabajo y una decente estabilidad económica. Listo, se colocó el auricular derecho y, al ladear el rostro para ponerse el izquierdo, vió a un par de individuos: una mujer agraciada y coqueta de marcadas caderas y a un toro robusto con algo de panza.

Parpadeó dos veces, había escuchado en su trabajo de esos... ¿seres? Pero era la primera vez que veía uno en persona. En los medios les llamaban «agrestes» y, fuera de su cabeza y algunas otras características animales, su fisonomía no distaba mucho de la de un humano común y corriente.

El toro agreste se mostraba algo incómodo, incluso apenado. Llevó la mano tras su nuca, resaltando el par de enormes cuernos y orejas puntiagudas, el movimiento le obligo a bajarse la orilla de la playera para no evidenciar más su panza. Sin evitarlo, su mirada viajó por el lugar y chocó de frente con la de Raúl, quien lo miraba fijo con aire malhumorado, incomodándose más y escondiendo su cola entre sus piernas, cuando, llegando con un saludo estridente, un hombre sonriente se les acercó y, saludando a la mujer de beso, le estrechó con una gran sonrisa la palma al hombre toro.

Raúl lo reconoció al instante, era el empalagoso de Ramón Martín, con su sonrisa de oreja a oreja y su actitud de «soy amigo de todos» que tanto le fastidiaba. Ramón intercambió unas palabras con el toro, lo tomó del hombro y, reconociéndolo, hizo un comentario que le sacó una sonrisa y una carcajada a la mujer. El toro, más tranquilo y con una invitación, siguió a Ramón y a su amiga a una maquina cercana. En el movimiento, Ramón logró ver al fondo a Raúl y levantó la mano con efusividad para saludarle, a lo que el hombre, gruñendo, se limitó a ignorar como siempre mientras colocaba pesas para hacer press de banca.

Ramón bajó la mano al sentir el rechazo típico de Raúl, pero, sin dejar que le afectara del todo, respiró profundo, levantó la cara con ánimo y siguió a su amiga y a su compañero para hacerse amigo de él.

El gimnasio tenía un ambiente tranquilo, los pocos miembros de esa hora charlaban entre ellos con calidez.

— Hey, Juan, ¿cómo estás? ¿qué dice la vida?

Mas de una ocasión Ramón saludaba con calidez a cuanta persona podía ofreciendo un abrazo algunas palabras sobre su día a día. La energía y alegría del fortachón eran contagiosas, transmitiendo un sentimiento afable a quien estuviera cerca.

— José, ya no te había visto, ¿todo bien? — preguntaba con genuino interés.

Raúl, con desinterés, se limitaba a enfocarse a su rutina.

— Hey, disculpa, ¿podemos intercalar? — pidió un hombre acercándose.

Por respuesta, Raúl se levantó a mitad de su ejercicio y sin mirar al hombre a los ojos, se fue a otra máquina, dejándole con un sentimiento de incomodidad y desagrado. Raúl continuó su rutina hasta que, una vez que notó que volvían a desocupar la máquina que estaba utilizando, regresó a ella y terminó sus repeticiones.

Así, el lugar se llenaba de calor corporal, aromas naturales y sonidos de metales subiendo y chocando con cada ejercicio.

Raúl entrenó pecho, hombros y brazos, usó la música para amortiguar el ruido y las conversaciones de la gente y, tras un par de horas, con los brazos hinchados y el pecho rígido, se detuvo jadeando, limpiándose el sudor del cabello y la frente. Al fondo entre risas y vítores, el toro intentaba levantar una barra con pesas de cinco kilos de cada lado mientras su amiga y Ramón le animaban.

— ¡Tú puedes, solo dos más!

El toro resopló, su pecho se infló, sus brazos bajaron y, con un ronco bramido, levantó la pesa para alegría de los presentes.

— ¡Una, solo una! — animó Ramón colocando sus manos por debajo de la barra, por si los brazos temblantes del toro fallaban.

Una pequeña multitud les rodeo, algunos miraban sonrientes a lo lejos, incluso Raúl no pudo evitar sentir emoción al ver que el toro, con la cara hinchada, bajaba con esfuerzo la barra, resoplando, sudando y con un rugido gutural, comenzó a levantarla, sus brazos temblaban e incluso más de uno pensó que soltaría las pesas. Pese a todo, Ramón, sonriente y animándolo, estaba atento a la barra, el más mínimo retroceso y él levantaría el peso para evitar cualquier accidente.

Así, resoplando, con la cara roja y lanzando un potente bramido, el toro logró elevar ambos brazos.

— ¡Eso, cabrón! — celebró Ramón mientras tomaba la barra y algunos se acercaban para felicitar a un toro algo mareado.

Raúl, sin evitarlo, sonrió de lado, alegrándose por el toro. Sin más, fue a las caminadoras, hizo unos diez minutos, y al terminar, tomó sus cosas y partió a las duchas.

Las regaderas estaban vacías, el gimnasio estaba por cerrar por lo que era común. El hombre se quitó la playera, su short y sus boxers, todas sus prendas humedecidas por el sudor, dejo todo de lado en una banca, se colocó sus huaraches y al levantarse desnudo para ir a una ducha, caminó por un pasillo angosto donde se topó de frente al toro, empapado y desnudo, saliendo de la regadera.

Sus miradas se encontraron y sin evitarlo, Raúl contempló el cuerpo del bovino, su piel era tersa, de un tono marrón obscuro, tenía un mechón de cabello negro en la cabeza entre los cuernos, mostraba un poco de panza, quizá apenas unos kilos más de lo adecuado, bajando por el ombligo, un triangulo de vello descendía hasta dar nacimiento a sus genitales. Raúl alzó las cejas, el pene del toro era del igual al suyo, sin mayor distinción salvo que, sus testículos, eran apenas un poco más grandes.

— Eh...

Raúl parpadeó al oír la voz del bobino, sin darse cuenta se había quedando de pie, obstruyendo su paso a las bancas.

— Disculpa, no... no había conocido a un agreste antes — se excusó levantando la mirada notando que el toro bajaba las orejas y evadía su mirada —. Ah... me dio gusto verte levantando la barra.

— ¿En verdad? — el toro miró a Raúl y se llevó la mano tras la nuca — Es mi primer día. Aumenté de peso estos meses y... — el macho tomó aire y resopló con melancolía — quise hacer algo por mí.

— Es un buen comienzo, solo no te exijas de más, no estás compitiendo con nadie — le aseguró mientras abría una regadera cercana y se introducía en ella.

— No, para nada. No quiero lastimarme.

— Eso es bueno. Unos cuantos meses y te verás muy bien, grandulón.

El toro sonrió, alzó las orejas, movió la cola y levantó su mano.

— Soy Pancho, mucho gusto.

— Raúl. Bienvenido — respondió estrechándole con su mano empapada.

Pancho puso un gesto de sorpresa, tras lo cual, mostró una sonrisa triste.

— Gracias — musitó el taurino —, ser agreste... no es bien visto por muchos.

— Lamento oír eso. Aquí en el gimnasio he visto que son tranquilos, al menos a esta hora, ya sabes, muchos tipos de cuerpos, diferentes metas, diferentes enfoques, cada quien tiene sus problemas con los que lidiar.

— Ramón es muy amigable.

— ¿Ese? — Raúl arqueó una ceja mientras terminaba de quitarse el jabón de encima — Demasiado para mi gusto.

— Es un gran tipo.

— Si tú lo dices.

Raúl terminó de bañarse y regresó junto con Pancho a los vestidores. El toro quiso seguir conversando, pero, a diferencia de Ramón, Raúl era más serio, casi indiferente, así que solo se limitó a vestirse junto a él. En un movimiento, ambos se inclinaron para ponerse los pantalones, dejando sus traseros al aire.

— ¡Conque aquí estabas, carnal! — Ramón miró las nalgas y levantando la mano, no dudó.

El sonido de una sonora nalgada resonó en todo el lugar, y cuando Ramón vió que Pancho lo miraba confuso, comprendió su error y su semblante palideció.

— Perdón, perdón, perdón, perdón.

Raúl se giró de inmediato y, rojo del coraje, bufó frente al rostro de Ramón, quien se deshacía en disculpas.

— Perdona, Raúl, me confundí, no quería...

Raúl, tensando los puños, solo resopló, tomó sus cosas con enojo y salió del lugar.

— Qué wey soy... La regué... — suspiró Ramón con pesar pasando las manos por su cabello.

— Bueno, pero, se le pasará el enojo, ¿no? — le consoló Pancho —. Parece amigable.

— Conmigo no.