Entre tus olas - Capítulo 1
El destino une a dos completos desconocidos en el trabajo por preservar las costas de una isla paradisíaca. Uno es un ligre de modales algo toscos y que no sabe mucho de convivir con gente, mientras que el otro es una nutria afable que siempre intenta llevarse bien con todo el mundo. Quizás este primer punta pie inicial sea una señal del destino o, tal vez, una mera casualidad.
I
—Kal, ya es suficiente
Aquella era una voz familiar, la de su padre con su usual tono demandante. Por mucho que quisiera seguir, ante la orden del “capitán" no había nada que argumentar. Desde el agua, emergió un ligre de pelaje crema, con todo su pelaje apegado al cuerpo, creando una graciosa apariencia para un felino tan grande. Su padre, un tigre de edad y de semblante serio, lo esperaba impaciente a los mandos del bote.
—Otra vez vamos a llegar tarde a cenar, sabes que a tu madre le molesta. —La embarcación partió tan pronto el chico se había subido.
—Disculpa, quería recolectar unos últimos erizos.
El barco recorría las tranquilas aguas de una tarde de verano. El sol se ponía en el horizonte y los suaves rayos anaranjados teñían el cielo. El viaje transcurrió en silencio, ese silencio cómplice en el que siempre transcurrían los viajes cuando la rebeldía de Kal molestaba a su padre. Sin embargo, el cariño que se tenían ambos era mucho mayor que esas pequeñas peleas. Con frecuencia discutían en el barco, mientras nadaban o al limpiar las costas, pero cuando llegaban a casa los problemas y las discusiones se quedaban fuera. Allí, dentro, todo era paz. Por eso, incluso después de haberse dedicado miradas feas en el día, compartían unas cervezas mirando algún programa en la televisión o simplemente jugando cartas junto con su madre.
Llegaron cuando el mar comenzaba a subir. Kal se quitó su traje mientras su padre cargaba los erizos que habían recogido. Su casa, una cabaña que había sido ampliada y reampliada hasta casi doblar su tamaño, era el centro de Acción por los mares, una asociación sin fines de lucro que buscaba proteger la flora y fauna nativa de las costas tropicales. Viviendo inmerso en el corazón de esa institución, había Sido natural terminar inmerso en ella. Hoy, solo su madre, su padre y él eran los únicos miembros. Antaño llegaban fursonas esporádicamente para participar durante las estaciones, hecho que los había obligado a ampliar la casa de a poco. Así, podían dar alojamiento gratis cosa que siempre era bien agradecida por los voluntarios debido a los precios de alquiler en el extremo opuesto de una isla turística. No obstante, hacía mucho tiempo que no recibían mails de voluntarios. Los motivos no eran muy claros, pero sospechaban que era una mezcla del boicot de algunas empresas turísticas, la falta de promoción que hacían y el desinterés del público general por la preservación de ese tipo de ambientes.
Para Kal, era necesario actualizar la forma en la que estaban haciendo las cosas. Pero oponerse ante la visión tradicional de sus padres era más agotador de lo que pensaba en un inicio. Además, la desventajas numérica no lo ayudaba cuando les proponía sus ideas. Pese a ello, seguía esforzándose por dar lo mejor y no perdía la esperanza de ver a la institución que sus padres habían creado con tanto cariño resurgir otra vez. Pero deseaba que sus padres vieran sus esfuerzos de la misma manera.
Cuando llegaron la leona estaba esperándolos fuera, fumando mientras observaba el atardecer. Al verlos apagó su cigarro y les dirigió la cálida sonrisa que la caracterizaba. Kal y su padre le dedicaron unas palabras mientras entraban. Kal subió para ducharse y su padre se quedó esperando a la mujer que entró después, yendo de inmediato a lavar sus manos.
—¿Alguna novedad? —Preguntó exhausto, abrazando por la cadera a su esposa.
—Hay noticias. Si son buenas o malas vamos a tener que discutirlo.
La mujer deslizó una pequeña risilla mientras se apartaba, dejando al tigre en confusión. Le encantaba jugar con él, por lo que asumía que simplemente estaba jugando algún tipo de broma otra vez.
—A Kal no le va a hacer nada de gracia, ¿eh?
La única respuesta que obtuvo fue una rosa más sonora mientras se dedicaba a servir los platos para los tres. El tigre sacudió la cabeza en señal de reproche y se sentó, resignado, a esperar. Era lo único que le quedaba, soportar la incertidumbre durante la cena. Afortunadamente Kal no tardó demasiado y, al poco, bajó con la ropa que usaba de pijama usualmente. Se sentó en uno de los bordes de la mesa y, en cuanto su madre hubo puesto todos los platos, comenzaron a comer.
La cena transcurrió en el silencio tradicional que antecede las discusiones serias. Los tres comían concentrados en sus platos, respetando la tradición familiar de no discutir mientras hubiera comida en la mesa. Su padre dedicaba ocasionales miradas a su madre, que se limitaba a beber de su vaso de agua con un ademán refinado. Cuando los tres cubiertos sonaron al unísono por fin la leona habló.
—Llegó un correo nuevo. —Anunció de forma seca.
—¿Cómo?
—Lo que les dije, llegó un nuevo correo. Hay un voluntario.
Padre e hijo se miraron con sorpresa, como si aquello fuera lo más antinatural del mundo.
—Bueno, técnicamente no es un voluntario —aclaró rápidamente la leona, levantándose y entregando una copia del correo a cada uno—. Es un chico que quiere realizar la investigación de su titulación con nosotros.
Su mirada se posó en su esposo, que miraba con un ligero desdén el correo.
—Sabes que no me gustan los investigadores —dijo de inmediato—. Hacen faltas fursonas que quieran hacer cosas, no solo señalar los problemas.
—A mí me parece una oportunidad maravillosa —replicó Kal—. Además, lee la última parte, se compromete a hacer todo lo posible por aportar a la institución.
Aquella última palabra le hacía especial gracia al ligre, llamar institución al pequeño grupo compuesto por madre, padre e hijo era cómico, pero sabía que era una de esas simples formalidades cínicas. O, quizás, realmente aquel inocente voluntario creía realmente que vendría a participar de una gran asociación. Sea como fuere, el tema dio para una larga discusión. Su madre estaba de acuerdo, por primera vez, con Kal: la investigación era una oportunidad única para captar interés en la labor que estaban realizando. Con la carta, el joven prometía aportar espacios en varias conferencias a los directores del grupo. Aquello pareció tentar enormemente al tigre que, finalmente cedió.
—Está bien, vendrá —concluyó suspirando—. Pero Kal se encargará de todo el trabajo de enseñarle.
—Perfecto, no creas que me molesta. —El ligre sonrió triunfante.
—Bueno, le enviaré nuestra respuesta. Mañana comenzaremos a preparar todo para recibirlo, aunque dice que llegará en unas semanas.
La familia se levantó de la mesa y cada uno se fue a su mundo. Kal se tiró en la cama y observó por el tragaluz de su habitación las estrellas. El cielo nocturno lo fascinaba tanto como la diversidad de vida que había bajo las aguas. Después de la noticia se sentía especialmente feliz, parecía que por fin el universo les daba un regalo. No podía evitar sentirse emocionado, aun cuando no era especialmente sociable y haber aceptado la oferta implicaba tener que cargar con la responsabilidad de enseñar todo al chico nuevo por lo menos durante las semanas. Pero era lo que había que hacer, los tres lo sabían en el fondo. El dinero escaseaba y la oportunidad de poder dar conferencias abría la puerta a posibles inversores. Viera por donde se lo viera, aquello era un regalo caído del cielo en forma de fursona y no estaban en la posición de rechazarlo. Sonrío nuevamente ante la idea y se acomodó para dormir.
Quizá eso de que las estrellas fugaces conceden deseos no era solo un mito, después de todo.
II
—¿¡Qué!?
—Lo que te dije, Luna, me aceptaron.
—¡Eres un suertudo, Arlo!
Era un día lunes y había comenzado de la mejor forma que podía: con una buena noticia. Tirado en la cama, una nutria conversaba con tranquilidad con su amiga, compañera de la carrera con la que, a medida que avanzaban, habían formado una amistad profunda como pocas. Quizás por eso no le había importado despertarla en el único día en que la chica podía dormir hasta tarde. Ambos estaban atrapados con los plazos para conseguir una institución en la que desarrollar la investigación de su trabajo final y las últimas semanas habían sido un infierno para ambos. Sin dudas, el lugar del que menos esperaba haber recibido respuesta era el que finalmente lo acogería. Había enviado el correo sin esperanzas después de ver que la página web de la asociación tenía un aspecto desactualizado y encontrar los datos de contacto había sido una odisea en sí mismo. Las actualizaciones de la página habían parado hace un año y no parecía que hubiera intención de seguir con nuevas publicaciones. Sin embargo, la institución le interesaba. Había pocas como ella que siguieran activas y menos en sitios tan turísticos como la isla en la que se ubicaban.
—Un poco más y te vas de vacaciones —comentó de forma satírica su amiga.
—Ojalá, pero prometí ayudar con todo lo que hiciera falta, como un voluntario más.
—Sí claro, y mientras haces eso investigas.
—Obvio, no lo dudes. —Se incorporó ligeramente en la cama, mirando el montón de papers que tenía preseleccionados para ser parte de la bibliografía que utilizaría—. Haré todo lo que se pueda.
La risa de ambos al unísono fue lo que llenó la habitación por un par de horas más. La chica lo actualizó en su búsqueda de una playa que reuniera las condiciones necesarias para su respectivo estudio, cosa que no estaba resultando nada sencilla. Tras un par de bromas más los dos decidieron cortar y empezar a hacer cosas productivas. Para Arlo, esto consistió en la titánica tarea de hacer caber la ropa necesaria, su computador, su extensa bibliografía por revisar y algunos recuerdos importantes en una sola mochila, puesto que el presupuesto ya ajustado de un estudiante universitario no permitía gastar ni un peso extra en gastos que no fueran vitales. Para cuando era pasado el mediodía las cosas estaban en la maleta y el chico se ocupaba de su almuerzo mientras repasaba mentalmente los boletos de buses y barcos que iba a tener que tomar. Definitivamente, esta era la primera y única experiencia después de cinco años de carrera que podría contar como una aventura. Siendo un chico de ciudad, aventurarse tan lejos en su propio país era una idea que le producía tanta emoción como ansiedad. Desde cachorro se había encantado por el mar y todo lo que escondía bajo ese azul profundo. Pero, por contradictorio que suene, pocas veces como biólogo marino se había acercado como estaba por hacerlo ahora. En el fondo, se sentía como un cachorro y eso le producía una felicidad especial.
Por la noche ya estaba todo zanjado: los boletos estaban comprados, el itinerario fijado y ya solo quedaba partir. Sus padres lo habían llamado constantemente después de conocer la noticia y, sobretodo, de saber lo lejos que se iría. Los calmó como pudo, prometiéndoles escribir cuando pudiera, aunque aún así parecían preocupados. Estaban acostumbrados a verlo durante los fines de semana y el viaje implicaba separarse durante bastante tiempo. La única píldora de paz para ellos era la emoción que escuchaban en la voz de Arlo, una expresión que hacía bastante no escuchaban en su hijo.
Al día siguiente estaba temprano en el bus. Su cara denotaba cansancio, pero energía no le faltaba. Cuando el bus partió supo que estaba caminando hacia una etapa especial en su vida, aunque no sabía cómo ni por qué. Miraba la ciudad alejarse poco a poco a medida que el bus se internaba en las montañas. Durante el viaje aprovechó para seguir leyendo sobre la zona y ver si podía rescatar algo de información extra sobre la asociación, aunque no halló mucho más de lo que ya había obtenido. Le llamó especialmente la atención, eso sí, la fuerte propaganda sobre servicios sustentables que parecían entregar los hoteles de la zona. «Mi investigación va a comprobar, precisamente, si algo de sustentable o no tienen esos negocios» pensó, recordando escenas de películas sobre mafiosos e imaginándose a él mismo en un enredo de estilo. La idea le resultó tan ridícula que dejó escapar una sonrisa mientras miraba la carretera. Aunque probablemente la acción de la asociación hubiera molestado al comercio local, probablemente nada de ese nivel de fantasía hubiera sucedido en la realidad. Quizás, simplemente, habían escogido otros medios para publicitarse y abandonaron la actividad en internet.
Anochecía cuando tomó el segundo bus y el sol casi salía cuando abordó el tercero. Estaba agotado y con el trasero adolorido cuando puso un pie en la embarcación que lo iba a llevar finalmente a la isla. Su cara de medio zombie hizo reír al conductor del barco, un oso de edad avanzada que le dio un par de golpes en la espalda para despertarlo y que le ofreció un cigarrillo que la nutria rechazó amablemente. El viaje resultó bastante menos traumático de lo que imaginó en un inicio, aunque por el precio que pagó era lo que esperaba recibir. Charló con otros tripulantes sobre la isla y luego se limitó a mirar el mar. Había tenido la suerte de embarcar un día de calma, lo que le permitió disfrutar del paisaje. Cerca de la isla se veían distintos cruceros y fursonas practicando deportes en el agua.
—Desde hace un tiempo esta isla es solo una cosa: dinero —comentó un anciano lobo, con una barba blanca que llegaba hasta su abdomen—. Ya no queda nada de lo que era hermoso. Todo lo rompen, ¿sabe?
—Puedo imaginarlo.
—Pero nadie escucha a los viejos. Nadie, ¿sabe? Solo el mar y la bebida. —Soltó una risa estridente que concluyó en un ataque de tos—. Basura, eso es lo único que dejan. Y solo el buen Aquiles y su familia se encargan, ¿sabe?
Aunque la muletilla estaba empezando a irritarle, sus orejas se dirijieron de inmediato al lobo en cuanto escuchó el nombre de Aquiles.
—¿Aquiles Porto? —preguntó para confimar—. Voy a investigar junto a ellos, estoy interesado en la protección de los ecosistemas de esta isla.
—¡Gracias a Dios aún hay jóvenes con coraje! Aquiles Porto, sí, de ese hablo. Ese tigre ha cuidado las arenas de esta isla desde antes que tú nacieras. Toda su familia lo ha hecho y son los únicos que siguen intentando pelear contra lo imposible, ¿sabe?
Arlo escuchó con atención todo el relato. Por primera vez conseguía información más detallada sobre la familia encargada de la organización, cosa que solo aumentó más sus ganas de llegar a tierra firme. Conversó durante el resto del viaje con el abuelo, aunque poco más pudo conseguir respecto a la asociación más allá de que Aquiles Porto y su familia llevaban años luchando por la protección de las playas. Quizás por ello cuando bajó en la caleta lo primero que hizo fue pisar la playa y admirar las olas, con su hipnótico ritmo y su monótono sonido. El sol estaba por ponerse y el cielo se teñía de un rosado precioso. Por unos minutos, nada del dolor del cuerpo importaba, era parte de ese paisaje, de esas olas, de ese ritmo. Pero luego llegó la realidad y decidió poner marcha. Maleta en una mano y mochila en otro, partió a la parada más cercana del sistema de buses local y esperó el indicado. Fue un viaje quizás más agotador que todos los otros tres. El bus iba prácticamente repleto, por lo que no le quedó más que sobrevivir apretado hasta que, por fin, vio la parada que le correspondía. Casi veinte minutos de tortura valieron la pena, pues a unos pasos siguiendo un sendero por la arena se veía la gran casona que pronto lo acogería.
Tocó tres veces y esperó paciente. Su pelaje estaba húmedo por el sudor y lo único que rondaba su cabeza era no espantar a sus anfitriones. La puerta se abrió de pronto y un Kal en traje de baño fue el primero que lo recibió. Casi podía sentir el rubor en las mejillas cuando recordó los modales.
—Buenas tardes —balbuceó nervioso—. Soy Arlo Farouk, les envié un correo hace unos días.
—Oh, ya recuerdo. Un gusto, disculpa por haber salido así. —Kal extendió su pata mientras reía, cosa que contagió a la nutria también—. Adelante, déjame ayudarte.
—No hay hace falta, en serio.
—No te preocupes, no me molesta.
El ligre tomó la maleta más pesada y la introdujo en casa. Le explicó que sus padres estaban por llegar y que cuando estuvieran todos podrían presentarse de forma más apropiada.
—¿Pero no hay nadie más por aquí? —Preguntó mientras recorría el salón—. Juré haber leído que eran la única asociación de este estilo.
—Efectivamente, pero ya nadie tiene mucho interés.
Kal le ofreció un vaso de agua que Arlo tomó con lentitud por mero respeto.
—Que…
—¿Decepcionante? Un poco. —Recorrió la habitación explicando a Arlo las fotos que estaban en la estancia, deteniéndose en la última foto grupal que estaba fechada hace como más de un año y medio—. Este fue el último gran grupo de voluntarios que recibimos. La mayoría eran chicos jóvenes de la zona, pero se van a estudiar fuera de la isla porque aquí no hay muchas oportunidades de nada. Así que no solemos tener un grupo fijo más allá de nosotros —explicó con cierta nostalgia.
—¿Entonces tú has dedicado tu vida a esto?
—Sí, justamente. Mis padres estuvieron bastante pesados con la idea que estudiara pero realmente siento que aporto más aquí que encerrado estudiando para dar exámenes.
Arlo miraba con atención al ligre. Tenía algo que simplemente lo atrapaba y no terminaba de figurar qué era. Al escuchar su opinión respecto a la universidad estaba a punto de rebatir su punto cuando, desde su espalda, una voz los sobresaltó de sobremanera.
—¿Por fin trajiste un chico a casa, eh?