Soy suya

Story by AlasNegras on SoFurry

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¡Buenas! Esta es una historia que he hecho para un amigo mío, https://www.furaffinity.net/user/danomanzano . He escrito muchas otras cosas antes, pero esta es la primera vez que me atrevo a subir algo a la web. Perdonad las faltas de ortografía y sentíos libres de comentar si algo no os ha gustado. ¡Espero que os guste!


SOY SUYA

por Alas Negras

Eres mía.

Gatomon despertó en la oscuridad, gruñendo: la última frase de aquel dragón había sido más que desagradable. Notaba el cuerpo sin fuerzas y un amargo sabor en la boca. La resaca, pensó. Por lo general no bebía tanto, pero lo estaba pasando demasiado bien en la fiesta de anoche como para preocuparse. De vez en cuando sentaba bien bajar sus defensas y relajarse. Nada de luchas contra Digimons malvados para salvar el mundo, solo una simple fiesta en la piscina.

Trató de incorporarse, pero algo la detuvo. Había metal alrededor de sus muñecas y tobillos. Y los olores no eran los de su casa. ¿Había ido a otra parte durante la fiesta? Abrió los ojos, alarmada. Estaba en un cuarto de hormigón, vacío, salvo por la cama donde estaba ella tendida y una panel de corcho que cubría la pared izquierda. Se retorció, descubriendo cadenas tensas en cada uno de sus miembros. Empujó, tratando de liberarse, pero el metal resistió sin problemas.

La luz se encendió y vio como la puerta metálica al fondo se abría. Gatomon abrió los ojos al ver al dragón de la fiesta. Era casi blanco, salvo por las manchas azules en sus hombros, rematadas en negro. Solo llevaba unos vaqueros puestos, dejando ver su cuerpo juvenil, lleno de músculos bien definidos. Cuernos blancos apuntaban hacia adelante, creando una impresión de fiereza. Otra franja azul iba desde el hocico hasta la frente, tornándose allí en negro y cubriendo hasta las orejas. La sorpresa de Gatomon dejó paso a la indignación cuando vio la sonrisa pícara que él traía.

—¡Tú, cabronazo, suéltame ahora mismo si no quieres acabar convertido en carroña para ratas!

—Buenos días, preciosa.

—¿Estás sordo, cabeza de arándano? ¡Desátame ya!

—No.

Ella escupió, llegándole al pecho a pesar de la distancia. Él se sentó a los pies de la cama y se limpió; no parecía ofendido. Se descolgó la mochila que llevaba y la dejó a un lado. Gatomon consiguió recordar su nombre: Dan. Un escalofrío de asco la recorrió, tan fuerte como el de la pasada noche. Al principio había sido agradable, pero más tarde se había revelado como un auténtico capullo, del tipo que veía a las hembras como conquistas y que nunca aceptaba un no por respuesta.

—¿Te crees que vas a irte de rositas? Mis amigos van a encontrarme en cualquier momento y juntos vamos a convertir tu escamoso trasero en-

—Te equivocas —se rió con suavidad—. Me he asegurado de ello.

—¿Qué quieres decir?

El tono de Dan desprendía confianza y eso la molestaba, pero al fijarse en los ojos se volvió peor. En ellos brillaba la satisfacción de un cazador, o quizás de un depredador. Alguien que solo tenía un objetivo en mente y no paraba hasta cumplirlo. Y esta vez, supo Gatomon, era ella.

—¿No te lo dije en la fiesta? —continuó Dan—. Eres mía. Vivirás conmigo y cumplirás todas mis órdenes y deseos.

—Eres un puto gilipollas. Me das asco, ¿lo pillas? No. Voy. A. Ser. Tuya.

—Lo serás.

Le acarició la cara y ella trató de morderle. Si creía que iba a jugar a su juego, estaba muy equivocado.

—Ah, ah, me temo que voy a tener que hacer algo con eso. Una buena gatita nunca debería morder a su amo.

—Vuelve a llamarme gatita y te salto todos los dientes.

Cerró los puños, remarcando lo dicho. La sonrisa de Dan se hizo más amplia mientras abría la mochila, sacando un bozal. Había algo dentro, un trozo de ropa. Un instante después le llegó el olor y lo comprendió. ¡Un jockstrap usado! Intuyendo lo que iba a pasar, cabeceo e intentó alejarse, pero Dan la agarró con firmeza por la nuca.

—¡Puto enfermo, mal nacido, hijo de-!

No le dio tiempo a más. Sintió el correaje ajustarse a la cara y maldijo entre gritos ahogados, incapaz de decir palabras completas. Cada centímetro de su nariz se vio asaltado por un almizcle masculino que se negaba a desprenderse, el aroma de un macho capaz y fértil que la hizo salivar de forma instintiva.

—Venga, venga, no seas tan agresiva. Todos los gatos necesitan acostumbrarse al olor de sus amos. Entre otras cosas…

Gatomon se quedó paralizada; no le gustaba cómo sonaba aquello. Tenía que salir de allí, soltar aquellas cadenas de algún modo. Trató de juntar los dedos y escurrirse, pero solo consiguió hacerse daño.

Sintió el dedo de Dan dejando trazos circulares sobre su vientre, envolviendose en su textura aterciopelada. Un bulto en su pantalón dejaba clara su excitación. Gatomon empezó a notar arcadas al ver como se relamía los labios. Tiro de las cadenas tan fuerte que el dolor le hizo derramar lágrimas, pero no paró. Dan abrió la bolsa de nuevo y reveló un nuevo ítem: un bote de lubricante, rojo.

Te mataré. Los demás me encontrarán y después te partiré todos los huesos.Te mataré. ¡Puta basura, escoria, desgraciado, te arrancaré la polla!

Una mano férrea apartó su cola. Toda su sombra la cubrió. Se tensó, trató de apartarse, sin éxito. Noto como daba una primera pasada entre sus nalgas, sin llegar a tocar más arriba. Ella abrió los ojos al comprenderlo. ¡No allí! El dedo presionó su culo, juguetón. Apretó los dientes, sin dejar de luchar, sin dejar de esforzarse, tenía que salir de allí, tenía que…

El dedo regresó, envuelto en lubricante. Un empujón firme lo hizo entrar entero, provocando que Gatomon arqueó las caderas mientras sus mandíbulas cerradas contenían un grito. Ardía, se sentía como fuego real quemándola por dentro. No paraba de entrar y salir, pero Dan no parecía satisfecho. Un segundo dedo se unió, tan brutal como el primero. Las lágrimas le cayeron por los ojos y tiró de las cadenas con todas sus fuerzas. Con cada grito interno tiraba un poco más, pero era inútil. Se desplomó, cegada por el dolor. No tuvo la suerte de desmayarse mientras él seguía, estirando tanto que parecía a punto de romperla.

Solo cuando había dado de sí al máximo, Dan se levantó. Parecía satisfecho. Hundió su cabeza entre las pequeñas piernas de ella y le dio un único y calculado lametón. Ella se estremeció y cerró los ojos. Le quitó el bozal y tomó una cámara de fotos vieja, una Polaroid. No tuvo tiempo de cerrar los ojos. Él clavó la foto en un corcho y escribió encima ‘Día 1’.

—Nos vemos mañana, preciosa.

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La pastilla de jabón se deshacía entre sus dedos. Sin embargo, siguió frotando, más y más fuerte, restregando cada rincón de su cuerpo mientras el agua caliente la empapaba por completo. Aunque su piel estaba roja, aún seguía oliendo a él.

Lo odiaba todo. Odiaba las paredes grises, las luces, la cama roja que la hacía destacar como una presa en campo abierto. Odiaba las cadenas, su frío implacable y su constante presencia todos los días. Odiaba las fotos, el recuerdo de cada una de sus visitas, siempre mirándola desde la pared. Y por supuesto, lo odiaba a él. Odiaba su confianza y su descaro. Odiaba como su tamaño la eclipsaba, haciéndola sentir como un cachorro perdido. Odiaba sus manos y su lengua, que conocían sus lugares más sensibles mejor que ella misma.

Pero sobre todo, se odiaba a sí misma.

Habían pasado 38 días y Dan la había visitado cada uno de ellos. Siempre la saludaba con la misma frase. Cada día, sus gruesos dedos la invadían, empujando y estirando su culo hasta quedar abierto al máximo, sin resistencia. Era un ritual que él adoraba. Después, venía su lengua, derramando su intenso calor a lo largo de sus pliegues, luego hundiéndose, probando su sabor para después alcanzar su clítoris con roces leves, constantes, haciendo que el mundo se deshiciera. La llevaba al apogeo y, en ese preciso instante, la abandonaba. Salvo los días de ducha. Apagaba las luces y la dejaba allí, excitada, solo para comenzar de nuevo al día siguiente.

En la última sesión casi había suplicado más. Y se odiaba por ello. Por querer que no parase, por querer más. Porque, por mucho que su mente lo quisiera odiar, su cuerpo ardía por la necesidad de tenerlo cerca. Era un enfrentamiento que la dejaba confusa, debilitando su voluntad. Las esperanzas de salir de allí ya casi no conseguían levantar su optimismo. Hacía un esfuerzo por pensar en los bosques, en las laderas, en el viento meciéndola junto a sus amigos. Pero eran recuerdos lejanos, cuyas emociones se ahogaban bajo el torrente de las que ahora experimentaba.

Clavó las garras en la pared. Ignoro el calor creciente entre sus muslos y su jadeo. Apretó los ojos y expulsó toda idea, toda tentación. Saldría de allí. Incluso si nadie la buscaba, incluso si tardaba años. No iba a ser suya.

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Ya casi era la hora.

Miró hacia el techo, tratando de poner su mente en blanco. Por el contrario, su corazón latió más fuerte y los músculos se tensaron. Oyó los pasos avanzando. Cerró los ojos. No quería darle la satisfacción de ver desesperación en ellos.

—Buenos días, preciosa.

Ella no saludó. Había escupido, gritado y amenazado de tantas formas que ya no le quedaba nada nuevo. Solo quería que acabase rápido.

—He pensado que podemos tener algo especial por tus dos meses, no crees?

Evitó su mirada y siguió sin responder. Dos meses. El entusiasmo de su voz hacía que se sintieran como diez veces más. Quizás mentía. Muy improbable. Aún así, resistiría. Tenía que hacerlo.

Para su sorpresa, esta vez no hubo bozal. Vio como Dan se arrancaba los pantalones y una oleada de feromonas la embistió. Impregnaron su piel, su hocico, su boca. Jadeó, mordiéndose el labio un segundo después para evitar más sonidos vergonzosos. Otra parte de su cuerpo, sin embargo, solo pudo reaccionar humedeciendose, mostrándose abierta e invitando al joven macho. Su propio olor se mezcló en el aire y el deseo la invadió, casi aplastando su resolución. Resistir era ahora solo una palabra, una que a pesar de todo se negaba a desaparecer.

Sus caderas presionaron hacia él, pidiendo a gritos los dedos que metía con ahínco. Adivinaba que punto exacto frotar, qué ángulo exacto para despertar lo máximo de ella. Su pelaje se erizó, su pulso y su respiración se desataron. Sus pezones, dulces montículos rosa, se levantaban firmes y deseosos de ser adorados. El deseo se cumplió rápido. La lengua de Dan se paseó por todas partes, marcando su territorio con espesa y ardiente saliva; era tan espesa como el propio lubricante que la cubría por dentro. Apenas tocaba su clítoris, pero cada pasada se sentía como si fuera a enloquecer. Cada gemido solo parecía potenciar las sensaciones.

Era demasiado y nunca suficiente.

—Suficiente. Nos vemos mañana, preciosa.

—¡No!

Dan parecía sorprendido. No lo estaba. Gatomon lo sabía, lo conocía ya demasiado bien. Aún temblaba de placer, su cuerpo palpitante y encendido necesitaba un macho. Las sábanas entre sus piernas estaban empapadas. Lo necesitaba a él, a Dan. No quería, de verdad que no quería, pero no quedaban más opciones ¡Lo necesitaba, lo necesitaba ahora!

—¿Cuál es mi nombre?

—Dan. Por favor... -susurro ella. Casi sollozaba.

—¿Y mi título?

La imagen de sus amigos se desvaneció, el exterior, sus sueños. No eran nada, nada comparados con aquella experiencia que arrasaba su cuerpo, remodelandolo para satisfacer una nueva necesidad. La de él.

—¡Amo! Es Amo, por favor, por favor...

—Buena gatita. Lame.

Ella lo hizo. Lamió aquella polla reluciente, aspirando fuerte aquel aroma masculino. Ningún macho se comparaba a esta potencia, ninguno había conseguido llevar su cuerpo hasta estos extremos. Lo miró a los ojos, suplicando, sabiendo que moriría si él no satisfacía su deseo.

—Hazme tuya, Amo. Márcame, haz lo que quieras, solo, solo…

No tuvo tiempo de decir más. La tomó como un animal, de un solo salto, mordiendo su cuello. Incluso con todo el entrenamiento, su culo no podía dar cabida a todo, era demasiado grande, demasiado imponente, pero le daba igual. Se apretó contra él, ignorando el dolor, ignorando cualquier cosa que no fuera él poseyéndola. Era suya. Lo sería por siempre. Darse cuenta de eso casi la hizo llegar al orgasmo al instante.

Él no paraba. Ambas manos la agarraron por la cintura, empujando más. Dejó de morderla. Su aliento ardiente caía sobre el tierno rostro de Gatomon, los aromas de ambos ya no podían distinguirse el uno del otro. Estaba preparada y él también. Gemidos y gruñidos de placer se convirtieron en gritos y luego en aullidos. Sintió las pulsaciones dentro de ella. Solo un embate más fue necesario. Ambos alcanzaron el clímax en aquel momento que pareció durar una vida.

Demasiado para su pequeño cuerpo, el semen resbaló hacia el exterior, manchando su pelaje y las sábanas. Se sentía llena y eso la hizo sonreír. Él soltó las cadenas y la acunó contra su cuerpo. Ella se dejó. Entre aquellos brazos que apenas notaban su peso, se sentía a salvo. Lo besó y disfrutó del ardor que desprendía porque aquel era todo su mundo.

Su amo.