El Juguete
Primera historia escrita por mi, y probablemente la única en español.
ENG: First written story I've done, and probably the only one in spanish
Espero os guste/Hope you enjoy
La tarde había transcurrido tranquila. El ruido de unas llaves precedí a la
apertura de la puerta, por la que entro un alto y esbelto zorro de un fuerte
color naranja, con unas largas orejas y un pelo turquesa. Sus ojos cian
recorrieron el salón del piso, en busca de su compañero, pero no lo
encontraron. Se dirigió a su cuarto sin hacer ruido, sus grandes y blandas
patas marrones pisando el suelo sin emitir más que un ligero golpeteo casi
inaudible. Al llegar a su cuarto, se relajó, quitándose la ropa del laboratorio,
y quedando en unos calzoncillos burdeos, como siempre. El olor del zorro
tardó poco en llenar la habitación, un olor procedente de su cuerpo, que
llevaba varios días trabajando sin descanso ni ducha. Justo cuando se disponía
a leer un libro, tras tumbarse en la cama, escuchó unos fuertes pasos en el
pasillo. Los toques a su puerta confirmaron sus sospechas: era su compañero
de piso, que había oido la puerta de la calle y venía a saludarle. El zorro
apartó el libro y lo dejó en su mesilla, antes de alzar su voz:
-¡Adelante!- dijo, sin preocuparse por ponerse ropa alguna.
Su compañero abrió la puerta, una hiena moteada de un bonito color beige,
con las marcas en un castaño oscuro. Su negra nariz olfateó el ambiente,
llenando sus pulmones del viciado aire del cuarto, y la esencia del sudado
zorro, disfrutándolo. Sus ojos, de color ámbar, se posaron sobre el zorro en la
cama, recorriendo su cuerpo, fijándose en las marcas de color cian que
recorrían sus costados, pasando su mirada por los calzoncillos, y llegando
hasta la cola, que presentaba la misma marca. Por último, se fijó en sus
enormes patas, las blandas y rechonchas almohadillas de un color turquesa
que tenían, y volvió a mirar a los azules ojos del vulpino, los cuales recorrían
también su blando cuerpo, las curvas que poseía, y su prominente y redonda
barriga. Un pequeño sonrojo tiñó su cara, mientras el zorro posaba sus ojos en
sus anchas caderas, el relleno trasero que poseía, y luego seguía la línea de
pelo negro que cubría la linea media de su blanda barriga, hasta su pecho,
siguiendo hasta encontrar su mirada.
-Te escuché entrar, e imaginé que después de tanto trabajo querrías algo de
compañía- dijo la hiena, con una sonrisa en su cara, mientras entraba en el
cuarto y cerraba la puerta. El zorro se incorporó, sentándose en la cama,
mientras la hiena paseaba por el austero cuarto, pasando por el escritorio y
sentándose a su lado.- Y además, pensé que quizás querrías liberar un poco de
tensión. – la hiena se sonrojó al sugerir tal cosa, sabiendo a lo que hacía
alusión. El zorro, ahora divertido, movía su cola de lado a lado, lo que
mostraba el interés que sentía por su compañero, que al igual que él, estaba
en calzoncillos, unos que antes podrían haber sido blancos, pero que ahora
tenían un tono más oscuro, de los años de uso y las pocas veces que la hiena
se duchaba.
–Bueno, es verdad que después de esta semana, quizás me venga bien.....-
dijo el zorro, en un tono melodioso, mientras se acercaba a la hiena,
sentándose pegado a ella. Sintiendo su calor, comenzó a pasar su mano por su
prominente barriga, blanda y peluda, acariciándola, mientras la hiena pasaba
del beige a un tono rojizo. La nariz del zorro captó la fragancia de la hiena,
una mezcla de sudor y semen que la acompañaba siempre, y que era de su
gusto.-Y además, con lo bien que hueles, no me podría negar a divertirme
contigo.- con estas palabras, la otra mano del zorro, que se encontraba
apoyada en la cama, pasó por el calzoncillo de la hiena, notando su humedad
y calor, deteniéndose momentáneamente en su paquete, dejando que la hiena
sintiese su hábil mano.
La hiena soltó un suspiro, su sensible entrepierna disfrutando del saludo, y
pasó su mano por el torso del plano zorro, sintiendo su suave pelaje entre sus
dedos, bajando lentamente hasta llegar a la goma de sus calzoncillos,
tentando al zorro con introducir su mano, para luego acariciar el paquete del
zorro. Su mano pasó por el húmedo y caliente bulto, que le saludó con una
pequeña pulsación, mientras se despertaba por tan atentos cuidados. El olor
del zorro aumentó, comenzando a añadir el olor de su lujuria a la mezcla de
fragancias del cuarto, llenando las fosas nasales de la hiena, que no paraba de
olfatear. Su cola no paraba de moverse, su excitación ahora aparente, lo que
el zorro aprovechó para robarle un beso, introduciendo su lengua en el morro
de su compañero, notando su cálido aliento y forzando su entrada, haciendo
que la hiena sintiera una violación de su boca. El largo beso terminó con una
jadeo de la hiena, que ahora se encontraba encendida, su bulto sobresaliendo
en su entrepierna, lo que el zorro aprovechaba para manosear. Con una
lasciva sonrisa, el zorro se recostó en su cama, haciendo una seña a la hiena
de que se sentase más cómoda. Cuando la hiena se subió, el zorro colocó una
de sus grandes patas en el morro de la hiena, y la otra en su paquete, que
comenzó a mullir y cuidar. El ácido olor de la pata sudada del zorro inundó las
fosas nasales de su compañero, que en poco tiempo quedó embriagado por
semejante aroma. Abrió su morro, sacando su lengua y saludando a la pata
con un lametón, saboreando el salado sabor del sudor del zorro. Sus jadeos
aumentaron, por el estímulo del olor de la pata sumado a los cuidados que su
pene estaba recibiendo, y comenzó a devolver el favor cogiendo la pata de su
anaranjado compañero, y hundiendo su morro en las blandas almohadillas, el
turquesa llenando su visión, mientras lamía y besaba las almohadillas,
limpiándolas y disfrutando de su olor y suavidad. Pronto, los jadeos del zorro
se unieron a los de la hiena, encendido por las sensaciones que su sensible
pata le transmitía, ahora totalmente empalmado y con su mano en sus
calzoncillos, dándose placer al tiempo que su compañero cuidaba de sus
patas. La hiena, cada vez más encendida, introdujo uno a uno cada grueso
dedo de la pata vulpina, chupando sus almohadillas y saboreando su salado
sabor, arrancando gemidos de placer del zorro.
Y entonces, una idea cruzó la mente del zorro, que acercó su cola a sus
manos, e introdujo el brazo en ella, sacando un bonito frasco de cristal, con
un líquido morado que tenía una textura viscosa. Lo destapó, y se lo presentó
a su compañero, con una gran sonrisa, incitándole a que lo bebiese, lo que la
hiena hizo con mucho gusto. Un regusto a frutas del bosque inundó la boca de
la hiena, que se complementó con un suave cosquilleo al paso de la bebida
por su garganta. Una vez bebida, se relamió, entregando el frasco vacío al
zorro, que lo introdujo en su cola de nuevo. El zorro volvió a colocar, sin
previo aviso, su pata en el morro de su compañero, apretando los dedos para
que el olor volviese a inundar los sentidos de la hiena, embriagándola. Un
ligero cosquilleo comenzó a llenar el cuerpo del mismo, comenzando a ocupar
su cuerpo, y mandando ondas de placer que la recorrían desde la punta de sus
dedos y cola, hasta su estómago. Pronto, se dio cuenta de que dichas ondas
estaban acompañadas de otro efecto mucho más extraño. Lentamente, se dio
cuenta de que su tamaño disminuía, la pata de su vulpino compañero ahora
más grande que su cabeza, y poco a poco más grande, mientras su cuerpo se
comprimía con cada oleada de cosquilleos, haciendo que la hiena se
estremeciera de placer con una sensación nueva para ella. Redobló sus
cuidados, besando, lamiendo y chupando cada parte de la cada vez más
grande pata, sumido en el éxtasis que la poción le producía al volverlo un
juguete para el zorro, hasta que su tamaño quedó reducido al tamaño de la
misma. Entonces, sin más dilación, el zorro se incorporó, ofreciendo la pata a
la pequeña hiena, ahora no más grande que cualquier muñeco de peluche
aunque igual de rellena que antes, que con gusto la abrazó y se apretó contra
ella.
Su diminuta y suave lengua comenzó a limpiarla de nuevo, ahora
introduciendo su pequeña cabeza entre los dedos, donde el olor era aún más
fuerte, lamiendo y besando esas blandas almohadillas turquesas. El zorro
emitía gemidos de placer, mientras comenzaba a tocarse, disfrutando del
estímulo de tener un juguete limpiando y cuidando de sus cansadas y sensibles
patas. Una vez la hiena terminó con una, el zorro presentó la otra pata, a la
que su compañero se abrazó con gusto y lascivia, sus calzoncillos húmedos
mientras ocultaban el evidente pene erecto en su interior, frotando su
entrepierna con la suave y mullida almohadilla. El zorro entonces acercó la
otra pata, atrapando a la hiena entre las dos, en un caluroso abrazo turquesa
que el pequeño juguete disfrutó, rodeado por completo del olor fuerte de
esas patas de zorro, su pelaje bañándose en su sudor, quedando impregnado
del mismo. El zorro comenzó a aumentar la presión, disfrutando de la
sensación de la suave y peluda barriga de su compañero, su volumen,
mientras aumentaba la fuerza de su abrazo. La hiena notaba la presión con
gusto, incapaz ya de moverse, notando como las patas comprimían su cuerpo,
dejándole sin respiración, e incluso notando como algunos de sus huesos se
quejaban de la falta de espacio. Entonces, el zorro comenzó a frotar sus patas
contra su nuevo juguete mientras se masturbaba, notando su calor y su suave
pelaje. Los jadeos se convirtieron en el único sonido de la caliente
habitación, unidos al sonido del frotar de las patas del zorro contra la hiena.
El juguete se encontraba en el éxtasis, notando cada parte de su cuerpo
frotar contra las rechonchas y abultadas almohadillas del zorro, su suave
tacto revolviendo su pelaje, mientras el olor ácido de su sudor le envolvía,
mojando su pelaje. La incapacidad de moverse, sumados a la presión y el
estímulo del roce en su increíblemente duro pene habían conseguido que se
perdiera entre jadeos y gemidos, cada vez que la pata se movía una onda de
placer recorría su comprimido cuerpo, y su pene comenzaba a lubricar las
patas con el pre que se escapaba. El zorro, mientras había comenzado a
acelerar los cuidados que daba a su erecta polla, comenzando a notar la
cercanía del clímax mientras notaba los calientes efluvios de la hiena. Pronto,
la hiena no pudo aguantar más, y llegando al orgasmo, soltó un gemido que se
podría confundir con su característico sonido, manchando en el proceso las
patas del zorro y a sí misma. El zorro, notando el calor y el olor del semen de
su compañero en la pata, además de sus vibraciones de placer, apretó con sus
dedos, aumentando la presión mientras se acercaba a su propio orgasmo.
Pero se vio interrumpido por una llamada, que le apremiaba a volver al
laboratorio. Sin tiempo para terminar, el zorro cogió de su mesita un paquete
de pañuelos, retiró gran parte del estropicio que su juguete había hecho en
sus patas, y sin separarlo de su pata derecha, se enfundó los calcetines, se
vistió y se puso sus botas de laboratorio, que aún emanaban el olor
concentrado de sus patas, que habían quedado encerradas en ellas mucho
tiempo. La hiena, en su placer, notó como la pata le estrujaba contra la suela,
ya apretado por el calcetín, mientras el zorro la usaba como plantilla en
aquella prisión de olor y sudor, algo que realmente disfrutaba. “Será mejor
guardarte para luego, que todavía no he terminado de probar mi nuevo
juguete” pensó el zorro con una sonrisa lasciva, mientras salía corriendo por
la puerta del piso hacia su laboratorio, con un pequeño invitado en su bota.