Estrellas Fugaces (Parte 1)
Saludos de nuevo. Esta es una historia corta (ligeramente larga) que llevo escribiendo ya un buen tiempo. Es bastante diferente de todo lo que he escrito hasta ahora, pero realmente disfruté de su proceso de escritura. Espero que a vosotros os guste también. La he dividido en cuatro partes para que os resulte más fácil de leer. Como siempre, ¡gracias por leer!
Y sí, he cambiado de fuente =P
_“Las personas tienden a subestimar las estrellas y la conexión que crean
entre el espíritu y la materia. Bastante a menudo, cuando estamos
perdidos, nos refugiamos en la soledad, mirando a las sombras
y esperando que algo nos responda, normalmente a través de
un sentimiento, un pensamiento, o la rara posibilidad
de una estrella fugaz."_
_ _
Nikki Rowe
Mi madre solía decirme que podía ver el universo entero en mi mirada cuando yo era un bebé. Que solía tenerme en su regazo cuando era un niño y contarme historias sobre las estrellas, sobre los planetas, sobre el mundo más allá del nuestro, y mi cara se iluminaba bajo la siempre presente luz de la luna. Ella creía que algún día me marcharía de casa para encontrar todas las luces del cielo y ponerles un nombre.
Se equivocó en dos cosas. Fue el universo el que vino a mí, y no estaba en mis ojos, sino en los de él.
* * * * *
Mi nombre es Christopher, pero mis amigos me llaman Chris. Por lo tanto, todo el mundo me llama Christopher.
Eso no quiere decir que no les guste a los demás. Ya lo intentaron. Algunos de ellos eran populares en el Instituto de Coalfell. Intentaron congraciarse conmigo, se sentaron a mi lado en la cafetería, me invitaron a sus “fiestas" (si es que consideras que puede haber algo llamado “fiesta" en nuestro diminuto pueblo). Estoy seguro de que, durante un tiempo, realmente se preocuparon por mí; pero yo también me habría cansado de mí mismo al verme asentir silenciosamente y mirarles de manera ausente. Al cabo de un tiempo, dejaron de intentarlo. Me gusta pensar que se olvidaron de mí después de eso.
Inevitablemente, mi salida del grupo más popular atrajo la atención de aquellos no tan afortunados. Tampoco busqué que aquello sucediera, pero llegó a mí en forma de un mapache vestido con ropa gótica y una raposa indiscreta que tenía una de esas voces ridículamente chillonas. Ella se llamaba Laura, y él se llamaba Robin. Ella pasaba las noches viendo animes terribles que la hacían llorar y él lloraba hasta dormir mientras escuchaba su música. A ella le encantaba el hecho de que yo era el “perfecto uke", y a él le encantó cómo le besé aquel Halloween después de mi decimosexto cumpleaños. Para mí fue como besar una rana y verla alejarse saltando. Sin embargo, parece que la situación entre Laura y Robin se puso algo tensa por algún motivo y también ellos decidieron olvidarse de mí. No me di cuenta hasta que caí en que no los había visto en más de medio año.
Mi madre se equivocó en otra cosa. Creía que sería yo el que se marcharía, pero ella lo hizo antes. Yo era tan joven que apenas puedo acordarme: fue casi como la historia de otra persona, como el recuerdo de un recuerdo. Mi tía fue la que peor lo pasó, puesto que ambas se habían criado y habían pasado la mayor parte de sus vidas juntas. La recuerdo abrazándome sin dejar de llorar, mientras repetía que todo iba a salir bien. Nunca supe del todo a quién de los dos se lo decía.
Tras la muerte de mi madre, algunas cosas cambiaron. Oficialmente, comencé a vivir en casa de mi tía, que de hecho estaba al lado de la de mi madre, de modo que aquello no supuso ningún problema. Comenzamos a alquilar la casa en la que había vivido hasta aquel momento a los pocos turistas que se atrevían a venir a Coalfell, e incluso comenzamos a competir con la casa rural del pueblo. Aun así, me las apañaba para dormir allí algunas noches, cuando no había nadie en ella, y se convirtió en mi segundo escondite favorito. El silencio de los muros blancos, ahora desnudos y extraños, y el eco de recuerdos demasiado tempranos como para recordarlos con claridad, eran extrañamente reconfortantes y parecían crear un campo protector a mí alrededor, que me separaba incluso más del resto del mundo.
Aún no entiendo por qué era así. Mi tía decía a menudo que parecía como si viviera en otro mundo. Se suponía que estaba allí: mi cuerpo estaba allí, al menos, y yo tenía un aspecto bastante vivo, pero mi mente parecía estar lejos, como si me hubiera ausentado permanentemente de mi vida diaria. Escuchaba aquellas palabras con una leve sonrisa y asentía en silencio, lo que hacía que mi tía perdiera aún más los nervios. Pero yo sabía que ella tenía toda la razón: parecía que no había nada en Coalfell, o en el mundo entero, que pudiera llamarme la atención.
Excepto las estrellas.
Cada noche visitaba la biblioteca de la señora Torrine y subía por las escaleras que llevaban al segundo piso bajo la vigilante y siempre malhumorada mirada de aquella comadreja. Realmente, no tenía derecho a quejarse: abrir una biblioteca en un pueblo tan pequeño como Coalfell no había sido una de sus ideas más brillantes, y en mi opinión debería darme las gracias por visitarla de forma tan regular. Por costumbre, solía ignorar los enormes estantes llenos de libros (eran interesantes, pero probablemente ya había leído la mayoría de ellos por aquel entonces) y me dirigía directamente al observatorio. Lo llamaba así para mí mismo, a pesar de que técnicamente no era más que un pequeño balcón con el espacio suficiente para una hamaca y un telescopio.
Nadie más que yo solía visitar aquel lugar, de forma que se había convertido de manera natural en mi refugio favorito. Solía coger una manta y algo de comida y me pasaba la noche entera mirando las estrellas a través del viejo telescopio. El frío natural de Coalfell y el silencio de la noche estrellada me transportaban incluso más lejos, a otro estado de mente en el que de repente yo era parte de algo, algo que tenía sentido. Podía pasarme horas mirando las estrellas sin aburrirme. Leí los nombres de la mayoría de ellas, me aprendí sus edades y sus historias. Mi tía solía decirme que estaba demasiado obsesionado con las cosas que había en el cielo como para preocuparme por lo que pasaba sobre tierra firme, y yo simplemente me encogía de hombros, como de costumbre.
Mi rutina perfecta consistía en esto: despertarme, ir al instituto, volver a casa para la comida, marcharme al instituto de nuevo y después a las estrellas. Los fines de semana se me hacían más duros, porque no tenía nada que hacer hasta que el cielo se ennegrecía del todo, e incluso las clases me parecían una buena alternativa para distraerme. En cualquier caso, yo era feliz con la rutina calmada que seguía todos los días, y nada habría podido sacarme de aquel ciclo, sin importar lo que me dijeran.
Y entonces llegó él.
* * * * *
Sucedió en una noche tan parecida a las demás que incluso resulta ridículo en retrospectiva. Soplaba un aire fresco y agradable, la firma de las noches de verano de Coalfell. Yo estaba solo en el observatorio, como de costumbre, pero no estaba usando el telescopio ya. Después de haber intentado encontrar la misma estrella durante al menos tres cuartos de hora, me había frustrado tanto que había decidido pasar el resto de la noche mirando a las estrellas. Sin lentes de ningún tipo: solo ellas, mis ojos y el silencio de la noche.
Aún eran las diez en punto, por lo que aún tenía otras dos horas antes de que la señora Torrine subiera gritando que aquello no era un albergue, así que en mi lugar ella levantaría el culo y se marcharía con viento fresco. Aquella cascarrabias… siempre me preguntaba por qué parecía estar tan enfadada con todo el mundo, incluso con el único que parecía visitar su biblioteca por gusto. No me extrañaba que estuviera tan sola. Saqué una palomita de chocolate de la bolsa que sostenía y me la metí en la boca. Algunas migas cayeron a la manta, pero no me importó y simplemente continué mirando a las estrellas. El cielo estaba extremadamente claro aquella noche, como si el suave viento hubiera barrido todas las nubes que solían cubrir nuestro pueblo. Una rareza.
Al principio pensé que se trataba de una ardilla. La biblioteca estaba tan cerca de los bosques que rodeaban la parte superior de Coalfell que no era raro escuchar animales de vez en cuando. Me había acostumbrado a oírlos al cabo de unas noches y solía ignorarlos, tal y como ignoré esa vez el sonido que venía de debajo del balcón. Sin embargo, después de unos segundos escuchando aquel extraño sonido de arrastramiento, llegué a la conclusión de que si se trataba de una ardilla debía ser la ardilla más grande que había visto en mucho tiempo. Me levanté, con curiosidad, y eché un vistazo debajo desde el balcón, entrecerrando los ojos para ver a través de las sombras.
Tuve que contener un grito de sorpresa. Si no estuviera siendo totalmente sincero, diría que di un paso atrás, sacudí la cabeza y miré de nuevo para comprobar que lo que había visto no era más que una ensoñación mía; eso es definitivamente lo que me habría gustado. Sin embargo, continué mirando fijamente al bulto en movimiento que escalaba el muro, que pertenecía claramente a algo mayor que una ardilla; algo probablemente incluso mayor que yo. Dejé escapar un jadeo, y aquello me oyó; cuando giró su cabeza para mirarme y la luz se reflejó en sus ojos, pareció…
…pareció inteligente.
-¿Qué estás haciendo? –pregunté, en un intento de recuperar mi dignidad perdida, o de convencerme de que no estaba teniendo una alucinación -. ¡Eso es peligroso! ¡Te vas a caer!
Se trataba verdaderamente de una caída grande, pero aquello no era lo que me preocupaba; estaba algo más preocupado de que aquel lo-que-fuera se acercara más a mí. En cualquier caso, no parecía haber reparado en mis palabras. La extraña criatura que trepaba el muro sacudió la cabeza, volvió su vista al muro y continuó ascendiendo. No podía distinguir lo que era en la oscuridad, pero no mostraba signos de haberme entendido.
Durante unos segundos, me pregunté qué era lo que se suponía que debía hacer en una situación como aquella. Siempre podía decirle a la señora Torrine que había algo trepando por el muro de su biblioteca; seguramente ella cogería una escoba y golpearía a la extraña criatura hasta que cayera inconsciente al suelo. Sin embargo, aquello habría sido demasiado para la criatura (y para mí) y, lo que era más importante, había visto algo racional en aquellos ojos. Lo había visto, ¿no? Era difícil de decir en aquel momento, y comenzaba a pensar que me lo había imaginado.
La criatura era más rápida escalando de lo que yo pensaba. En el tiempo que me había llevado tomar una decisión, había acortado la distancia entre nosotros, y pude ver sus… ¿zarpas? agarrándose al borde del balcón. Había retrocedido hasta que mi espalda había topado con la puerta de la biblioteca, y estaba considerando seriamente llamar a la señora Torrine cuando la criatura saltó al balcón con un último impulso. Tras aquello, se sentó allí, en el borde, jadeando y tratando de recobrar el aliento, como si hubiera hecho demasiado esfuerzo. Aquello me permitió echarle un vistazo más exacto.
La oscuridad me había engañado, y como podía ver ahora, la criatura enfrente de mí no era tan diferente de lo que yo había pensado. No era un gato como yo, obviamente, pero sus rasgos parecían similares, a pesar de que no habría sabido decir a qué especie se parecía en concreto. Tenía una larga cola, más larga que la mía y decididamente más fuerte, y también era algo más alto y delgado que yo. Su pelaje era de color azabache, como el mío, pero tenía pequeñas manchas blancas desperdigadas… aunque quizás sería más preciso decir que se trataba de puntos blancos, puesto que eran realmente pequeñas.
Además, estaba desnudo. Totalmente desnudo. De pies a cabeza, no había una sola prenda de ropa cubriendo su cuerpo. Aquello, al menos, podía solucionar la pregunta de su género.
-Pero qué… -comencé, sintiéndome demasiado anonadado como para pararme a pensar en la vergüenza que debería sentir, ni en ninguna otra convención social.
Las palabras hicieron que la extraña criatura alzara la cabeza y dirigiera su mirada a mí. Tenía unos ojos tan negros que parecieron atravesarme directamente. Bajó del borde del balcón y caminó hacia mí, lentamente. Aquellos ojos oscuros brillaron con curiosidad mientras se acercaba. Me habría gustado correr, pero mi espalda había topado con la puerta y mi cerebro había olvidado totalmente qué eran las puertas o cómo se abrían. Se acercó tanto a mí que podía escuchar su respiración, que se aceleraba más y más con cada paso que daba hacia mí.
Fue entonces cuando me di cuenta de que, en realidad, estaba olfateando y sus ojos estaban fijos en la bolsa de palomitas de chocolate que aún sostenía. Había cerrado mi puño con tanta fuerza que probablemente había reducido a migajas todas las palomitas, pero la criatura miraba la bolsa como si contuviera el manjar más delicioso del mundo entero.
-E-eh… -intenté decir, pero antes de que terminara, la criatura agarró la bolsa con ambas zarpas y metió su hocico en ella. Dejó escapar algunos gemidos de placer mientras devoraba las palomitas de chocolate sin usar las zarpas, y yo continué observándole, atónito, mientras el tentempié nocturno que había comprado para aquella noche desaparecía ante mis ojos.
Cuando terminó de comerse las palomitas, alzó la mirada y me miró… sonriendo. No era una sonrisa corriente. Sus labios no se habían curvado y su hocico estaba cerrado, pero podía ver la felicidad en sus ojos.
Aquello… era demasiado extraño.
-Va… le… -dije, con cuidado. La criatura no parecía demasiado peligrosa; e incluso en el caso de que lo fuera, su dieta no parecía consistir en gatos como yo sino en palomitas de chocolate, así que tenía una cosa menos de la que preocuparme -. Esto es… muy raro. E imagino que no puedes entenderme. ¿Verdad? –pregunté, sintiendo cada vez más curiosidad hacia el extraño visitante.
Ladeó su cabeza, mirándome; la chispa de alegría en sus ojos seguía ahí. Entonces abrió la boca y… dejó escapar un sonido. No puedo describirlo mucho mejor, fue un sonido infantil, como el de un niño intentando aprender a hablar de manera correcta. Transcribirlo no sería demasiado útil, pero imagino que fue algo como “ngaaaaah" o “uuuuuh", o un sonido entre ambos. Como ya he dicho, no es demasiado útil.
Cuando el susto inicial había desaparecido y ya no sentía más miedo, todo aquel tema comenzó a parecerme algún tipo de broma. Ignoré a la criatura durante unos segundos y eché un vistazo desde el balcón, tratando de encontrar a los amigos del visitante, que seguramente le habrían empujado a hacer aquello como algún tipo de prueba. Sin embargo, no parecía haber nadie cerca de la biblioteca. Me giré a mirar a la criatura desnuda, que aún estaba mirándome, con una expresión divertida. Aún tenía chocolate en el hocico y la nariz, y un destello de curiosidad en la mirada.
-¿Quién eres? –pregunté, comenzando a sentirme algo enfadado -. ¿Dónde está tu ropa?
Pero de nuevo, el visitante tan sólo me devolvió la mirada, confuso, como si las palabras que estuviera diciendo no tuvieran ningún sentido para él. Esta vez, intentó hacer otro sonido: “kah", o al menos aquello fue lo que me pareció. Parecía encontrarlo muy divertido, y aquello comenzaba a cabrearme bastante.
Me coloqué enfrente de él y, a pesar de que me sacaba unos centímetros de altura, le dirigí una mirada furiosa.
-Vale, mira. No sé quién eres. No sé qué clase de broma piensas que es esta. Pero no. Es. Divertida –le dije, con tono serio -. Ya me he cansado de esto. Coge tu ropa, póntela y lárgate de aquí.
De nuevo, la criatura sólo me devolvió la mirada, con aquella inocente alegría brillando en lo más profundo de sus ojos negros. Daba igual lo que dijera; aquel tío no iba a entenderme.
-De acuerdo –dije, con un suspiro exasperado -. Ya he tenido bastante. Si tú no te marchas, yo no voy a quedarme a ver cómo haces el bobo.
Cogí la manta de la hamaca y abrí la puerta, cerrándola detrás de mí y dejando al misterioso visitante en el balcón. Me moví rápidamente por entre las estanterías llenas de libros y bajé por la escalera que llevaba al piso inferior, tratando de no pensar en la extraña criatura que probablemente aún permanecía en el observatorio, con aquella extraña expresión de felicidad en la cara.
Es gracioso; siempre que leo una historia, me parece absurdo que exista el típico personaje que piensa que lo que acaba de ver es un sueño o una alucinación. La diferencia entre lo que ves y lo que sueñas es bastante clara, solía decirme. Sin embargo, en aquel momento, no había nada que me hubiera gustado más que creer que lo que había sucedido en el balcón no era real.
-¿Te vas tan pronto? –preguntó la señora Torrine al verme pasar por la sala, enfrente del mostrador tras el que ella pasaba siempre todo el día. Joder, esa mujer nunca estaba contenta. De haberme marchado demasiado tarde, también se habría quejado.
-Sí –respondí, tratando de ser educado. No debía pensar en la criatura del observatorio -. Estoy algo cansado hoy. Hasta mañana, señora Torrine.
-Adiós, bicho raro.
Contuve un suspiro. Todo era perfectamente normal. La señora Torrine estaba tan gruñona como de costumbre y la biblioteca estaba vacía. Sólo yo y esa mujer. No había nada por lo que preocuparse.
Caminé hacia la puerta, sintiéndome algo aliviado y pensando en lo bien que iba a dormir esa noche, después de haberme tomado una enorme taza de chocolate.
-¿Pero qué diantre…? –escuché a la señora Torrine decir detrás de mí -. ¿Qué está haciendo ese muchacho, ahí desnudo como el culo de un bebé?
Me giré lentamente.
El extraño visitante estaba allí, al pie de las escaleras, mirándome con lo que parecía una chispa de orgullo en sus ojos. Su pelaje azabache parecía incluso más brillante bajo las luces de la sala, y sus puntos blancos relucían incluso más de lo que me había parecido antes. Su cola se movía de un lado a otro con calma, como si el hecho de estar desnudo no le importara en absoluto.
La señora Torrine prácticamente le perforó con la mirada, con los ojos totalmente abiertos y una expresión que iba desde la sorpresa a la diversión.
-Eh… -fue todo lo que pude decir. ¿Qué se suponía que debía decir? No era mi culpa que aquel tío desnudo me hubiera seguido hasta allí… ¿no?
-¿Sabes? Esto no es un prostíbulo. Si estás con este chaval, podríais haberlo hecho en la casa de tu madre –se quejó la señora Torrine. Por algún motivo, no parecía demasiado enfadada, lo cual era extraño en ella; su tono era más bien de entretenimiento, como si estuviera presenciando algo realmente divertido.
-¡No estoy con él! –repliqué, sin embargo -. Ha aparecido de la nada mientras estaba ahí arriba, sin ropa… creo que algunos chicos del instituto podrían tener algo que ver con esto.
La criatura dejó escapar algo que sonó como una carcajada. Una carcajada extraña e infantil. La señora Torrine y yo nos giramos hacia él y después volvimos a mirarnos.
-Desde luego, debe ser eso –dijo la mujer, con una sonrisa -. Mira, si le sacas de aquí ahora mismo, le pones algo de ropa y me prometes que tendrás más cuidado de ahora en adelante, no se lo diré a nadie.
-¿El qué no le dirá a nadie? –pregunté, sin entender. En ese momento, la respuesta llegó a mi mente: por supuesto, no me creía.
-No hagas que te lo pida dos veces, chaval. Creo que estoy siendo demasiado generosa –dijo la vieja comadreja, mientras la sonrisa de su rostro se desvanecía. La paciencia no era la mejor virtud de la señora Torrine, y podía prácticamente ver cómo se le estaba agotando. No me habría gustado estar ahí cuando desapareciera del todo -. Ahora, coge a tu amigo y marchaos.
Dejé escapar un largo suspiro de descontento, la única libertad de expresión que se me permitía, al parecer, y me giré hacia la salida, caminando hacia la puerta. Si la criatura me seguía, como había hecho hasta aquel momento, no tendría que preocuparme de “cogerle" y sacarle fuera de allí. Si no lo hacía, entonces sería el problema de la señora Torrine. Siendo honesto, había tenido suficiente para ese momento y sólo quería deshacerme de aquella criatura desnuda. Si mi tía me veía con aquella cosa…
…bueno, quizás por fin empezaría a pensar que tenía una razón para ausentarme tanto.
Reí para mí mismo mientras dejaba la biblioteca, sin mirar atrás. Al menos, no me lo estaba tomando con demasiado dramatismo. Aún así, decidí caminar lenta y calmadamente. En otras historias, el protagonista habría comenzado a correr, seguido de cerca por su persecutor en una carrera estúpida y sin sentido. Mi dignidad me impedía hacer aquello. Después de todo, ya había caído en el estereotipo de dudar de la realidad de aquello que veía. Las cosas se habrían vuelto demasiado predecibles si hubiera cometido otro fallo.
La criatura me seguía. Podía escuchar sus pasos sobre el camino de gravilla. Me pregunté si no le dolían las patas al caminar sobre aquel suelo lleno de piedrecitas. En cualquier caso, no parecía importarle.
Intenté analizar mi situación. Me pregunté por un instante si no me habría equivocado con la criatura desnuda desde el primer momento. Obviamente, no entendía mi idioma (y estaba empezando a dudar seriamente que fuera capaz de hablar) y tampoco parecía ser totalmente consciente de lo que estaba haciendo. Por supuesto, aquello todavía podía ser una broma y la criatura podía estar fingiendo, pero habría tenido que ser un gran actor para estar tan tranquilo después de todo lo que había pasado. Su sonrisa no había aumentado cuando la señora Torrine había mencionado que podíamos ser novios. Y todavía estaba desnudo en medio de la fría noche, caminando descalzo sobre la gravilla. Además, mi reacción no había sido lo suficientemente… graciosa como para que alguien continuara empujando la broma más y más. Si se hubiera tratado de una broma, él ya se habría rendido.
Pero no lo había hecho. Y aún caminaba detrás de mí, sin hablar, desnudo como el día en que había nacido.
Había aún algo que me tenía en vilo. La señora Torrine no se había sorprendido tanto como yo había pensado cuando lo había visto aparecer. Aquello quería decir… que quizás ella estaba detrás de la aparición de aquel tío tan extraño. Sin embargo, por más que me habría gustado que la explicación fuera tan sencilla, tuve que sacudir mi cabeza y descartar aquella posibilidad. La señora Torrine jamás habría utilizado un truco así. Dudaba incluso que le quedara algo de sentido del humor a aquellas alturas.
Entonces, ¿qué? ¿Qué podía explicar la aparición de aquel ser (cuya especie aún no podía reconocer) en la biblioteca?
Había historias, desde luego. Historias sobre la gente que se perdía en los bosques, sobre aquellos que nacían en la montaña y nunca llegaban a ver la sociedad. Pero aquello siempre me habían parecido cuentos de viejas, cosas que sólo se contaban a los recién llegados con ese tono de burla y superioridad tan propio de los pueblerinos. Si alguien se había perdido realmente en los bosques que rodeaban Coalfell (lo cual era poco probable) y nunca habían encontrado el camino de vuelta, aquello sólo significaba que eran unos torpes, puesto que era muy fácil llegar a la carretera principal siguiendo la inclinación de la montaña. E incluso si aquello hubiera pasado, ¿cómo podría alguien haber nacido en medio del bosque? Aquellas historias eran demasiado morbosas como para darles crédito.
Había una cosa que estaba clara: no podía presentarme en la calle principal seguido por alguien que iba desnudo. Habría levantado demasiadas preguntas y acercado a demasiados curiosos (y yo definitivamente prefería pasar lo más inadvertido posible), así que en lugar de tomar el camino habitual que cruzaba la calle principal del pueblo, tomé un camino que se desviaba alrededor del pueblo hasta llegar a mi casa.
Me paré y eché una mirada cautelosa por encima de mi hombro. La criatura me devolvió la mirada, tan fascinada como había estado cuando se había zampado mis palomitas de chocolate. Quizás no debería haberle alimentado.
-Vas a seguirme a casa, ¿verdad? –pregunté, ya anticipando su mirada muda, su respuesta inexistente. –Agh, de acuerdo. Supongo que haré lo que ella ha dicho y te daré algo de ropa. Pero después ya no serás mi problema.
La criatura tan sólo siguió mirándome con esos ojos grandes y felices. Dejé escapar un suspiro y seguí caminando.
* * * * *
Después de todo, sí que me siguió hasta casa.
Afortunadamente, ya me lo había imaginado y en vez de llevarle a la casa de mi tía, caminé hasta que alcanzamos la casa vacía y fría en la que había vivido con mi madre antes. No era la mejor de las opciones, puesto que sabía que mi tía podía mirar por la ventana en cualquier momento y verme en la calle con un tío raro y desnudo. Imaginaba que a aquella hora aún estaría preparando la cena, pero sólo para asegurarme, decidí que no quería pasar más tiempo del necesario a la vista.
-Mira –dije, dirigiéndome a aquel chico tan raro -. Voy a sacarte algo de ropa. Quédate aquí. Aaaaaquí –añadió lentamente, dibujando un círculo imaginario alrededor de él con uno de mis pies y señalando al suelo, tratando de reforzar mis palabras.
Sorprendentemente, funcionó. Se quedó mirando fijamente a sus pies, y después a la línea invisible que había dibujado, como si estuviera alrededor de él realmente. Sonreí, algo aliviado, y entré en la casa de mi madre.
No me costó mucho salir de nuevo, llevando algunas prendas de vestir viejas que ya no usaba. No estaba seguro de si le cabrían a aquel chico; después de todo, era algo más alto que yo y también más delgado. Había escogido una camiseta térmica, una sudadera morada y unos vaqueros que había dejado de llevar tiempo atrás. No era mucho, pero era lo único que podía darle sin levantar las sospechas de mi tía.
Lo dejé todo en el suelo a sus pies y esperé, pacientemente. El ser continuó mirándome sin decir nada, como de costumbre. Al cabo de un rato me di cuenta de que, obviamente, no sabía cómo ponerse aquellas prendas de ropa. Suspiré, con exasperación.
-Eres como un Mowgli estrellado, ¿lo sabes?
Me pregunté de dónde había venido aquel tipo, y cómo exactamente había logrado mantenerse con vida hasta aquel momento. Las noches eran demasiado frías de vez en cuando y había oído historias sobre gente que había muerto congelada tras pasar una noche al raso en el bosque.
Pero aquel chico… ni siquiera sabía cómo hablar. Siendo totalmente sincero, ni siquiera sabía si pertenecía a alguna especie real; prefería pensar que habría sabido cuál era de haber sido el caso. Lo único que sabía era que no podía dejarle desnudo.
Mientras le ayudaba a ponerse la ropa, me di cuenta alarmado de que estaba comenzando a preocuparme, a hacerme preguntas, a pensar sobre él y sus orígenes. No sabía si lo que más me asustaba era la posibilidad de que por fin me importara algo después de tanto tiempo, o el hecho de que ese algo fuera un alguien. Me detuve unos segundos, sosteniendo la sudadera con mis zarpas y dándole vueltas a aquellos pensamientos.
Sorprendentemente, la criatura tomó la sudadera de mis manos y se la puso, sobre la camiseta que yo había conseguido introducir en su cuerpo ya. El leve movimiento me sacó de mis pensamientos, y me pregunté si él habría aprendido aquel proceso tan sólo mirándome a mí. Después de todo, quizás no fuera tan inútil.
-De acuerdo –dije, después de haberle ayudado a ponerle los pantalones, lo cual no fue tan vergonzoso como había pensado que sería -. Esto es todo lo que puedo hacer por ti. Ahora, será mejor que te vayas.
La criatura me devolvió la mirada con aquellos enormes ojos negros. Eran profundos como un cielo interminable, y sabios como el cuento más antiguo. Pero no había comprensión en ellos.
Además, tenía chocolate en el hocico.
-Espera –dije, acariciando su morro suavemente y limpiándole el chocolate con un dedo. Después, me limpié la zarpa en mi abrigo. Había pensado que si le tocaba se desvanecería, probando ser un sueño o una ilusión; pero aún estaba allí, ligeramente cálido y definitivamente sólido -. Vamos, ahora vete. Que te vaaaaaaayas –repetí lentamente, señalando a nuestro alrededor.
Pareció entender, por un segundo, pero no se giró ni comenzó a andar en dirección contraria. Esperé, pacientemente, hasta que no pude evitar soltar otro suspiro exasperado. Era como hablar con un muro, con la diferencia de que el muro habría tenido más probabilidades de responderme.
No podía esperarle más. Le di la espalda y caminé hacia la puerta de la casa de mi tía, obligándome a no mirar atrás. Quizás de esa manera él lo entendería. Saqué las llaves de mi bolsillo, abrí la puerta y la cerré detrás de mí. Después, subí las escaleras hasta el segundo piso, y saludé a mi tía con la misma poca pasión de la que solía hacer gala (para que no pensara que algo extraño había sucedido).
Cuando miré a través de la ventana, buscando a aquel chico extraño cuya especie no lograba reconocer, él ya había desaparecido.
* * * * *
No le hablé a mi tía sobre él, ni a nadie. Podría haberlo hecho. Pero por algún motivo, sentía que quería olvidarme de él y continuar con mi rutina diaria. Ahora, cuando lo pienso en retrospectiva, a menudo me digo a mí mismo que lo que me impidió contárselo a mi tía fue el miedo de que, al hacerlo público, él desapareciera. Era mi secreto y, por algún motivo, podría haber pensado que revelarlo lo había borrado del mapa. Cuando esos pensamientos vienen a mi cabeza hoy y revolotean durante unos segundos, me detengo y esbozo una sonrisa amarga.
Por supuesto que no quería que se quedara allí. Le había conocido durante unas horas, y había demostrado ser una verdadera carga. ¿Por qué iba a querer que se quedara? En aquel entonces, sólo quería no volverle a ver nunca más; mis estrellas y mis hábitos solitarios eran suficiente para mantenerme vivo por el momento, gracias.
Pero las cosas cambiaron. E incluso a pesar de que la primera aparición de aquel chico tan extraño había sido bastante espectacular, lo más gracioso es que nunca lo vi venir.