Colmillo Ígneo - Capítulo 4: Contoneo
(Tratemos todos de ignorar durante un segundo el hecho de que tanto el título de esta historia como el de este capítulo son movimientos de Pokémon.
...
Bien, sigamos adelante.)
¡Hola a todos de nuevo! ^^
Este es el cuarto capítulo de "Colmillo Ígneo". En él, dos personajes que serán bastante importantes durante el resto de la historia hacen su aparición. Ha sido uno de los capítulos que más me ha costado escribir, principalmente porque no quería dar una primera impresión equivocada de estos personajes, pero también porque entre que han sido unas vacaciones muy movidas y que me he pasado una buena temporada en la cama, no he tenido mucho tiempo de escribir. Además, he estado ocupado trabajando en otra cosilla que espero compartir con vosotros muy pronto.
Espero, de todas formas, que este capítulo os guste mucho ^^
Shiba trató por enésima vez de reprimir el impulso de caminar de un lado a otro en la antesala y se forzó a sí misma a permanecer apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y la cabeza apoyada en el pecho. Una vez más, respiró hondo y trató de calmarse, con los ojos cerrados.
El hecho de no poder saber lo que estaba sucediendo en la sala del trono hacia algo más que ponerle nerviosa; no era natural que una Centinela se separara de su protegido, ni siquiera cuando era el monarca el que lo pedía. Aquella era una de las pocas veces que había perdido de vista a Ike en los cinco años que llevaba siendo su Centinela. Si cualquier cosa le sucedía al león en aquel momento, algo más que su honor estaría en juego.
Pero la centinela de Alekai, Anassi, también estaba allí. De pie, junto a la puerta, con la mirada fija en el infinito y sin mostrar un ápice de emoción en su rostro. Mantenía una zarpa sobre el pomo de una espada que llevaba en el cinto, pero aquel era el único rasgo de tensión que mostraba. Shiba le dirigió una breve mirada, deseando en secreto haber podido mantener la calma como la tigresa mayor lo hacía.
Su gesto no pasó desapercibido a Anassi, que giró su mirada levemente hacia ella. Shiba sacudió la cabeza, incómoda.
No le resultaba difícil olvidarse de que Anassi era su madre; principalmente, porque ella nunca se había comportado como tal. Desde que la joven tigresa tenía memoria, su madre se había comportado más como su tutora que otra cosa. Cuando otros niños apenas habían comenzado a salir a la calle para jugar, ella ya tenía que soportar los duros entrenamientos a los que su madre le sometía, día y noche, con la esperanza de que algún día se convirtiera en una Centinela de provecho.
Muchos dirían que el entrenamiento de Anassi había sido efectivo. Shiba había destacado inmediatamente entre los suyos. Tanto, que incluso Alekai Colmillo Ígneo, el imperturbable monarca que había masacrado a toda una raza, llegó a congratularla en más de una ocasión, antes de decidir finalmente que se encargara de la protección de su primogénito. Pero a su madre no parecía haberle sorprendido, en cualquier caso.
Incluso ahora, que ambas estaban a tan sólo unos metros de distancia, Shiba no podía evitar pensar que nunca podría estar aún más lejos de su madre. Habría tenido miedo de que la otra tigresa le dijera algo, si no hubiera sabido de antemano que no diría nada.
En ese momento, la puerta de la sala del trono se abrió y Ike apareció por ella, todavía llevando en brazos a Zèon. Shiba analizó a ambos con la mirada, tratando de averiguar si alguno de los dos presentaba heridas de algún tipo. No había acabado de hacerlo cuando el león se dirigió hacia ella y, con una mirada de urgencia, murmuró:
-Shiba, necesito que hagas algo por mí.
La tigresa parpadeó un par de veces, sorprendida.
-Claro. ¿De qué se trata?
Había percibido que el león le había hablado en voz baja, por lo que dedujo que nadie más que ellos debía enterarse y copió su tono de voz. Con el rabillo del ojo, aún pudo ver a Anassi internándose de nuevo en la sala del trono, moviéndose como una sombra.
-Necesito que vayas a buscar a Koi a las puertas del palacio –le informó el león. Shiba comprendió que se trataba de algo importante al ver el brillo de nerviosismo en sus ojos -. Debes escoltarle hasta mi habitación, asegurándote de que nadie os vea. Rápido, a ser posible. ¿Podrás hacerlo?
Shiba dudó durante unos segundos. El camino hasta la habitación del león estaría plagado de curiosos, y una vez llegara a la residencia de los Colmillo Ígneo, los guardias y los cortesanos harían incluso más difícil el pasar desapercibidos. <<Puedo usar uno de los túneles secretos para sortear la zona de los plebeyos, pero estaríamos expuestos al llegar a palacio>>. Sacudió la cabeza, reprimiendo un suspiro; sería difícil, pero no tenía por qué salir mal necesariamente.
El único problema que le veía aquello era que, de nuevo, tendría que separarse de Ike. Aquella perspectiva no le gustaba demasiado, especialmente sabiendo que aquel palacio no era precisamente el lugar más seguro del mundo para el joven león.
-Está bien –accedió, conteniéndose para no hacer más preguntas -. Estaré en tu habitación en media hora. Usaré la señal de siempre.
Ike asintió, al parecer aliviado de que hubiera aceptado sin hacerle más preguntas. La tigresa le dirigió una última mirada, tratando de advertirle de que no hiciera demasiadas tonterías y, a continuación, se dio media vuelta.
En cuanto hubo desaparecido tras una de las esquinas del pasillo, Ike dejó escapar un largo suspiro, aún con Zèon en sus brazos. Sin embargo, tuvo que recordarse a sí mismo que debía permanecer alerta: aún tenía que atravesar dos largos corredores y subir por las escaleras del ala oeste para llegar a su torre, y todo debía hacerlo sin encontrarse con nadie. Apretó al zorro ártico contra sí y respiró hondo, tratando nuevamente de infundirse valor. <<Si todo sale bien, no tendré que preocuparme por esto en una buena temporada>> se dijo a sí mismo, intentando conservar algo de optimismo.
En silencio, avanzó por uno de los amplios pasillos que conectaban la sala del trono con el ala oeste, tratando de ser lo más sigiloso y rápido posible. Por suerte para él, quedaban aún un par de horas para que la cena se sirviera en palacio y no tenía por qué haber demasiados sirvientes pululando por los pasillos. De haber llegado algo más tarde, probablemente le habría resultado mucho más difícil esconder al joven kane en su habitación sin que nadie se diera cuenta.
Se encontraba ya a mitad del primer pasillo cuando escuchó voces no demasiado lejos de allí. Un escalofrío recorrió su columna vertebral cuando comprendió que procedían de la misma dirección hacia la que él se dirigía, y se giró en todas direcciones buscando un posible escondite. Distinguió, a apenas unos metros, un viejo armario en el que, si no recordaba mal, las criadas guardaban sábanas y mantas. De pequeño se había escondido muchas veces en aquel armario, en uno de sus muchos intentos de desvanecerse; sin embargo, ahora que había crecido era físicamente imposible que entrara en él. Se mordió el labio inferior, comprendiendo que sólo había una posible solución.
Segundos más tarde, un lince y un gato torcieron la esquina y enfilaron el pasillo en el que se encontraba Ike. El león trató de contener el aliento, con la espalda apoyada contra la puerta del armario y la mirada fija en el suelo. Era consciente de que fingir no era su fuerte, y si aquellos dos le preguntaban qué estaba haciendo en el pasillo no sabría cómo darles una respuesta convincente. Aunque, después de todo, ¿acaso lo necesitaba?
¿Acaso no era él Ike… Alekai Segundo, el hijo de Alekai Colmillo Ígneo? Si había alguien que tenía el derecho de pedir explicaciones era él, y no los demás. Apartó aquellos pensamientos de su mente cuando el gato que estaba pasando por delante de él en aquel momento se detuvo bruscamente.
-¿Alekai? –preguntó, con un tono que delataba una genuina sorpresa -. ¿Alekai, eres tú?
Ike alzó la mirada, temeroso de lo que pudiera encontrar. El gato había avanzado unos pasos hacia él, aunque mantenía una distancia prudente entre ambos y le observaba con cierta incredulidad. El león tardó unos segundos en reconocer la mancha negra que rodeaba el ojo del gato, destacando en medio de su pelaje blanco.
-K… Kodu –murmuró, sorprendido.
-¿Eres tú de verdad? –sonrió entonces el gato, al parecer aliviado por la respuesta de Ike. Se acercó unos pasos e inmediatamente envolvió al león en un caluroso abrazo -. Maldito seas, Alekai. La próxima vez que desaparezcas sin dejar rastro, al menos ten la decencia de avisarme a tu regreso.
-Oh… sí –murmuró el león, correspondiendo al abrazo, sin poder evitar sentirse algo incómodo.
Kodu pertenecía a la Guardia Real, el ejército que defendía al rey de los fehlar y había jurado, siglos atrás, fidelidad a la corona. La orden podía parecer a simple vista similar a la de los Centinelas, aunque mientras que éstos sólo juraban lealtad a una persona a lo largo de su vida, sin importar su posición, la Guardia Real existía específicamente para proteger al rey. Aquello quería decir que si alguien tomaba posesión del trono, la Guardia Real tendría que jurarle lealtad, incluso aunque el nuevo monarca hubiera sido el causante de la caída del anterior. Aquello había sido motivo de muchas disputas con la orden de los Centinelas y, por ello, existía cierta rivalidad entre ambas sociedades.
Al contrario que muchos de los cortesanos del palacio de los Colmillo Ígneo, Kodu procedía de una familia numerosa que, a pesar de poseer sangre noble, llevaba en declive desde muchos años atrás. En el pasado, los Carbonieve se habían aliado con Raiknas Zarpanegra, quien había sido el rey anterior a Alekai Colmillo Ígneo. Cuando éste había tomado el trono por la fuerza, el nuevo monarca se había asegurado de hacerles pagar aquel error muy caro. En la actualidad, la familia de Kodu ya no era propietaria de ningún terreno más que su propia casa. Como hijo primogénito que era, al joven gato no le había quedado más remedio que ingresar en la Guardia Real para poder mantener a su familia.
Ike había conocido a Kodu cuando ambos eran apenas niños. Su padre solía decir a menudo que tendía a forjar las amistades menos apropiadas para alguien de su posición, y aquella no era una excepción. La amistad entre ambos jóvenes había sido la comidilla de la corte durante mucho tiempo, especialmente teniendo en cuenta que el padre de Ike había sido el causante de la desgracia de la familia de Kodu. Sin embargo, ninguna de aquellas rencillas del pasado había llegado a ensuciar la amistad entre ambos fehlar.
Por otra parte, aquella no era la amistad más escandalosa que el león había hecho en palacio.
-¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó Ike, confuso. Se suponía que los soldados rasos de la Guardia Real patrullaban los alrededores del palacio, no los pasillos.
-Lo mismo debería preguntarte yo –respondió el gato, separándose de él y dirigiéndole una mirada interrogante -. Poco después de que desaparecieras, el viejo Danre murió. Su puesto quedó vacío y…
-… te han ascendido a capitán de la Guardia Real –comprendió Ike, parpadeando -. Vaya. Me alegro mucho por ti. Sé que te lo merecías.
-¿Y dónde has estado tú, si puede saberse? –preguntó Kodu, ladeando la cabeza. Ike pudo ver, bajo el casco de su armadura, la otra mancha negra en la oreja del gato.
-¿Es que no has oído a mi padre? –respondió Ike, con sorna. No dejaba de sentirse molesto por la forma en que su desaparición había sido utilizada para dirigir más odio hacia los kane. Sin embargo, tenía que andar con pies de plomo si no quería incumplir el pacto que había cerrado con su padre.
Especialmente, cuando la vida de Zèon y Koi podía estar en juego.
El gato le dirigió de nuevo una mirada interrogante, como si intuyera que había algo más debajo de aquellas palabras. Sin embargo, sacudió la cabeza.
-Bueno –comentó, al cabo de unos segundos -. Me alegro de saber que encontraste la manera de… liberarte de tus captores.
-Yo también me alegro de haber vuelto a casa –murmuró el león, desviando la mirada. En realidad, estaba comenzando a cuestionarse si no habría sido una de las peores decisiones que nunca había tomado.
Kodu sonrió.
-Escucha, tengo que bajar al patio oeste para coordinar la inspección de una nueva mercancía que ha llegado a palacio. Pero espero que podamos hablar pronto. –Colocó una zarpa en el hombro de Ike -. Te he echado de menos, amigo.
Ike no pudo evitar sonreír, sintiendo una oleada de calidez en su corazón. En silencio, agradeció que en medio de un entorno tan hostil como aquel, aún hubiera alguien en quien podía confiar.
Se despidió del gato y lo vio avanzar por el pasillo junto al lince que le acompañaba. Tan pronto como ambos desaparecieron de la vista, Ike se giró rápidamente hacia el armario y lo abrió con algo de ansiedad. La luz de las antorchas iluminó el cuerpo del zorro ártico, tendido dentro del armario y rodeado por sábanas.
-Lo siento por haberte dejado solo, Zèon –susurró Ike, mientras lo cogía de nuevo en brazos y reemprendía la marcha hacia su habitación.
Por suerte para él, no se encontró con nadie más en todo el trayecto. Una vez hubo cerrado la puerta de su habitación a sus espaldas y dejado al zorro ártico en la cama, se derrumbó en un sillón que había cerca y dejó escapar un largo suspiro. Había estado cerca.
En silencio, contempló de nuevo, como tantas otras veces, el rostro inalterable de Zèon.
A pesar de que su conciencia había sido apagada brutalmente, el zorro ártico mantenía una expresión calmada y reposada, como si tan sólo estuviera durmiendo. Su pecho subía y bajaba lentamente al compás de su pausada respiración, débil pero estable. Durante las primeras horas después de su desvanecimiento, Ike había estado constantemente preocupado por su pulso, como si en cualquier momento la vida de Zèon fuera a apagarse. Sin embargo, al cabo de un tiempo, había acabado por asumir que, tal y como Sophia había dicho, el zorro ártico no estaba muerto, sino simplemente… ido. Desconectado, como había dicho ella.
Ike ladeó la cabeza, tratando una vez más de buscar alguna lógica en las extrañas habilidades de aquella mujer. Si lo que había dicho era cierto, podía ver sus pensamientos, y también podía desconectar las consciencias de todos y cada uno de los miembros de la Caja con la misma facilidad con la que había desconectado la de Zèon. A no ser, claro estaba, que lo que le hubiera hecho la noche que el zorro ártico había desaparecido le hubiera dado mayor control sobre su mente.
Y si aquel no era el caso, ¿cómo había podido permitir entonces la mujer que se desarrollara su levantamiento? Si tanto control tenía sobre ellos, ¿por qué no lo había utilizado para impedir su huida?
<<Está mintiendo>> pensó el león <<Tiene que estar mintiendo>>. Aquella era, por lógica, la única posibilidad que tenía sentido. Y sin embargo, no terminaba de creer que fuera la explicación correcta.
Sacudió la cabeza. Aquello iba mucho más allá de su entendimiento. Sabía que jamás podría comprender lo que había sucedido en la Caja, ni mucho menos los motivos de aquella odiosa mujer. Deseó de corazón que, en aquellos instantes, Sophia estuviera deambulando sola y hambrienta por los páramos más inhóspitos de Lykans. Imaginó lo que ocurriría con ella si la banda de Kainn finalmente conseguía atraparla. Se sorprendió de lo mucho que le gustaba aquella idea y se estremeció, algo asustado por la fuerza de su propio odio.
Entonces, se acercó un poco a Zèon y, como si con ello pudiera enfriar la ira que se había apoderado de su corazón apenas unos segundos antes, lamió la frente del zorro ártico con cariño.
-Te pondrás bien… -susurró, acariciando una de sus mejillas -. Te lo prometo.
No hubo reacción en el rostro de él, pero eso no le importó.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió con brusquedad y Ike estuvo a punto de dar un salto en el sitio. Se apartó rápidamente del zorro ártico y se giró hacia la puerta, temeroso de quien fuera a encontrarse en ella.
-¡Ali! –exclamó entonces una voz desde la entrada; una vez que el león conocía muy bien -. ¡Oh, Ali! ¡Te he echado tantísimo de menos!
Aún demasiado sorprendido como para reaccionar apropiadamente, Ike observó cómo una esbelta leona de pelaje dorado entraba corriendo a la habitación y se abalanzaba sobre él para estrecharle en un cálido abrazo. El león se tensó inmediatamente entre los brazos de la otra, como si algo gélido acabara de acariciar sus entrañas. Sin embargo, la leona no pareció darse cuenta, puesto que apoyó la cabeza en su hombro y cerró los ojos, con una evidente expresión de felicidad.
-Mi hermanito querido… -murmuró, con un tono más parecido a un ronroneo que otra cosa -. No puedes imaginarte lo mucho que me alegro de que hayas vuelto… a palacio.
Ike tragó saliva. Había palidecido mortalmente, y temblaba levemente entre los brazos de la leona.
-Ka… Kathreen –acertó a decir, al cabo de unos segundos -. ¿Q-qué estás haciendo aquí?
-¿Es que no es obvio, bobito? Me enteré de que habías vuelto y tenía que asegurarme de que todo estaba bien y de que esos kane tan malos malísimos no te habían hecho daño –respondió la leona, apartándose de él y encogiéndose de hombros. Seguía sonriendo, y aquello no hacía sino inquietar más a Ike -. Pero ya veo que no han podido contigo. No, claro que no.
Dicho esto, la leona se dio media vuelta, comenzando a caminar casualmente mientras su mirada recorría la habitación de arriba a abajo, como si llevara mucho tiempo sin entrar en ella.
Ike recordaba su forma de andar, moviendo las caderas de un lado a otro en un elegante y sutil contoneo mientras su cola describía breves arcos en el aire. Muchos fehlar del reino se habían sentido atraídos por aquellos movimientos y habían sido atrapados por la sensualidad que desprendía la leona. Unos pocos habían llegado a compartir su cama y la habían dejado a la mañana siguiente, con largas marcas de arañazos en sus espaldas y brazos, pero con una sonrisa estúpida en la cara, como si aquella hubiera sido la mejor noche de sus vidas.
Por descontado, ninguno de ellos había vuelto jamás a pisar el palacio.
El león se dijo a sí mismo que era cuanto menos turbador que lo primero que se le viniera a la cabeza ahora que tenía a su hermana delante era en los hombres con los que ella se había acostado.
No tuvo mucho tiempo para pensar en ello, sin embargo, puesto que en aquel momento descubrió que la leona se había inclinado sobre Zèon, y le examinaba con verdadera curiosidad.
-¡Oh! Fíjate, ¡has hecho un nuevo amiguito kane!
Ike reaccionó casi por instinto. Antes incluso de que fuera consciente de lo que hacía, había agarrado a su hermana de la muñeca y le había apartado de la cama en la que yacía Zèon, sin brusquedad pero con firmeza. Las miradas de ambos se encontraron y, por un instante, fue como si dos aceros chocaran.
-No te acerques a él –masculló el león, entre dientes. Un recuerdo desagradable le provocó un nuevo escalofrío -. N-no te atrevas… no te atrevas a…
Los ojos dorados de Kathreen le devolvieron una mirada calmada en apariencia, pero Ike intuyó que escondían una tormenta desafiante bajo su superficie. La sonrisa que antes había iluminado el rostro de la leona de lado a lado parecía haberse congelado, y en frío no parecía más que una débil mueca forzada.
Al cabo de unos segundos, sin embargo, pareció recomponerse y le regaló de nuevo una encantadora sonrisa llena de inocencia y simpatía.
-Oh, ¡pero qué dulce eres! –exclamó, mientras acariciaba su mejilla con cariño -. No tienes nada de lo que preocuparte, Ali. Tu secreto está a salvo conmigo. Ya sabes que puedes contar con tu hermanita para lo que sea. –Y dicho esto, le guiñó un ojo con picardía.
Ike apartó la mirada, temblando violentamente. Su hermana, sin embargo, no parecía ser consciente del temor que inspiraba en el león, puesto que sólo dejó escapar una risita y, a continuación, avanzó hacia la puerta. Parecía dispuesta a marcharse, pero en el último instante se giró sobre sus talones y se apoyó en el marco de la puerta, dirigiendo a Ike una intensa mirada.
-He oído que has conseguido convencer a papá –dijo, mientras se mordía el labio inferior -. Quién lo diría… desapareciste siendo poco más que un niño, y has vuelto hecho casi un hombre.
Ike se forzó a sí mismo a recordar que él era el hermano mayor y la leona que tenía enfrente era la pequeña, por lo que aquel comentario estaba simplemente fuera de lugar. Sin embargo, cuando levantó la mirada para responder, descubrió que ella ya se había marchado.
Aún demasiado alterado como para pensar con claridad, el león se dejó caer en el sillón al lado de la cama y cerró los ojos. Hasta aquel momento, no se le había ocurrido pensar en la gran amenaza que Kathreen podía suponer para Zèon y Koi, especialmente ahora que sabía de su existencia. Por algún motivo, durante su estancia en la Caja había llegado a olvidarse casi por completo de su hermana, de lo mucho que se escondía tras su sonrisa, y del peligro oculto tras su aparente halo de inocencia y sensualidad. De haber pensado más en ello, quizás habría tomado otra decisión y jamás se le habría ocurrido llevar a los kane al palacio. De haber pensado más en ello…
Sacudió la cabeza. No merecía la pena darle vueltas. Había tenido que ir a palacio porque aquel era el único sitio al que podía ir. Si había llevado con él a Zèon y Koi era porque, a pesar de todo e incluso después de haberse encontrado con Kathreen, pensaba que los dos estarían mucho más seguros con él que en un campamento de refugiados kane, donde cualquier cosa podía pasar. Además, si las cosas seguían como cuando él se había marchado, su padre no descansaría hasta encontrar todos y cada uno de aquellos campamentos y erradicarlos con sus ejércitos. Aquello habría puesto a Zèon y Koi en una posición de extrema vulnerabilidad, especialmente ahora que el zorro ártico ni siquiera estaba… consciente.
Dirigió, de nuevo, una larga mirada a Zèon y suspiró. <<Lo siento>> pensó, apenado <<Parece que, haga lo que haga, nunca puedo protegerte como es debido>>.
Sin embargo, Kathreen había dicho que “su secreto estaba a salvo". ¿Significaba aquello que no haría nada que pudiera hacer daño al zorro ártico? Ike no estaba completamente seguro. No podía tomarse en serio las palabras de su hermana, ni mucho menos creer en ellas. Especialmente, después de todo lo que había pasado.
En ese momento, alguien llamó a la puerta. Fueron cuatro golpes, realizados de forma rítmica, y aunque la posibilidad de que alguien más fuera a entrar en su habitación inicialmente erizó el pelaje de Ike, no tardó demasiado en comprender que aquella era la señal de Shiba.
-Adelante –dijo, lo suficientemente alto como para que ella pudiera oírlo.
Inmediatamente después, la puerta se abrió y Koi entró trotando felizmente a la habitación, mientras lo observaba todo con ojos brillantes.
-¿Puedo hablar ahora? ¿Ya hemos llegado? Oh, ¿es ésta tu habitación, Ike? ¡Es enorme!
Shiba avanzó detrás del pequeño husky, con el ceño fruncido y una expresión en la que su mal humor era evidente. No tardó en acercarse al león y dirigirle una mirada cargada de exasperación.
-Nunca más, Ike –masculló, y el león estuvo a punto de reír -. Nunca. Más.
-¿Tan difícil ha sido? –preguntó, arqueando una ceja.
No había acabado de preguntar aquello cuando un ruido de madera al crujir llamó su atención y se giró, justo a tiempo de ver a Koi asomándose a la ventana y exclamando:
-¡Vaya! ¡Esta torre está realmente alta!
Ike palideció.
-Koi, aléjate de la ventana. Ahora –le ordenó Shiba, tras dirigir una breve mirada de preocupación al león.
Éste no tardó en recomponerse, sin embargo, y mientras el husky hacía a regañadientes lo que la tigresa le había ordenado, se levantó y avanzó hasta situarse junto a él. Una vez allí, puso sus zarpas sobre sus hombros y se agachó para mirarle a los ojos.
-Koi, creo que no entiendes lo importante que es que nadie más que Shiba y yo sepamos que estás aquí.
-Claro que lo entiendo –respondió el husky. Su sonrisa se había desvanecido, y miraba al león con ojos brillantes -. Es como jugar al escondite, ¿verdad?
-Es mucho más importante que jugar al escondite –le corrigió el león, sonriendo -. No podemos permitir que nadie te vea. ¿Lo entiendes?
El husky desvió la mirada. Por algún extraño motivo, Ike creyó ver algo bajo su expresión, algo que nunca antes había visto en el pequeño husky, y durante unos segundos le pareció mucho mayor de lo que era. Fue tan fugaz que, de no haber sido por sus siguientes palabras, nunca habría reparado en ello.
-Sí. Lo entiendo. No es la primera vez. –Hizo una pausa y, de repente, una amplia sonrisa volvió a iluminar su rostro -. ¡Pero este sitio es tan grande!
-Lo sé –sonrió el león -. Y te prometo que, si todo va bien, te lo enseñaré como te mereces… algún día. Pero por ahora, tienes que quedarte aquí. ¿Vale?
Koi sostuvo la mirada del león durante unos segundos, hasta que finalmente asintió, conforme. Ike se separó de él entonces, todavía sonriendo.
-¿Os ha visto alguien? –preguntó, mientras se giraba hacia Shiba.
-No. Hemos tenido suerte. Mucha suerte –aclaró la tigresa, mientras se apoyaba en una de las paredes y dejaba escapar un leve suspiro. Entonces, giró la cabeza hacia Ike y frunció el ceño -. Ahora, ¿puedes explicarme qué es lo que está pasando exactamente?
Ike sacudió la cabeza y volvió a clavar la mirada en Koi. El pequeño husky se había subido a la cama con Zèon y lo observaba atentamente.
-Mi padre ha accedido a permitirles quedarse aquí, siempre y cuando nadie pueda verlos, a cambio de que yo corrobore su versión de los hechos. –Puso los ojos en blanco.
-Ya veo –murmuró la tigresa, algo sorprendida -. Así que le has plantado cara.
Ike esbozó una sonrisa cansada.
-Oh, no. Estaba muy asustado, de hecho. No sé ni cómo encontré las palabras para hablar. Él podría… -Se interrumpió y tragó saliva -. Podría haber matado allí mismo a Zèon si hubiera querido.
-Pero no lo hizo –respondió ella.
El león dudó durante unos segundos. Por mucho que le habría gustado aceptar simplemente las palabras de la tigresa, algo dentro de él se resistía a creer que el mérito era todo suyo.
-No es tan fácil –dijo, finalmente -. Y si realmente le hubiera plantado cara, ahora no tendría que continuar su mentira, ¿no crees, Shiba?
-Krysha –le corrigió entonces ella, suavemente.
Ike se giró a mirarla, algo sorprendido. La tigresa le dirigió una media sonrisa algo amarga.
-Ese es mi nombre, no Shiba. –Un destello de ira atravesó sus ojos azules -. No quiero darle a esa maldita humana el placer de haber cambiado algo en mí.
Ike parpadeó un par de veces, comprendiendo.
-En ese caso, yo seguiré siendo Ike, y no Alekai –decidió, al cabo de unos segundos -. Sé que así estoy cediendo ante Sophia, pero… -Hizo una pausa, dirigiendo una sombría mirada a la tigresa -. Prefiero eso, antes que saber que he cedido ante mi padre.