Colmillo Ígneo - Capítulo 5: Decisiones
¡Buenas a todos!
Este es el quinto capítulo de Colmillo Ígneo. Hay varias razones por las que me ha costado tanto actualizar la historia. Una de ellas es que este capítulo, inicialmente, no iba a ser tal y como lo he subido aquí. Tan sólo la escena que aparece hacia el final iba a ocurrir. No puedo explicar exactamente en qué consisten las diferencias puesto que eso sería spoiler, pero en cualquier caso, sabed que en la primera versión las cosas sucedían de manera diferente. Por otro lado, la traducción de este capítulo ha sido bastante más complicada de lo que esperaba, y me ha llevado bastante tiempo.
Otro motivo es que estoy trabajando en proyectos paralelos a esta historia, de los que espero informaros pronto, con un poco de suerte.
Eso es todo de momento. ¡Gracias por leer y espero que os guste! ^^
Ike tiró de nuevo del cuello de su camisa, sin poder evitar sentirse algo agobiado.
Durante el largo año que había pasado en la Caja, había llegado a acostumbrarse al uniforme gris, que parecía estar hecho especialmente para su talla y complexión, incluso a pesar de haber sido hecho por humanos. Irónicamente, las prendas que llevaba ahora, diseñadas por los sastres de palacio, no hacían sino darle demasiado calor y restringir sus movimientos, y el león no terminaba de sentirse cómodo con el cambio.
Tampoco ayudaba el hecho de que, poco después de haber dejado a Zèon en la habitación, su padre hubiera mandado a un criado a informarle de que estaba invitado a la cena de aquella noche, en la que el rey hablaría con el patriarca de los Zarpasuave sobre la guerra que estaba teniendo lugar en el sur y la posibilidad de encontrar nuevos asentamientos. Ike recordaba aquellas reuniones; las había vivido antes de desaparecer y sabía que sería una cena llena de tensas negociaciones. Después de un día entero caminando para regresar a palacio, lo último que quería hacer era, desde luego, ver cómo su padre intimidaba a un pobre fehlar hasta obligarle a hacer lo que él quería.
Sin embargo, no había tenido más remedio que aceptar, aún consciente de que, en aquel momento, debía jugar bajo las reglas de su padre si quería mantener a Zèon y Koi con vida.
Reprimió un suspiro, mientras removía su comida con el tenedor, pensativo. A pesar de ser la primera cosa sólida que comía en mucho tiempo, no se sentía realmente hambriento. El fehlar sentado al otro lado de la mesa, un gato montés que trataba a duras penas de mantener una expresión serena, tampoco parecía estar muy interesado en la comida que habían puesto en su plato. Kathreen, sin embargo, masticaba su comida elegantemente, pero sin pausa. Iba vestida con un largo vestido de seda roja: un arreglo de la prenda que había pertenecido a su madre años atrás y que ahora ella llevaba en su ausencia. Su padre, entre tanto, comía sin ningún tipo de preocupación, como era de esperarse.
El león se preguntó, algo preocupado, si Shiba… no; Krysha, se las apañaría para encargarse de Zèon y Koi mientras él estaba allí abajo. Sabía que a la tigresa no le gustaba separarse de él puesto que era su Centinela, pero en aquellos instantes le preocupaba más la seguridad de los dos kane que la suya propia. Su padre jamás se desharía de su primogénito ni permitiría que nada le ocurriera; al menos, en su castillo. Por el contrario, Ike no estaba tan seguro de que fuera a ceñirse a su promesa con respecto a Zèon y Koi…
Reprimió una sonrisa al recordar todas las pegas que Krysha había puesto cuando le había pedido que se quedara allí, en la torre, en lugar de acompañarle a cenar. Había logrado convencerla argumentando que dejar solo a Koi en su habitación no le parecía muy buena idea, pero aún así, la tigresa había aceptado a regañadientes. En silencio, el león se preguntó si ella estaría dispuesta a separarse de él durante un período más largo de tiempo. Aquello podía ser relevante si la idea a la que había estado dándole vueltas durante las últimas horas finalmente cobraba fuerza.
Se sobresaltó cuando uno de los criados se acercó por su espalda para retirar el plato de comida que llevaba minutos sin tocar. Tratando de calmarse un poco, sacudió la cabeza y reprimió un suspiro; definitivamente, había pasado demasiado tiempo en la Caja como para volver a acostumbrarse a la vida en palacio.
-…una espléndida hazaña, creo yo. Definitivamente, las tropas del Estrecho de Tarkea se merecen el reconocimiento del que gozan. –Su padre había estado hablando hasta aquel momento de las acciones militares que habían emprendido en el estrecho norte que unía ambas mitades del continente; sin entusiasmo, pero con orgullo -. Las tropas que envié al sur, sin embargo, no parecen haber tenido el mismo éxito. La región de Dafirama, según se me ha informado, es excesivamente inhóspita para los soldados y el calor sofocante del desierto no hace sino empeorar la situación. Cualquier posible asentamiento es un punto de conflicto con los nómadas del desierto, sean kane o fehlar.
Ike pudo percibir el gesto de repugnancia en el rostro de su padre. Los fehlar de Dafirama eran conocidos por su modo de vida libre y ajeno a cualquier tipo de gobierno. El hecho de que aún existieran algunos fehlar que no se habían sometido a su control probablemente le asqueaba.
-La gente del desierto no entiende de títulos, mi señor –comentó el gato, adivinando en qué pensaba el rey. Había esbozado una débil sonrisa, pero incluso Ike podía ver que se trataba tan sólo de una mueca fingida -. Sólo hay dos lenguajes que entienden: el del oro y el del acero. Compradles o acabad con ellos. Eso debería enseñarles quién manda verdaderamente.
Alekai esbozó una sonrisa sarcástica, alzando una ceja.
-¿Comprarles? No tengo por qué rebajarme al nivel de esos nómadas, Arcudius. Si lo hiciera, si mañana mis mensajeros se pusieran en contacto con los líderes de cada tribu y les entregaran a cada uno una bolsa de oro, estaría recompensándoles por su desobediencia. –El león hizo una pausa mientras tomaba su copa de vino y daba un largo trago. La dejó con un golpe algo fuerte sobre la mesa, sobresaltando al otro fehlar. Las puntas del pelaje de su hocico se habían teñido de un leve color granate y había un destello de ira detrás de su mirada -. Dime, Arcudius, ¿qué pasaría entonces? ¿Cuánto tardarían todas las tribus del desierto en volver a rebelarse para obtener otro “pago"? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que otras regiones siguieran su ejemplo?
El gato montés tragó saliva, comprendiendo que había cometido un error. Kathreen mientras tanto, contemplaba la escena con una sonrisa y un brillo de diversión en los ojos.
-Yo… yo no lo sé, mi señor.
-Pero tienes razón. Podría pasar por el acero a todas esas malditas ratas del desierto, decapitar a los líderes de la rebelión delante de sus familias, quemar a sus hijos y destruir sus patéticas chozas. Creo que eso bastaría para que se estuvieran callados por un tiempo. ¿Qué crees tú, Arcudius?
La mirada del monarca estaba ahora tan encendida de rabia que Ike casi pudo ver cómo el poco valor que le quedaba al pobre Zarpasuave se chamuscaba bajo ella.
-Creo que… creo que… -el gato montés tragó saliva de nuevo y se removió en su asiento, llevándose una zarpa al cuello de su camisa -. Creo que eso sería suficiente, mi señor.
Alekai mantuvo su mirada fija en él durante unos segundos. Había entornado los ojos y, por un instante, incluso Ike tuvo la sensación de que estaba a punto de saltar sobre él y golpearle. Sin embargo, el rey apartó la mirada al cabo de un rato, fijándola de nuevo en su copa de vino. La había tomado de nuevo con una zarpa y removía su contenido, pensativo.
-Nunca es suficiente –dijo, al cabo de unos instantes. La furia en sus ojos parecía haberse desvanecido completamente y Ike creyó percibir una sombra de abatimiento, o quizás cansancio, tras sus palabras -. Ni aunque los exterminara a todos. Es fácil arrebatarle a alguien su oro, o sus tierras. Pero su libertad… ah, eso es otra cosa. –Hizo una pausa -. No tengo tiempo ni recursos para dirigir una guerra de guerrillas en el sur, Arcudius. Necesito un nuevo cuartel general para las tropas del desierto. Y creo que tú podrías ayudarme.
El gato montés desvió la mirada.
-El palacio que ordenasteis construir para el príncipe Alekai no está listo aún, mi señor. Como ya sabéis, es difícil conseguir y transportar los recursos en el desierto. Los constructores…
Alekai alzó una zarpa, interrumpiendo al otro fehlar.
-No es necesario que me des más explicaciones, Arcudius –dijo, esbozando una calmada sonrisa mientras cerraba los ojos -. Comprendo tus motivos y acepto tu generosa oferta.
Hubo un breve silencio.
-Se… ¿señor? –preguntó el gato montés, visiblemente desconcertado.
La sonrisa de Alekai se acentuó. Con una lentitud plenamente calculada, se levantó y avanzó hacia el confundido fehlar, colocando una zarpa en su hombro.
-Mañana daré la orden a las tropas de que se desplacen a vuestro castillo y establezcan allí su nuevo centro militar. Sé que es una decisión dura para ti, pero me alegro de que coincidas conmigo en que es la mejor solución para todos.
El rostro del gato montés palideció e incluso Ike tuvo que reprimir un escalofrío.
-Pe… pero mi señor… -trató de decir -. ¡Mi familia ha estado viviendo allí durante generaciones! ¡Es el único hogar que tenemos y…!
-Oh, cierto –respondió el león, mientras la sonrisa se desvanecía de su rostro -. Tu familia. No se me había ocurrido pensar en eso.
El gato montés abrió la boca para responder algo, pero al parecer las palabras no llegaron a salir de su garganta. Ike podía percibir su miedo; no sólo a Alekai, sino también a lo que podía sucederle a su familia una vez que las tropas tomaran su castillo.
-Me conoces bien, Arcudius. Sabes que soy un monarca generoso y jamás se me pasaría por la cabeza poner la seguridad de tu familia en juego. –Alekai se dio media vuelta, sonriendo. El fehlar pareció relajarse un tanto cuando la zarpa del rey se retiró de su hombro, pero no duró demasiado -. Por eso, por ti, y como agradecimiento por tu leal servidumbre, permitiré que os alojéis en el palacio que os ordené levantar para mi hijo.
Los ojos de Arcudius se abrieron como platos, mientras el color abandonaba su rostro de nuevo.
-Sé que las obras están avanzando lentamente, pero confío en que será, al menos, habitable. Especialmente teniendo en cuenta que ordené que comenzaras su construcción hace más de un año –añadió el rey, con cierto tono acusador.
-¡Pero mi señor! –exclamó el gato montés, levantándose de su silla y dirigiendo una mirada horrorizada al rey -. Los constructores comenzaron a levantar los cimientos hace tan sólo unos meses. ¡No podéis pedirme que…!
-¿Que no puedo? –repitió el rey, girándose lentamente -. Oh, por supuesto que puedo. Y lo haré.
Arcudius abrió la boca para responder algo, pero pareció cambiar de opinión en el último momento. Había cerrado sus puños con fuerza y temblaba violentamente, víctima del miedo y la frustración.
Ike también había palidecido, plenamente consciente de lo que implicaban las palabras de su padre. Los Zarpasuave serían obligados a abandonar su hogar y realojarse en un lugar del que nunca habían oído hablar, que probablemente aún estuviera en la fase más temprana de su construcción. En medio del desierto de Dafirama, no había nada más importante que el techo que uno construía sobre su cabeza: sin un buen hogar, los Zarpasuave estarían expuestos al sol ardiente, las tormentas de arena, las alimañas del desierto y las enfermedades. Quizás los nómadas pudieran sobrevivir en aquellas condiciones, pero Ike dudaba que una familia de nobles, que se había criado rodeada de comodidades, fuera capaz de adaptarse al cambio tan rápidamente.
Se apartó de aquellos pensamientos cuando descubrió que los ojos del gato montés estaban fijos en él, con un extraño brillo en su mirada. <<Oh, no>> pensó el león, comprendiendo lo que estaba a punto de pasar.
-Tú… -murmuró Arcudius, aún temblando -. Tú me comprendes, ¿verdad? Tú sabes que no puedo… no puedo…
Ike sostuvo su mirada durante unos segundos, tratando de no mostrar lo mucho que le perturbaba aquella escena. Era capaz de percibir la pequeña chispa de esperanza en la mirada del fehlar; sabía que este se había aferrado a él como si se tratara de un clavo ardiendo, de su última posibilidad. Sin embargo, también sentía la mirada de su padre, clavándose en él desde el otro lado de la sala, e instándole a guardar silencio.
-Tú… Vos sabéis que esto está mal, ¿no es así, Alteza? –insistió el gato montés, avanzando un paso hacia él y alargando una zarpa hacia el joven príncipe, como si así pudiera llegar a convencerle -. Vos no sois así. Vos…
De repente, algo silbó en el aire. El gato montés dejó escapar un grito de terror y retrocedió un paso instintivamente. Un afilado cuchillo había atravesado una de las mangas de su camisa y le había anclado a la pared del comedor, situada a sus espaldas.
-Disculpadme, Arcudius –sonrió entonces Kathreen, levantándose de su silla también y haciendo una grácil reverencia. Por la posición en que se encontraba una de sus zarpas, resultaba obvio quién había lanzado aquel cuchillo -. Me ha parecido entender que habéis mencionado la posibilidad de que mi hermano no comparta la visión de mi padre en este asunto. Sé que no era vuestra intención desestimarle de esa manera, pero puedo aseguraros que cualquier pensamiento al respecto que hayáis podido tener va totalmente desencaminado. Mi hermano sabe lo que le conviene a su reino, al igual que mi padre. –Y dicho esto, le dedicó una encantadora sonrisa -. Espero que eso haya quedado totalmente claro. No me gustan los malentendidos.
El gato montés le dirigió una mirada aterrada desde la pared, con los ojos muy abiertos. Ni siquiera hizo el menor amago de arrancar el cuchillo que le mantenía inmovilizado. Ike había desviado la mirada. Sabía ya por experiencia lo buena que era su hermana lanzando aquellas cosas: en el pasado se había acostumbrado a observarla, entre fascinado y horrorizado, mientras practicaba en uno de los patios de palacio. Y siempre, siempre daba en la diana.
Fue Alekai el que, tras unos segundos de silencio, se acercó al gato montés lentamente y, con un suave movimiento, tomó el cuchillo y le liberó. Ike había dejado de mirarle hacía tiempo y mantenía la mirada fija en el suelo, como si tuviera miedo de levantarla.
-Vuelve a casa, Arcudius –le aconsejó el rey, esbozando una rápida sonrisa -. Vuelve con tu familia. Ahora, más que nunca, te necesitan.
El gato montés no reaccionó. Seguía estando mortalmente pálido y temblaba violentamente, como si no fuera capaz de encontrar una respuesta a aquellas palabras. Finalmente, Alekai hizo un gesto a los guardias apostados en la entrada del salón y estos se aproximaron a Arcudius, le cogieron de los hombros y le llevaron hacia la salida. Ike aún alcanzó a escuchar el llanto ahogado del pobre hombre y sintió cómo algo dentro de él se retorcía, en parte por miedo y en parte por culpabilidad. La puerta por la que sacaron al otro fehlar se cerró poco después, y Kathreen esbozó una leve sonrisa de suficiencia.
-Vaya, vaya… Diría que el calor ha afectado a esa pobre gente, pero…
Con dos grandes zancadas, Alekai se situó enfrente de la leona y, sin previo aviso, le propinó una fuerte bofetada. El golpe resonó en medio de la sala mientras la leona dejaba escapar un quejido y caía contra el suelo, sujetándose la mandíbula y dirigiendo una mirada cargada de odio a su padre. Ike cerró los ojos, encogiéndose en la silla.
-¿Cuántas veces tengo que repetírtelo, Kathreen? –preguntó Alekai, mirándole con una llama de furia en lo más profundo de su mirada -. Tu función en esta casa no es asaltar a los invitados. Tu función en esta casa no es hablar con los invitados. ¿Cuál es tu función en esta casa?
La leona le devolvió la mirada desde el suelo, apretando los dientes. Al cabo de unos segundos, respiró profundamente y respondió, aún sujetándose la mejilla en la que el golpe de su padre había acertado:
-Oír, ver y callar.
-Oír, ver y callar –repitió su padre, asintiendo. Parecía haberse calmado un poco, aunque una leve chispa de aquel fuego aún podía verse en su mirada -. La próxima vez que salgas del sitio que te corresponde, me aseguraré de tomar medidas drásticas. El heredero del trono es tu hermano, no tú. Ahora, vete a tu cuarto.
La leona desvió la mirada, sintiéndose insultada y herida en su orgullo, pero no respondió. Se limitó a levantarse del suelo, pasar una zarpa por encima de la seda roja de su vestido para limpiarlo de polvo y hacer una pequeña reverencia. A continuación, se dio media vuelta y se dirigió hacia su cuarto, sin mirar atrás en ningún momento. Al salir, cerró la puerta cuidadosamente. Apenas unos segundos después, un grito de frustración sacudió las paredes del pasillo contiguo.
Alekai esbozó una leve sonrisa y regresó a su sitio con tranquilidad. Ike continuaba mirando al suelo, incapaz de levantar la mirada. La sala había vuelto a sumirse en un silencio denso y extraño.
-El problema de tu hermana –comentó Alekai entonces, mientras se servía otra copa de vino –es el contrario del que tenía tu madre. Tiene demasiado carácter, y mal encauzado. –El león hizo una pausa, mientras daba un largo trago de la copa y dejaba escapar un suspiro -. Sabe que debe infundir miedo. Quiere infundir miedo. Pero desconoce la forma correcta de hacerlo.
Ike no dijo nada. Había estado acostumbrado a permanecer en silencio durante los discursos de su padre y su largo año de estancia en la Caja no había cambiado aquello.
-El miedo se puede provocar con violencia. Y eso es útil, en determinadas ocasiones –continuó el rey, fijando su mirada en la copa de vino. Sus ojos reflejaron su contenido durante unos segundos, antes de que diera otro trago -. Pero el miedo que más cala el alma de los demás, ya sean fehlar o kane, es el que nace de la serenidad. Porque cuando alguien se toma las cosas con calma, ¿cómo puedes dudar siquiera de lo que esa persona estaría dispuesta a hacer?
-Q… quiero irme –comenzó a decir Ike, en voz baja. Sin embargo, Alekai no había terminado.
-Pero por descontado, ni aunque tu hermana fuera capaz de entender esto, jamás tendría la mínima posibilidad de acceder al trono. Ya sabes cómo funcionan las cosas para los fehlar. Sólo el hijo primogénito es un heredero legítimo. Los demás serán considerados siempre usurpadores.
-Padre…
-Así que, incluso en el caso de que un monarca fehlar engendrara dos vástagos con su desagradecida esposa, y de ellos sólo uno mostrara siquiera tener el temple necesario para seguir su línea… el rey estaría obligado a ceder su cargo al primogénito. –Las garras del león se habían clavado levemente en la copa de madera mientras hablaba -. Por más frustrante y doloroso que pueda ser, el monarca debe educar sólo a su primer hijo para que siga la línea sucesoria. Para que siga su ejemplo. Para que sea su reflejo.
-Padre, por favor…
-Y si ese primogénito resulta ser todo lo contrario de lo que el monarca esperaba que fuera –continuó Alekai, sin detenerse -, si todo lo que su padre tratara de enseñarle pareciera pasar a través de él… entonces, el rey tendría que resignarse a que su descendencia careciera de sentido, a que sus enemigos se rieran a sus espaldas, y al hecho de que sólo consiguió criar a un fracaso.
-Por…
-¡Ya basta! –exclamó el rey, arrojando la copa de madera contra una de las paredes. El brusco movimiento sobresaltó a Ike, que levantó la cabeza y se encontró de frente con la mirada incendiaria de su padre -. ¿Durante cuánto tiempo piensas aguantar, Alekai? Somos tú o yo, en este momento. ¡Al final, uno de los dos tendrá que resignarse! Y créeme, aunque aún no lo veas así, lo único por lo que sigo manteniendote en palacio… a ti y a tus dudosas compañías… -añadió, entre dientes -… es porque prefiero eso antes que ver el reino en manos de cualquier gato con aires de superioridad. ¿Me entiendes?
Ike asintió lentamente. Podía percibir el efecto del alcohol en las palabras de su padre y sabía que, en aquel momento, no había manera de razonar con él.
-¿Quieres irte, dices? Adelante. Márchate –Alekai dejó escapar una risa corta y profunda -. Ni siquiera tienes agallas para irte de aquí. ¿Para qué has vuelto a palacio, entonces?
Ike apretó los puños. Por más que le doliera, en realidad su padre no andaba muy desencaminado.
Cerró los ojos y trató de calmarse un poco. No era la primera vez que mantenía aquellas conversaciones con su padre. Sabía desde hacía tiempo que él pensaba que jamás sería el heredero que había deseado; que, entre aquello y no haber tenido descendencia, tampoco había demasiada diferencia. Había asumido tiempo atrás que jamás sería quien su padre quería que fuera, y aquello no le importaba. Y, sin embargo…
…sin embargo, su padre seguía sabiendo cómo manejarle. Incluso aunque no pudiera hacerle cambiar de forma de ser, seguía sabiendo cómo mantenerle contra las cuerdas.
El león sacudió la cabeza, resignado. Había algo que tenía que pedirle a su padre, por más que le asustara sacar el tema de conversación. Ya podía anticipar su respuesta y, por algún motivo, Ike intuía que no era algo que deseara escuchar. Sin embargo, tenía que hacerlo. Aquella podía ser la única oportunidad de salvar a Zèon… y también de alejarse del castillo durante un tiempo.
-Sí, quiero irme –dijo, tratando de que la voz no le temblara -. A Tundranorte.
Alekai levantó la cabeza y esbozó una leve sonrisa, como si acabara de escuchar un chiste.
-¿A Tundranorte? –repitió, con incredulidad.
-Hay ciertas cosas que debo hacer allí –respondió el león, vagamente. A continuación, añadió -. Si las resuelvo, es posible que los kane de mi dormitorio se marchen de aquí para siempre. No volverías a verlos jamás.
Ike sintió una punzada de emoción. Por supuesto, aquello implicaba que él tampoco sería capaz de ver a Zèon en el caso de que lograra despertarle, pero confiaba en que se le ocurriría algo para solucionar aquel problema. Además, en aquellos momentos, tan sólo podía forzarse a sí mismo a recordar que era más importante salvar la vida del zorro ártico que compartirla con él.
Alekai observó detenidamente a su hijo, como si estuviera meditando las palabras que debía decir a continuación.
-No son mejores que los fehlar, ¿sabes? –masculló, al cabo de unos segundos -. Sé que desde joven han llamado tu atención, pero créeme. Nunca han sido mejores que nosotros, ni lo serán nunca.
<<No se trata de eso>> pensó Ike, pero su padre siguió hablando.
-Te apuñalarán por la espalda cuando menos te lo esperes, igual que cualquier otro fehlar. –El rey tenía la mirada perdida en una de las paredes de la sala y su cabeza se balanceó suavemente cuando se giró para mirar a su hijo -. Da igual el aspecto que tengan, da igual la raza a la que pertenezcan. Todos y cada uno de los individuos de este mundo están esperando para traicionarte cuando menos te lo esperes. Al menos, a los fehlar puedes controlarlos.
Ike no respondió.
-No me importa que te interesen los kane –continuó el león, con voz áspera -. Aprenderás la lección, tarde o temprano. Sólo quiero que la corte no se entere de lo que está pasando.
-Lo sé –respondió Ike. Sin embargo, no pudo evitar pensar que aquel repentino cambio de tono no era muy usual en su padre. ¿Adónde quería llegar con todo aquello?
-Si esto llegara a saberse… -Alekai frunció el ceño -. Entonces, ¿puedes asegurarte de que esos dos kane desaparezcan?
Ike tardó unos segundos en contestar.
-Cla… claro –murmuró, carraspeando. Había algo en el tono de su padre que no terminaba de resultarle familiar -. Al menos, eso es lo que creo. Es la única posibilidad que me queda.
Alekai esbozó una leve sonrisa.
-Hagamos otro trato, entonces. Si el kane se despierta, desaparecerá del castillo antes de que nadie pueda siquiera intuir que ha estado viviendo aquí. Se esfumará, y con él ese otro kane. No volverás a mencionarlos jamás y nos olvidaremos de que su presencia contaminó alguna vez esta casa. Pero deben irse sin ser vistos. No seré yo quien impida que los maten si alguien los encuentra.
>>Pero si no encuentras lo que has ido a buscar, si, después de todo, estabas equivocado o no regresas de tu viaje… me aseguraré personalmente de solucionar… este pequeño problema.
Ike se estremeció, comprendiendo lo que implicaban aquellas palabras. La imagen de su padre acabando con la vida de Zèon acudió a su mente y tragó saliva.
Se preguntó, sin embargo, a qué venía el ofrecerle ahora aquel pacto, aquella pequeña posibilidad de salvar a Zèon definitivamente. <<Prefiere dejar a Zèon con vida, antes que permitir que la gente de la corte se entere de su existencia>> comprendió, al cabo de unos segundos <<Si alguien lo ve, eso pondría en entredicho la autoridad de nuestra familia… y no duraríamos demasiado en el poder>>.
Aún así, no podía dejar de pensar en que aquel repentino cambio de actitud no era habitual en su padre. Tenía la impresión de que aquel pacto ocultaba alguna trampa, pero era incapaz de imaginar de qué se podía tratar.
-¿Qué me dices, hijo mío? Es todo o nada. Como futuro heredero al trono, deberías acostumbrarte a tomar decisiones con más rapidez.
-Está bien. Acepto –murmuró Ike, asintiendo lentamente -. Si vuelvo del viaje y consigo despertar a Zèon, él se marchará y jamás volveremos a saber de él. Si no… dejaré que hagas lo que quieras con él.
La sonrisa de Alekai se hizo más amplia, mientras se incorporaba lentamente. Ike siguió a su padre con la mirada, mientras éste se dirigía hacia la puerta.
-En ese caso, reuniré a un pequeño grupo de escolta para que te acompañen hasta Tundranorte. Te irás mañana.
-¿Mañana? –repitió Ike, sorprendido -. ¿No es eso demasiado precipitado?
Alekai se giró hacia él, entrecerrando los ojos, y Ike se encogió sobre su asiento. Comprendió, entonces, que no estaba en posición de hacer demasiadas exigencias.
-No querrás que me arrepienta –masculló el rey, sacudiendo la cabeza, mientras seguía caminando hacia la puerta -. Si yo fuera tú, me prepararía para lo que viene. Puede que tengas cierto valor para plantarme cara, pero eso no tiene nada que ver con lo que le espera ahí fuera a alguien como tú. Espero que esta pequeña 'aventura' tuya sirva para abrirte los ojos de una vez.
Dicho esto, el rey dejó escapar una risa ronca y salió de la sala por un pasillo contiguo. Antes de que la oscuridad le engullera, sin embargo, Ike pensó que su padre caminaba de forma extraña. Un pensamiento alocado cruzó por su mente, pero terminó descartándolo. <<Será el alcohol>> se dijo a sí mismo.
-¿Es que has perdido el juicio?
Ike no respondió. En lugar de eso enterró su cabeza entre sus zarpas y dejó escapar un largo suspiro.
-Es la única forma que tengo de traer de vuelta a Zèon, Krysha.
-No. Es la única forma que crees que tienes de traer de vuelta a Zèon. Ni siquiera sabes si va a funcionar. ¿Cómo sabes que todo lo que te dijo Sophia no es mentira? ¿Cómo sabes que no se trata de… otro de sus absurdos planes?
-No puedo saberlo, pero al menos parece que tenía razón en una cosa. Oír nuestro nombre nos ha hecho recordar todo lo que ella había borrado de nuestra mente –le recordó Ike, frunciendo el ceño -. ¿Por qué iba a mentir con lo de Zèon, además?
-Lo que me cuesta creer es que aceptara tan fácilmente su derrota y te dijera tan alegremente todo lo que querías saber. ¿Por qué le hizo eso a Zèon, en primer lugar, si ahora te ha dado la clave para despertarle?
Ike se detuvo, sin saber muy bien qué responder.
-Supongo que… estaba desesperada por huir –murmuró, al cabo de unos segundos. Sin embargo, recordaba más o menos claramente la conversación que había mantenido con la humana, y ella no había demostrado estar nerviosa en ningún momento -. Quizás las cosas no salieron como ella quería, después de todo. Quizás…
-Venga ya, Ike –le interrumpió Krysha, tajante -. Tú sabes tan bien como yo que hay algo que no cuadra en el comportamiento de esa mujer. Ha estado jugando con todos nosotros durante mucho tiempo y apuesto a que aún sigue haciéndolo, de algún modo. –Hizo una pausa -. Y tampoco confío en el cambio de actitud de tu padre. Es obvio que él también tiene algo en mente, o si no, nunca te habría hecho la oferta de esta noche.
-Es bueno para él, en realidad –trató de justificar Ike. Era consciente, muy a su pesar, de que tenía pocas posibilidades de convencer a Krysha -. Se deshará de Zèon y Koi, y…
-Si quisiera deshacerse de estos dos, ya lo habría hecho –le interrumpió la tigresa de nuevo, sacudiendo la cabeza -. No. Tengo miedo de que también quiera deshacerse de ti.
Ike sopesó aquellas palabras durante unos segundos, dubitativo. A pesar de que le habría gustado pensar por una vez que había conseguido hacer entrar en razón a su padre, sabía que la realidad no era tan fácil, ni mucho menos tan agradable. Su padre nunca le había escuchado en el pasado y había dejado claro, incluso en aquella última cena, lo mucho que él le había defraudado como hijo.
Sacudió la cabeza. Habría estado bien pensar que por una vez su padre le respetaba, pero sabía que no era así, y probablemente nunca lo sería.
-Es un viaje duro –murmuró -. Podría haber accidentes, supongo…
-Especialmente, teniendo en cuenta que quieres que me quede aquí para cuidar de él –replicó Krysha, señalando al zorro ártico que descansaba sobre la cama -. Es una locura, Ike. Lo mires por donde lo mires.
El león no respondió.
Era consciente de que la tigresa tenía razón y de que, por mucho que intentara convencerla de lo contrario, había demasiadas cosas en su contra. El viaje hasta Tundranorte sería largo y penoso; Ike sabía que muchos mensajeros y exploradores se habían perdido tiempo atrás, y que él no tenía por qué ser diferente.
Incluso en el caso de que consiguiera sobrevivir al trayecto y consiguiera llegar allí, no sabía si sería capaz de encontrar el verdadero de nombre de Zèon. Después de todo, según el zorro ártico le había contado en la Caja, toda su familia había sido exterminada por los invasores fehlar tiempo atrás. Y ni siquiera estaba seguro de que aquello fuera a traerle de vuelta.
Aún así, no podía dejar de mirar al zorro ártico y pensar… pensar que tenía que hacerlo por él. No sólo porque se sentía en deuda con él por lo que había ocurrido en la Caja, sino también porque cada día que pasaba sin su compañía cada vez le parecía más un día perdido.
-Sé que es arriesgado –murmuró, levantando la mirada -, pero puede ser la única manera de traer a Zèon de vuelta. Y sabes que ya le he dado mi palabra a mi padre, Krysha. Tengo que hacerlo. Te guste o no.
La tigresa sostuvo su mirada durante unos instantes, desafiante. Ike podía percibir la tozudez detrás de sus ojos azules, pero también la intensa preocupación que la empujaba a tratar de retenerle en aquel lugar. Era precisamente por aquello, por que comprendía a la tigresa, por lo que sabía que sería difícil hacerla cambiar de opinión.
-Además, he hablado con Kodu. Ha dicho que me acompañará.
-Oh, ya. Eso me deja mucho más tranquila –masculló la tigresa, poniendo los ojos en blanco.
Ike tuvo que contener una sonrisa. Ni siquiera Krysha se salvaba de la rivalidad que había enfrentado desde hacía generaciones a la Orden de los Centinelas con la Guardia Real.
-No hay forma de que te detenga, ¿verdad? –preguntó ella, al cabo de un rato. Ike sostuvo su mirada -. Siempre es igual. Se supone que soy responsable de tu seguridad, pero a fin de cuentas, eres tú el que toma tus absurdas decisiones. Puedo protegerte de matones, de tu padre; incluso de tu hermana. Pero no puedo protegerte de ti mismo.
Ike bajó la mirada.
-Krysha, tengo que hacerlo.
La tigresa cambió el peso de una pierna a otra, incómoda, y dejó escapar un leve suspiro. Finalmente murmuró, al cabo de unos segundos:
-Lo sé. Sé que no quieres que él muera también.
Ike se estremeció.
-No. Por eso necesito que te quedes aquí, cuidando de él. Tendrás que protegerle de mi padre… y especialmente de Kathreen.
Krysha esbozó una sonrisa de autosuficiencia.
-Puedo vérmelas con tu hermana, siempre y cuando no meta a la Guardia Real de por medio. –A continuación, dirigió de nuevo su mirada al león. Parecía indecisa -. Está bien –accedió, al cabo de unos segundos -. Prométeme que tendrás cuidado.
Ike alzó la mirada y esbozó una leve sonrisa. Era consciente de que no era fácil para la tigresa dejarle marchar, pero en el fondo había sabido desde el principio que ella tendría que acabar cediendo.
-Lo estaré –respondió, tratando de infundir en sus palabras una confianza que estaba lejos de sentir.
Al día siguiente, Ike despertó cuando el sol aún no había aparecido por el horizonte, pero los tímidos rayos de la mañana ya comenzaban a iluminar levemente el firmamento. Dirigió una mirada al cielo, de un color morado lánguido, y se estremeció. Estaba nublado. Aquello no podía ser una buena señal.
Krysha le acompañó hasta la entrada del castillo. Una vez llegaron allí, no tardaron en divisar a Kodu, que les hizo un gesto desde uno de los pilares que flanqueaban la entrada. No muy lejos de allí, una pantera y un leopardo conversaban amistosamente. Ike los vio reír, y por el vestuario que llevaban y el fardo cargado de provisiones que cada uno llevaba a su hombro, dedujo que aquellos eran los fehlar que su padre había seleccionado para el viaje.
<<¿Sólo dos?>> se preguntó, sorprendido. Sin embargo, debía reconocer que tenía sentido. Su padre quería que su viaje transcurriera de la forma más discreta posible, por lo que formar un grupo demasiado grande habría sido contraproducente. Además, tras echar un nuevo vistazo a los dos fehlar, decidió que parecían lo suficientemente curtidos como para encargarse de cualquier contratiempo que se presentara. O al menos, eso esperaba.
Se apartó de aquellos pensamientos en cuanto notó que alguien le daba un suave empujón amistoso en el hombro. Krysha no solía mostrar tanto afecto, por lo que el joven león se giró, sorprendido.
Sin embargo, se encontró con una mirada distinta, que le produjo escalofríos.
-Kathreen –murmuró, esbozando una sonrisa nerviosa -. ¿Qué haces aquí?
La leona le regaló una sonrisa de oreja a oreja.
-¿Es que no es obvio? –preguntó, mientras abría los brazos y daba una vuelta. La leona se había vestido con ropas anchas y oscuras, y llevaba una especie de jergón cuyas largas mangas tapaban casi completamente sus zarpas. De su espalda colgaba una bolsa de cuero.
Ike comprendió y retrocedió un paso.
-No… no es posible…
-¡Sí! ¡Lo es! –exclamó la otra, mientras dejaba escapar un chillido ilusionado y se abrazaba a su hermano -. ¡Nos vamos juntos de viaje!
Un nuevo escalofrío recorrió la espina dorsal de Ike.
-Pe… pero… -masculló, tratando de buscar una escapatoria.
-Creía que Alekai no te lo permitiría, Kathreen –intervino entonces Krysha, adelantándose un paso -. Ya sabes que se trata de un viaje largo y peligroso. No estoy segura de que el rey quiera poner en juego la vida de sus dos hijos por algo tan nimio como la vida de un kane.
-Oh. Hola, Krysha. No te había visto –murmuró la leona, dirigiéndole una mirada cargada de desprecio. Sin embargo, en cuanto se giró hacia su hermano, su expresión volvió a iluminarse -. En cuanto me enteré de que tenías planeado todo esto, supe que no podía perdérmelo y que tenía que ir contigo. Al fin y al cabo, no has podido quedarte aquí tanto tiempo como me gustaría y, bueno. Ya sabes que te he echado de menos. –La leona hizo una pausa y sonrió -. Se lo propuse a papá y no ha puesto ni una sola objeción. Estoy segura de que piensa que es bueno que pasemos más tiempo juntos –añadió, taladrando con la mirada a Krysha.
Ike no respondió. Sin embargo, Kathreen pareció pasar por alto aquel silencio.
-Oh, ¿ése de ahí es Kodu? ¡Kodu! ¡Ey, Kodu! –exclamó, mientras echaba a correr hacia el aterrorizado gato.
Krysha la vio marchar, con el semblante serio.
-A veces me pregunto de dónde saca la información –comentó, con un leve tono de sorpresa en su voz -. Parece que siempre lo sabe… todo.
-Ya, yo me pregunto lo mismo –respondió Ike, taciturno. A continuación, dejó escapar un suspiro -. No es que me haga especial ilusión tener que viajar con ella, pero… supongo que es mejor eso que dejarla aquí con Zèon a su alcance.
Krysha esbozó una leve sonrisa.
-Sí, supongo que al menos tendré algo menos de lo que preocuparme. –Entonces, volviendo a adoptar su característico semblante serio, le dio la bolsa al león y le dirigió una intensa mirada -. Ten cuidado, ¿vale? No me fío de ella.
-Ya, yo tampoco –respondió el león, sacudiendo la cabeza -. Descuida, Krysha. Estaré bien.
Dicho esto, se dio media vuelta y comenzó a caminar hacia el pequeño grupo que, a partir de aquel momento, le acompañaría hasta Tundranorte. Kodu y Kathreen ya se habían reunido con los otros dos fehlar y parecía que estaban dispuestos a partir.
La tigresa los vio marchar desde la entrada, con preocupación. Vio cómo Ike le hacía un gesto de despedida desde lejos y correspondió haciendo lo mismo, mientras contenía una sonrisa. Entonces, cuando el pequeño grupo apenas era una mancha en el camino que llevaba hacia la parte exterior de la fortaleza, dejó escapar un suspiro y entró de nuevo al palacio.