09 - Como un toro
Capítulo 9 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone
— A la goma, comí un buen.
— No fuiste el único.
Al cerrar la puerta tras de sí, Raúl se dejó caer en el sillón de su casa, junto a Ramón. El par, cansados, satisfechos y sudados, estaban más que listos para dar por concluido el día. Martín giró para ver a su amigo y sin evitarlo, logró olfatear la fragancia seca y salada que de él emanaba.
— Creo que nos hace falta un buen baño, bro.
Ramón levantó el brazo y se olió la axila.
— Sí, creo que sí. Ven, el baño está arriba.
Los dos se quejaron al levantarse y tras arquear un poco la espalda, Ramón siguió a Raúl escaleras arriba. El baño estaba al frente y a un lado, en la habitación de la derecha, estaba la recámara, con un closet de madera, una cama matrimonial, una televisión y una ventana cubierta por persianas. El anfitrión tomó una toalla del closet, unos boxers limpios y un pantalón de tela.
— Adelante, compa. Tú primero.
Ramón miró la toalla que le ofrecían y arqueando una ceja, preguntó.
— ¿Y por qué no nos bañamos juntos?
Raúl tragó saliva al ver que su amigo comenzaba a quitarse la camisa, dejando al descubierto un pecho vasto, una espalda ancha y unos pectorales marcados. Sus anchos brazos descendieron hasta que sus manos tocaron la hebilla del cinturón, la abrieron y con toda naturalidad, los pantalones cayeron. Quedando apenas en unos ajustados boxers rojos que apenas contenían su velluda virilidad, el hombresote notó que su compañero estaba paralizado.
— ¿Todo bien, bro?
— ¿Eh? ¡Ah! Si... sí. Es que... estoy bastante cansado.
— Oh, ya. En ese caso, yo te ayudo.
Y sin hacer nada para impedírselo, Raúl dejó que Ramón le desabotonara la camisa, botón por botón hasta llegar a su pecho velludo, quitándole la prenda, después, el cinturón fue abierto y bajando la cremallera que rozó su masculinidad, los pantalones descendieron, dejando ver unos ceñidos boxers azules. Raúl levantó un pie para quitarse los pantalones, cosa que aprovechó su compañero para quitarle los calcetines.
— Iré a templar el agua — declaró el norteño intentando disimular la prominente erección que empezaba a crecer entre sus muslos.
El hombre colocó una cubeta, abrió la regadera y esperó un poco a que el agua se calentara, una vez listo quitó la cubeta y al girar la cara, Ramón, desnudo, le sonrió y sin palabras, le quitó los boxers a su amigo.
Excitado, tras ser liberado, el pene de Raúl brincó y pegó en la mejilla a Ramón, dejándole una marca de líquido preseminal. Martín se echó a reír mientras su amigo le tomaba de las axilas y le levantaba.
— Quédate a esta altura, compa. No te vaya a sacar un ojo — bromeó dándole una pastilla de jabón —, mejor bañémonos.
Ramón accedió y levantando el brazo, comenzó a enjabonarse los sobacos, el cuello, los brazos, el pecho y el abdomen, mientras lo hacía, Raúl aplicaba champú en su cabellera, cerrando los ojos. Aprovechando la oportunidad, Ramón sacó la cintura y su pene erecto conectó con el de Raúl, generando una sensación placentera en ambos.
— Aguas, compa — advirtió Raúl mientras se enjuagaba el cabello —, mi amigo ahí abajo no ha tenido acción en un largo tiempo y está muy sensible.
— Ando igual.
Los hombres resoplaron, pero intentando controlarse, siguieron bañándose. Intercambiando, Raúl dio el champú a Ramón y tomó el jabón. El agua caía por sus imponentes cuerpos, el ambiente húmedo olía a fresco y el espejo del baño se había cubierto de una capa de vapor. Viendo que su amigo tenía los ojos cerrados, Raúl contempló su cuerpo, duro, marcado, amplio y al bajar la vista, admiró su verga peluda, sus testículos ovalados y una gota de preseminal en su glande apenas descubierto. Con alevosía, Raúl se colocó en posición, centró su objetivo y con una embestida suave pero firme, chocó su pene rígido contra el de Ramón, deslizando uno contra el otro, haciendo que ambos machos exclamaran de gusto al sentir como se tallaban.
— Ufff, eso estuvo rico, bro.
— Pa' que veas lo que se siente.
Ambos respiraban lento, profundo, usando todo su autocontrol para no lanzarse sobre el otro.
Raúl se inclinó un poco para lavar sus pies, cosa que aprovechó Ramón y, de forma juguetona, le pico el cachete con su verga.
— ¡Órale, cabrón! Cuidado con ese monstruo.
— Ya estamos a mano, bro.
— Pero lo mío fue accidente — rezongó.
Martín, sin decir nada más, tomó el jabón y también se enjuagó los pies, poniéndose a una altura demasiado expuesta y evidente. Su compañero ni siquiera lo pensó, en su lugar, solo dio un pequeño paso hacia atrás y cual toro, golpeó a Ramón varias veces en la cara con su verga.
— ¡No maches! — rió Martín retrocediendo mientras Raúl le embestía.
Al ver que su amigo perdía el equilibrio, el norteño le tomó del brazo y le levantó, acercándolo a su cuerpo, de nuevo, las espadas cruzaron, chocaron y se abrazaron hasta anidar en los vellos del otro, gimiendo una vez más en el oído de su compañero.
Raúl, con ojos entreabiertos por el placer y el cansancio, apenas logró girarse, enjabonarse y enjuagarse el interior del trasero y, una vez listo, sin decir nada más, salió de la ducha y comenzó a secarse. Su amigo le dio su espacio, repitió la acción y una vez listo, salió de la ducha, tomando una toalla que el norteño le daba con cariño. En todo momento, sus penes se mantuvieron firmes, duros, lubricando. Ya secos del cuerpo, regresaron al cuarto, donde mirándose fijo, cual machos en celo, estaban expectantes, atentos al mínimo movimiento del otro.
Fue Ramón quien, tomando la iniciativa, soltó rugido grave y de una tacleada juguetona, embistió a Raúl con suavidad contra la cama. Los hombres rodaron y rieron mientras intentaban superarse, sometiendo al otro y demostrando quien era más fuerte, tal como lo hicieron los gladiadores de antaño, pero el cansancio, sus estómagos llenos y la falta de sueño, ayudó a que su pequeña rencilla fuera breve, terminando Ramón sobre Raúl, jadeando, sintiendo sus cuerpos, duros, rígidos.
Cuando el norteño espabiló sintió que el pene de Ramón friccionaba contra el suyo, la rigidez de ambos había descubierto sus cabezas, glande contra glande, lubricándose el uno al otro.
De repente, Raúl se sintió abrumado, como hetero, era la primera vez que había llegado tan lejos con otro hombre, con otro macho como él, pero, a diferencia de una mujer, se sentía viril, con confianza de usar su fuerza, de imponerse, dominar y al mismo tiempo, se sentía igualado, desafiado y justo ahora, con Ramón sobre él, superado.
Martín respiraba profundo, mirando con ojos penetrantes a su compañero, quien, sometido, estaba atento a cualquier movimiento de su retador. Ramón tragó saliva e iba a decir algo cuando, inclinándose, el peso de su cuerpo hizo que su entrepierna se deslizara sobre la de Raúl, haciéndolo gemir de placer mientras una nueva gota de preseminal se esparcía sobre sus miembros.
De nuevo, sus miradas cruzaron, no hablaban, no parpadeaba, solo se miraban fijo. Cual cazador, Ramón puso sus brazos a los lados de Raúl y cachondo, embistió suave, gimiendo a la par de su compañero. El norteño se retorció de placer, cerrando los ojos y, caliente, dejó de pensar y con fuerza, sujetó las nalgas de Martín. Eran distintas a la de cualquier mujer, no eran suaves ni redondas, si no que eran duras, firmes, casi cuadradas incluso un tanto velludas. Excitado, Raúl sujetó las nalgas con fuerzas, alineó su pene y con un movimiento de cintura friccionó ambas vergas haciendo temblar a Ramón, obligándolo a doblar los brazos y enterrar los codos en el colchón.
Eso fue todo, el fuego y el deseo despertó en ambos y dejando de lado todo prejuicio o limitación, comenzaron a restregarse el uno al otro, teniendo un duelo de espadas que iban y venían bajo sus vellos, lubricando todo a su paso. Así, como si intentaran hacer fuego con dos palos duros, grueso y palpitantes, sus cinturas iban y venían, gimiendo uno sobre el otro.
Ramón no aguantó más y dejó caer todo su peso para tener más control de sus embestidas, provocando que Raúl jadeara con lujuria mientras sus manos le magreaban las nalgas con fuerza, incluso los dedos del norteño llegaron a acariciar su entrada trasera.
Los machos en celo gemían, rugían y chocaban sus penes con tal fuerza que, sin evitarlo, sus caras se acercaron lo suficiente para rasguñarse con sus barbas mientras bramaban en el oído del otro. Poco a poco, sus penes, vellos y testículos quedaron tan lubricados que se empaparon por completo, permitiendo una fricción placentera, llenando de sonidos acuosos toda la habitación.
— Que rico, bro.
— No te detengas.
— Te gusta.
— Bastante... ¿a ti?
— Demasiado.... Ahhh... no voy a durar.
— Yo tampoco.
Sus embestidas se redoblaron en velocidad y fuerza a tal grado que sus testículos comenzaron a chocar sin restricciones mientras poco a poco se retraían hacia sus cuerpos, endureciéndose, preparándose, hirviendo.
Cual leones, ambos rugieron al unisonó cerca del oído del otro y eyacularon sobre el vientre, vello, pene y testículos, uno contra el otro. Raúl lo hizo con tal fuerza que enterró sus dedos en las nalgas de Ramón mientras que este arqueó la espalda aumentando la fricción de ambas vergas calientes. Una, dos, tres, cuatro y hasta cinco descargas de abundante semen cubrieron sus genitales, dejándolos satisfechos, con los huevos vacíos y sus cabezas sensibles.
Sin evitarlo, Ramón se desplomó sobre el cuerpo de su compañero, colocando su cara al lado de la de él. Raúl, por reflejo, tras terminar de vaciar su leche, se estremeció con un temblor placentero, provocando uno igual en el macho de Ramón.
El sentimiento húmedo, caliente y mojado de la mezcla de su semen era placentero y agradable, pero el silencio les dio una pizca de incomodidad.
Raúl dudó de sus acciones, había cruzado un límite delicado no solo con Ramón sino consigo mismo, por primera vez, se preocupó que su calentura hubiera dañado su amistad. Serio giró su cabeza y Martín hizo lo mismo.
Ambos machos se miraron a los ojos y, con toda naturalidad, Ramón comenzó a reír con suavidad y con ello, toda duda, arrepentimiento o incomodidad despareció al instante, incluso Raúl, contagiado, soltó un par de carcajadas mientras acariciaba con cariño la ancha espalda de su musculoso amigo.
— Eso fue genial, bro.
— Ayyy, sí — resopló con gusto —, sin duda, pero... creo que me duelen los huevos.
— A mi también — reconoció juguetón —, voy a separarme.
Con cuidado, Ramón se despegó del cuerpo del macho de Raúl, ambos miraban como hilos de semen se despegaban de sus penes, vellos y testículos, quedándose cubiertos de una capa blanquecina.
— A la goma, disparaste como un toro, estoy todo empapado — sonrió Ramón.
— ¿Yo? No manches, mira mis vellos, están blancos incluso siento que mi verga y mis huevos gotean con tu leche.
Ramón se inclinó para ver, notando el glande rojo e hinchado de su amigo, flácido, bañado en semen, descansando sobre dos testículos igual cubiertos por la leche de ambos sementales. Con curiosidad, Martín tomó el glande sensible de Raúl y lo levantó viendo como un camino de semen caía a los lados de sus huevos y se deslizaba hacia sus nalgas.
— ¿Tienes una toalla, bro? — sonrió Ramón apenado por el desastre.
Raúl estiró una mano y alcanzó su toalla de baño, dándosela a su amigo. Con cuidado, Ramón limpió el pene, testículos, vello y perineo de Navarro, teniendo cuidado por la notoria sensibilidad, después, hizo lo mismo con su entrepierna y así, ambos machos quedaron limpios, sintiéndose plenos, en confianza, satisfechos.
— Bueno, te dejo descansar, bro. Haz de estar cansado.
Ramón, agotado por completo, tomó los pantalones y boxers que Raúl le había prestado y se encaminó a la puerta.
— ¿Dónde vas? — inquirió Navarro.
— Al sillón, bro. Ahí dormiré como una piedra — aseguró.
— Pero... hay suficiente espacio en mi cama.
— Oh... ¿estás seguro, bro? — Ramón se llevó una mano tras la nuca dejando ver unos triceps enormes y una axila peluda — ya has hecho mucho por mí hoy y... no quisiera incomodarte más — declaró con algo de pena.
Por respuesta Raúl se acercó a él, le jaló del brazo y lo llevó con un abrazo juguetón hasta la cama donde, recostándolo, se colocó junto a él, tomó la cobija y se cubrió con ella. El cansancio, la atascada y la deslechada les golpearon con todo, llenándolos de sueño. Así, el par cerró los ojos.
— ¿Bro?
— Eo.
— Gracias por el día de hoy, me la pasé muy bien.
Raúl se acomodó y jalando a Ramón lo acurrucó junto a él.
— Compa.
— Dime, bro.
— Gracias por ser mi amigo.
En esta ocasión, Raúl sintió como Ramón lo apretujaba con lo último de sus fuerzas antes de caer dormidos.