07 - Pereza
Capítulo 7 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone
Por tercera vez, su llamada no fue contestada, el grupo de mercenarios encargado de terminar con Mersenne había dejado de responder hace mucho. Frustrada, Karen decidió que era el momento del plan B.
— ¿Los otros mercenarios ya están listos? — expresó a una temblorosa secretaria.
— Sí, señora, solo esperan sus indicaciones.
— Al fin. Si quieres que algo se haga bien, tienes que hacerlo tú misma.
De inmediato subió a su avión privado y tras algunas horas de vuelo, llegó a su destino. Con dificultades debido a las tormentas de nieve, la aeronave descendió. Un grupo de hombres, con gruesas chamarras negras, pegaron una escalera a la puerta del avión y la mujer descendió ataviada con un grueso abrigo.
— Señora Karen — se acercó un corpulento varón en medio de la ventisca —, hemos llegado a la cámara principal.
— Ya era hora, Roger — comentó la mujer —. No soporto un día más el estar a la sombra de esa pulgosa de Mersenne. Con esto, por fin me libraré de ella y ocuparé su puesto, aunque antes mandaré a fumigar su oficina para que no me vaya a pasar algún bicho.
— Mientras me pague me da igual — refutó Roger —. Sígame, por favor.
Sin voltear a ver a los demás mercenarios, la señora siguió al líder. El hombre cruzó un par de inmensas puertas, abiertas de par en par, clavadas a mitad del hielo. Hacía poco que su tarea de espionaje al alto mando había dado sus frutos y uno de tantos, fue encontrar las ruinas de la mítica cárcel de Carabancel en medio de la tundra. Cuidadosa, descendió los peldaños tallados de piedra, sujetándose por el improvisado barandal hecho con una cuerda.
— Me da gusto que no perdieran el tiempo — señaló la ejecutiva, observando las luces que habían incrustado en las paredes —, aunque debieron tardar menos.
— Trabajamos tan rápido como nos fue posible — alegó el mercenario al frente —. Además, pasar mucho tiempo en este maldito lugar es... agobiante. Es difícil de explicar el sentimiento cuando estás aquí, la gran mayoría tuvimos que tomar calmantes para soportar esta presión. Los otros solo enloquecieron y se fueron hacia el exterior, sin que supiéramos más de ellos.
— Sí, claro — comentó Karen, restándole importancia —, lo que sea con tal de cobrarme más. Al menos acabaremos hoy.
— Eso espero, esas malditas pastillas me tienen cansado.
Llegaron a un largo pasillo, ahí toda la base de operaciones había logrado establecerse entre las negras paredes de piedra. Con calefactores alejaban el frío, generadores encendían las luces que disipaban la obscuridad, incluso un sistema de cámaras se había instalado para supervisarlo todo. Había más de doscientas personas: investigadores, científicos, personal de mantenimiento, de cocina, mercenarios, expertos en explosivos, incluso médicos, pero todos y cada uno de ellos mostraban marcas negras bajo los ojos.
— Nadie duerme — explicó el mercenario al ver la expresión de desagrado de Karen al mirar a la gente —, los que lo hacen sufren terrores nocturnos, algunos incluso despiertan gritando.
— ¿Han intentado hacer yoga antes? Quizá si no comieran tanto, dormirían mejor.
El hombre miró a la mujer con desprecio y negando siguió adelante, a unas escaleras que descendían aún más.
— Jefe, estamos listos — uniformado como los demás, un conejo agreste, de mirada cansada y ojos apagados se acercó a ellos.
— ¿Ya todos tomaron sus pastillas? — preguntó el líder.
El conejo sacó un pequeño frasco y, abriéndolo, se lo empinó, introduciendo dos pastillas en su hocico, tragándolas sin requerir agua. Roger tomó un frasco de su pantalón y repitió la acción, después le ofreció una dosis a la mujer.
— Que exagerados — alegó Karen mientras bajaba los escalones de piedra.
Las escaleras concluían en una zona abierta que había sido limpiada día y noche por los mercenarios. Las herramientas de los trabajadores se encontraban apiladas en las esquinas junto con algunos escombros. Levantando el rostro, la mujer observó los vastos muros y un techo adornado de enormes estalactitas heladas que, para el ignorante, bien podrían ser parte de un esqueleto gigantesco. Ella tragó saliva, preguntándose qué tipo de presos habrían sido encerrados tras sus muros.
Ignorando a las personas que la saludaban con desgano y cansancio, la mujer empezó a caminar aprisa detrás del corpulento mercenario y su ayudante de cola esponjosa. Tras unos minutos en el lugar, ella notó que sus pisadas caían como plomo y cada paso se sentía más difícil que el anterior, incluso llegó a detenerse al creer que aquel techo tan alto, comenzaba a encogerse, a oprimirle, a sepultarla en aquella prisión en medio del hielo. Sintiendo que le faltaba el aire, buscó apoyo y se sujetó de una pared cercana, apenas lo hubo hecho, a su oído llegaron susurros, lamentos y llantos obligándola a retirar la mano de golpe. Respirando agobiada, notó que el ambiente se volvía cada vez más y más sofocante.
— ¿Ya lo siente? — expresó el líder con una sonrisa burlona — Al principio pensamos que era radiación, pero no, debe ser algo peor.
— Quizá sea el calor — replicó la mujer enderezándose y sobreponiéndose a la sensación —, hubieran abierto una ventana.
— ¿Calor? ¿En la tundra? — Roger soltó una risa tonta mientras giraba los ojos, acercándose al final del pasillo, a una enorme estructura que se asimilaba a una puerta.
Al llegar, el líder se encontró con un grupo de mercenarios y, con un movimiento de la cabeza, los subordinados colocaron dos grandes bloques de explosivos en la puerta. Una vez que todo estuvo colocado de forma cuidadosa, todos se pusieron a cubierto, se cubrieron los oídos, se dio la señal y una explosión llenó de humo y polvo todo el lugar. Todo era silencio hasta que la nube de escombros se aplacó.
? ¡¿Qué diablos es eso?! — gritó Karen.
Nada, ni un humano, agreste, fantasma o silla alguna se miraron, en su lugar, solo encontraron un libro, un libro encadenado. Apuntando con sus armas, los presentes se acercaron, para comprobar la cámara abierta, pero no lograron encontrar nada peligroso ni relevante.
Karen avanzó y miró aquel libro suspendido en el aire. De cada cadena, símbolos escritos en un lenguaje irreconocible irradiaban con fuerza, iluminando la vacía bóveda.
— ¡¿Un libro, un estúpido libro?! — gritó la ejecutiva, adentrándose en la cámara con pasos pesados — Se supone que esto debería ser un arma contra los del alto mando, ¿qué diablos voy a hacer con esto?
Atónitos y confundidos, los mercenarios bajaron su armamento, mientras una severa migraña comenzaba a atormentarlos.
— ¡Ustedes, inútiles, ayúdenme a sacar ese maldito libro de ahí! — ordenó la mujer — Espero que al menos valga una fortuna.
Cansado de la actitud de esa señora y con la vista comenzando a fallarle, Roger empujó al conejo quien, suspirando y con un agudo dolor de cabeza, obedeció. Cuatro mercenarios lo acompañaron, colocando cargas explosivas de menor potencia, asegurándolas a las cadenas y detonándolas, haciendo que el tomo cayera al suelo. El conejo, respirando por la boca, se acercó al libro y tomándolo del piso, se lo dio a Karen, qué lo abrió tan pronto lo tuvo en las manos.
Al instante, una densa oscuridad la envolvió, como si todo el alumbrado eléctrico hubiera fallado al mismo tiempo. El silencio se apoderó del lugar, dejando audible su respiración sorprendida y los latidos de su desconcertado corazón. Absorta y angustiada, todo pensamiento desapareció de su mente, sintiéndose atrapada en una abrumadora soledad que la envolvía desde los pies y solo esperaba que gritara para poseerla.
Y en un segundo, tal como llegó, las tinieblas desaparecieron, llevándose todo malestar que había percibido desde su llegada, permitiéndole respirar con mayor libertad, pero su alivio desapareció al ver que todos los demás estaban en el suelo, con los ojos abiertos, caras contorsionadas, inmóviles, inertes. Nerviosa, se obligó a caminar, pateó la bota de uno sin obtener reacción, tronó los dedos delante de otro, pero nada, todo era silencio, todo era muerte... hasta que escuchó un largo bostezo.
Como si hubiera despertado, el conejo se irguió, abrió y cerró la boca como si estuviera rumiando, pasando una mano por detrás de su cabeza, sorprendiéndose al notar el par de orejas tersas. Lento, giró la cabeza, posando sus pupilas rojas en Karen, quien estrechó el libro como su fuera un escudo.
— Oh... tú me liberaste — comentó la criatura antes de bostezar de nuevo.
El agreste se puso de pie de forma torpe, primero intentó hincarse, pero no pudo, así que giró el cuerpo y, con cuidado, se puso a cuatro patas, levantando después su torso, trastabillando en el proceso. Una vez más, bostezó y rumió, incomodando a la ejecutiva.
— Este recipiente tiene suficientes calmantes para dormir un elefante — expresó el conejo, tras lo cual, miró a su alrededor —. Vaya, no es sitio muy acogedor que digamos, y esas estalactitas no combinan con las cortinas.
Saliendo de su ensimismamiento, viendo al agreste picar con su pie uno de los cuerpos, Karen se llenó de valor.
— ¿Quién...?
— Acedio, mi recipiente se llama Baxter, por lo que mi nombre sería Acedio Baxter, aunque Baxter Acedio suena mejor — divagó —. Como sea, soy uno de las grandes calamidades, Pereza — pronunció exagerando la voz con desgano y aleteando con las manos.
Karen lo miraba confusa.
— Ahhh, ¿no me digas que soy el primero en despertar? — preguntó Pereza ante la callada mujer — ¡Jo!, sabía que algún día sería el jefe — celebró fingiendo emoción.
— ¡¿Qué diablos significa todo esto?! — se quejó la ejecutiva hojeando el libro — Se supone que Carabancel tendría encerrado un gran poder. ¿Qué tiene que ver un conejo drogado con esto? ¡Debe haber alguna arma, algún ritual oscuro, algo que me dé poder!
Pero, para su desconcierto, vio que todas las páginas estaban en blanco, y como si las polillas le hubieran invadido, las hojas comenzaron a deshacerse, convirtiéndose en polvo.
— No, no lo entiendo — expresó la mujer desolada — qué clase de...
— Ni idea — despreocupada la calamidad apilaba los cuerpos inertes, jugando con ellos de tal forma que no cayeran de la macabra torre que erguía, dejando atónita a Karen que veía a un agreste común y corriente levantar cuerpos más pesados y grandes que él con macabra facilidad —, lo importante es que soy libre y puedo...
Baxter estaba concentrado, logró apilar todos los cuerpos cercanos y ahora trataba de equilibrar las armas sobre ellos, aplaudiendo para si al conseguirlo.
— Bueno, aquí no hay mucho que hacer y quiero ver el mundo, expandir mis fronteras, comer, dormir, sentirme vivo — dramatizó el pecado mientras llevaba una mano a su pecho —. Si tan solo una damisela fuerte e independiente pudiera, no sé, tomar el avión de fuera y acercarme a la civilización.
— Puedo llevarte a conocer grandes lugares — respondió Karen al ser que parecía haber agrandado sus ojos con ternura —, si me ayudas.
— Si tú insistes...
La ejecutiva vio como Pereza puso sus manos tras la nuca y, sin prisa alguna, comenzó a caminar hasta la salida. Tras unos cuantos pasos, la pila de cadáveres cayó al suelo, alertando a la mujer, corriendo de inmediato detrás de aquella calamidad.