05 - Cachondo

Story by YoSoyGarrick on SoFurry

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Capítulo 5 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone


Ramon Martin, contento, apenas cabía de la alegría de ir junto con Raúl al gimnasio, incluso más de uno habría notado que su pecho se había hinchado más, su sonrisa era más pronunciada y que sus brazos se balanceaban con fuerza. Raúl hacía como que no se daba cuenta, dejando al fortachón que disfrutara el momento con él.

La tarde caía y todo el cielo se teñía de morados, azules y negros cuando el par entró al establecimiento. La recepcionista, que se estaba arreglando las cejas, quedó muda al ver que los dos entraban juntos y pasaban de largo a los vestidores.

  • Mira, bro, traje esto para ti.

De su mochila apretujada, Ramón sacó un bulto de ropa echa bola, la acomodó rápido en la banca y se la dio a Raúl. El hombre recibió un short, una playera y un suspensorio rojo, cosa que le hizo levantar una ceja.

  • Oh, cuando me ayudaste, vi que tenías uno y me gustó mucho, así que compré un paquete, ese es nuevo, úsalo con confianza, bro.

Sin darle tiempo a nada, con total naturalidad, Ramón se despojó de su playera, pantalones y boxers, quedando desnudo por completo frente a su compañero, luciendo con orgullo un cuerpo trabajado en años, con una verga peluda, un prepucio relajado y un par de bolas colgantes. El fortachón se miró al espejo y, como muchas otras veces, posó un poco, flexionando sus enormes bíceps, colocando las manos tras la cabeza para acentuar su abdomen, sus oblicuos y sus axilas peludas, poniendo las manos en la cintura para hacer saltar sus pectorales y girando un poco el tronco y las piernas para presumir sus nalgas velludas. Así, desnudo, sin preocuparse por cubrir su pene flácido, retraído por el fresco del lugar, pellizcando a veces sus testículos obscuros, Ramón presumía su viril cuerpo.

Raúl, sin comprenderlo, admiró y apreció a aquel espécimen masculino, nadie mejor que él comprendía los años de esfuerzo y sacrificio que le habían costado a su compañero alcanzar un cuerpo así. Debido a la cercanía, el hombre logró olfatear el aroma del fortachón, una fragancia suave, cítrica por su desodorante, cálida. Todo en él irradiaba masculinidad.

Satisfecho con su apariencia, Martín sacó un suspensorio azul y, levantando un pie, se lo colocó, metiendo una mano en la bolsa para acomodar sus genitales, flexiono un poco las piernas y al sentir todo en su lugar, sonrió y levantó la cara, encontrando a Raúl ensimismado.

  • ¿Todo bien, bro?

  • ¿Eh? ¡Ah! Sí... - Raúl sacudió la cabeza y se talló los ojos - estaba pensando.

  • ¿En qué?

Raúl se sonrojó, no quería reconocer que se había fijado en el cuerpo de su compañero, en el bulto que se marcaba en el suspensorio ni en la sangre que poco a poco, llegaba a su propia entrepierna.

  • ¿Ya tienes pensado donde trabajarás? - preguntó intentando distraer su mente.

  • La verdad no - Ramón cruzó los brazos y torció la boca, preocupado, pero al instante, vió a Raúl que comenzaba a cambiarse -, pero hoy vine a entrenar contigo, mañana me preocuparé por eso, no tengo gran experiencia, pero cualquier cosa estará bien...

Ramón alargó las palabras hasta quedar admirado. Raúl se había quitado su playera, dejando al descubierto su pecho con una fina capa de vello cubriéndole los pectorales y abdominales, después se despojó de sus pantalones, dejando a la vista un par de piernas gruesas, peludas por debajo de la rodilla, por último, haciendo a Ramón Martin tragar saliva, el hombre se apoyó de la pared junto a él y levantando una pierna, se despojó de sus boxers, dejando al aire libre una virilidad colgante, con dos testículos peludos y una densa selva de vello coronando su base. A diferencia del tono claro de Ramón, la piel de Raúl mostraba un bello tono tostado, como la leche con un ligero toque de café. Al pararse derecho y pasar una mano por sus genitales, todo su cuerpo mostró su armonía masculina, era un macho sin duda.

  • Wow, te ves muy bien, bro - reconoció Ramón pasando una mano por la espalda marcada de su compañero.

Raúl respingó un poco, la soltura y afecto que le demostraba Martín, así como su inexistente atención por espacio personal, aún lo sorprendía, pero, al ver que en los ojos de Ramón lo único que había era respeto y admiración, por lo que, rodando los ojos, cediendo, dejó que las manos curiosas de Martín comenzaron a tocar su dura espalda, pecho y brazos.

  • Se nota que has entrenado mucho.

  • No hay mucho que hacer cuanto estás solo - Raúl se encogió de hombros y, levantando un pie, se colocó el suspensorio.

La prenda, al ser nueva, se ceñía con fuerza al miembro peludo de Raúl, provocándole no solo molestia, si no que marcaba el contorno de la corona del glande de tal forma que poco dejaba a la imaginación. Incómodo, sintiendo los testículos y el pene aplastados contra su cuerpo, el hombresote abrió las piernas, flexionó un poco, jaló la tela, pero la sensación no desaparecía, cosa que notó su compañero.

  • Deja te ayudo.

Sin preocuparse por esperar respuesta alguna, Ramón Martín se acercó a él y con toda confianza, metió su mano dentro del suspensorio de su gymbro y, con cuidado, intentó acomodarle el pene y los testículos. La acción fue tan repentina y sin malicia que Raúl no reaccionó, de hecho, era la primera vez en muchos años que alguien tocaba su virilidad, sintiéndose en repentina confianza debido al cuidado y atención que tenía con su miembro un hombre tan musculado, incluso se llegó a sonrojar, no por pena, si no por la honesta camaradería que le ofrecía aquel macho. Cualquier que los hubiera visto, les hubiera considerado dos musculosos amigos cercanos o incluso, dos viriles entrenadores atentos a la comodidad del otro.

  • Rayos, se ve nota muy apretado aún - consideró Ramón sosteniendo con una mano el bulto frontal del suspensorio de su compañero -. Necesitas uno un poco más grande, bro - reconoció torciendo la boca -. ¡Oh!, ¡ya sé!

Como si fuera la cosa más normal del mundo, Ramón se quitó su suspensorio azul e hincándose frente a él, le quitó su suspensorio rojo a Raúl y ayudándole a levantar una pierna, le puso el suspensorio azul que él estaba usando. Con cuidado se lo subió, ajustó y volviendo a meter su mano, acomodó la verga y huevos de Raúl en la tela tibia y cálida, con una ligera sensación húmeda donde había estado el glande de Martín.

  • ¿Qué tal, bro? ¿Mejor?

Raúl, parpadeando un par de veces, regresando en sí, flexionó las piernas y se aseguró que todo estuviera cómodo.

  • Sí, mejor. Gracias - aseguró con la cara roja, poniéndose su short de inmediato antes de que su pene se llenara de sangre por tanto contacto.

  • Perfecto, ahora solo estiraré esto bien - explicó mientras estiraba varias veces la tela roja y una vez satisfecho, se colocó el suspensorio rojo, acomodando sus testículos y pene dentro.

  • ¿No te molesta?

  • Naaa, no soy dotado - rió con burla -, está apretadito - explicó agarrándose los huevos -, pero ya se aflojará con el uso, verás que sí. Todo listo, bro. Vamos a ponernos mamados juntos...

Ramón miró el short de Raúl y comenzó a reír con pausas, confuso, su compañero miró hacia abajo y notó que tenía una potente erección que destacaba en sus pantaloncillos.

  • 'tas cachondo, bro - con un puño lleno de camaradería, Martín empujó el hombro de Raúl.

  • Oh, rayos - el hombre, erecto y avergonzado, giró para cubrirse la entrepierna con ambas manos.

  • Oh, no, no. Disculpa, no quería hacerte sentir mal - aseguró posando su mano sobre el hombro de su amigo -. A mi me pasa siempre, es normal, somos hombres - acentuó mientras se agarraba el pene con total seriedad -. Te diré un secreto - se acercó para tomarle del cuello con su brazos y hablarle de cerca bajando la voz -, lo que yo hago es aguantar la respiración, hazlo conmigo, anda. Respira.

Lo absurdo de la situación hizo que Raúl, bien por complacer a Ramón, bien por salir de ese embrollo, obedeciera a Ramón e, imitándolo, respiró hondo, siguiéndole el juego.

  • Ahora aguanta la respiración tanto como puedas.

De repente, a la mente de Raúl llegaron recuerdos vagos, reminiscencias de sus antiguos amigos de primaria y secundaria, amistades que, con sinceridad, se apoyaban unos a otros, considerándose hermanos y prometiéndose que nunca dejarían de hablarse pasara lo que pasara. Amigos ya olvidados muchos años atrás, pero, que, de repente, se materializaban de nuevo en el carácter despreocupado de Ramón Martín. El recuerdo hizo que un sentimiento cálido cruzara todo el cuerpo de Raúl y, como si lo conociera de años, el hombre cedió y tirando todas sus barreras con gusto, hizo lo que Ramón le indicaba.

  • Hazlo un par de veces más. ¿Ya vez? -, todo mejor - le felicitó viendo su entrepierna ya aplacada y dándole un par de palmaditas en la espalda celebrando su logro -, bien hecho, bro. Sabía que lo harías.

Y, sin esperarlo, Ramón cerró los ojos y sonrió de forma ingenua, cautivando a Raúl, quien, sonrió, tomó a su gymbro por el cuello y, jugando como no lo había hecho en años, le despeinó, sorprendiendo no solo a Martín, si no también a él mismo. Al percatarse de su acción, Raúl se separó de inmediato y guardó todas sus cosas, con una seriedad disimulada.

  • Date prisa o no podremos entrenar juntos, compa.

Ramón permaneció desconcertado un segundo y al darse cuenta que Raúl había jugado con él, sonrió de oreja a oreja y asintió emocionado, siguiendo a su nuevo amigo.

Raúl estaba paralizado. Al llegar más temprano de lo habitual, un mar de gente estaba usando la mayor parte del equipo, interactuando y riendo entre ellos. Al principio Ramón se alegró, podría presentarle a todos a su nuevo amigo y hacer rutinas todos juntos, cuando notó que Raúl había recuperado su seriedad habitual, incluso notó como comenzaba a fruncir el ceño y tensar los puños.

  • ¡Eh! ¡Martín! - desde el fondo, una bolita de personas saludó al fortachón con alegría invitándolo a unirse a ellos.

Ramón levantó la mano en respuesta y, sonriéndole a Raúl, le señaló un grupo de máquinas vacías.

  • Podemos hacer pierna, está libre - propuso.

Raúl se esforzó por sonreír.

  • No hace falta, ve con ellos, yo andaré por aquí.

  • Nop - pronunció golpeando con el pecho -, yo vine contigo hoy y entrenaré contigo hoy - declaró casi imponiéndose, tomando a su gymbro por el brazo y casi jalándolo a las máquinas libres.

El gesto, de forma extraña, enterneció a Raúl, accediendo demasiado rápido para su sorpresa. Sin demora, el par se puso a entrenar pierna, hicieron flexiones, sentadillas y zancadas, primero sin peso, subiendo la intensidad, mirándose fijo mientras contaban las repeticiones, poco a poco, la temperatura de sus cuerpos comenzó a subir y con ello, su testosterona, a tal grado de que comenzaron a aumentar el peso, agarraron las mancuernas y casi compitiendo, comenzaron a exigirse más en las repeticiones. En ocasiones chocaban las miradas y en sus ojos había fuego, al fin habían encontrado a alguien que soportaba tanto como el otro, con la misma fuerza, con la misma intensidad.

Mas de uno miró desde lejos al adusto Raúl y al afable Ramón desafiándose el uno al otro, rugiendo y gruñendo con cada repetición, retándose y al mismo tiempo apoyándose a mejorar, a hacerse más fuerte, a superar sus propios límites, pero encima de todo, cuidándose.

En su entusiasmo, Ramón fue por una barra, Raúl por pesas y colocándola en una máquina, comenzaron a hacer sentadillas.

  • ¡Tú puedes, bro! - animó Ramón viendo como su compañero flexionaba las piernas y sacaba las nalgas para realizar el movimiento.

Una, dos, tres, Raúl respiraba hondo y sacaba el aire con fuerza. Cuatro, cinco, seis, el hombre jadeaba con fuerza, el peso no era demasiado, pero sus piernas comenzaban a arder. Siete, ocho, nueve, su cara estaba roja, su playera estaba pegada a su cuerpo por el sudor y una vena se marcaba en su frente, pese a todo, quería alcanzar la última.

Comprendiendo la determinación de su compañero, Ramón no dudó y casi corriendo, se colocó tras él, vigilando la barra, acercando sus manos, pero sin tocarla y cuando Raúl estuvo listo, flexionó con él. El descenso fue fácil, incluso la cercanía de los cuerpos dejó que ambos sintieran el calor del otro, en especial las nalgas de Raúl tallándose contra la verga de Ramón.

  • ¡Ya casi, tú puedes! - le animó su compañero sin perder de vista la barra y la condición de su cuerpo.

El fortachón tomó aire y, rugiendo, comenzó el ascenso, sus muslos estaban hinchados, sus piernas temblaron un poco, pero, al sentir el apoyo de alguien junto a él, se sintió confiado, seguro y, dando todo de sí, logró levantarse. Apenas hubo completado el movimiento, Raúl le ayudó a dejar la barra en el soporte y, Raúl se dejó caer al suelo, sentándose de golpe mientras reía sin comprender bien el por qué.

  • A la goma... - jadeaba -. Nunca... nunca había hecho tantas... - luchaba por respirar mientras reía de a ratos.

  • ¡Sabía que lo lograrías, bro! - reconoció Ramón, en cuclillas junto a él, acariciándole el hombro.

  • Fue... fue gracias a ti - Raúl tragó saliva -. No lo hubiera hecho sin ayuda.

Ramón Martín escuchó la declaración, alagado, tomó aire e iba a hablar, cuando un grupo se acercó para saludarle.

  • Dame un segundo, bro. No tardaré nada - antes de levantarse, Martín le acarició la espalda y fue a saludar a la gente.

De nuevo, un sentimiento cálido cruzó el cuerpo de Raúl, sintiéndose, por primera vez en mucho tiempo, a gusto, acompañado.

  • ¿Estás bien?

Levantando la mirada, Raúl vio al semental de Poncho acercarse y ofrecerle una mano. Más por reflejo que por deseo, el hombre la tomó y de un jalón estuvo de nuevo de pie.

  • Parece que ya has conocido a Martín - señaló el toro con una sonrisa confiada.

  • Sí, creo que ya lo tolero más.

  • Me agrada saber eso - Poncho miró al fondo y Raúl hizo lo mismo, Ramón estaba sonriente, saludando y hablando con un grupo de gente, se notaba feliz -. Es bastante popular.

  • Así parece - reconoció con una sonrisa cansada.

  • ¿Seguro que estás bien?

  • Claro, nada que no pase en un rato.

  • Perfecto, en ese caso, ¿podrías ayudarme en la barra?

Raúl asintió y cuidando a su compañero, le ayudó a realizar sus ejercicios. Una vez terminado, Poncho agradeció y fue a otro aparato.

  • Bro - el hombre reconoció la voz, giró el rostro y delante de él, vió una botella de agua -, para ti.

Raúl, sin estar acostumbrado, no supo que hacer. Ramón tomó una de sus manos y sobre ella puso la botella, sonriéndole. El hombre se enterneció, agradeció en voz baja y abriéndola, dio un trago largo y profundo, exhalando con placer al terminar.

Poco a poco, la noche llegó y la gente se retiró, dejando a la recepcionista comenzar a limpiar para prepararse para el cierre.

  • Estoy bastante agotado - reconoció Raúl, jadeando.

  • Yo igual, nunca había entrenado tanto, es genial tener un gymbro. Creo es la primera vez que sudo tanto - Ramón despegó la playera de su cuerpo, estaba empapada, su compañero estaba igual -. Vamos a bañarnos, bro. Ya mero cierran.

Empezando a acostumbrarse, Raúl sintió como Ramón lo tomaba del brazo y con camaradería amistosa, le jalaba a los vestidores, donde sin prisa ni pena, ambos se desnudaron, quedando en pelotas uno frente al otro, dejando que sus cuerpos, húmedos por el sudor, se orearán. Ramón tomó de su mochila una botella de jabón líquido, otra de champú y, con una seña, acompañó a su compañero a las duchas.

Ramón abrió la regadera y al sentirla tibia se metió de lleno, Raúl abrió la suya, pero estaba demasiado helada.

  • Ven a la mía, bro - invitó Ramón y, sin darle oportunidad a buscar otra ducha, le tomó del hombro y lo puso a su lado, compartiendo el agua.

  • Se siente bien - Raúl levantó la cara y dejó que el agua le cubriera, sintiendo la calidez tocar su rostro, cuello, pecho, abdomen, vellos, pene, testículos, muslos, piernas y pies -, no tengo ganas de moverme - rió para sí.

  • Oh, yo puedo ayudarte, no te preocupes.

Sin decir más, Martín vació un chorro de champú en sus manos y las llevó directo al cabello de Raúl. Era tanto su cansancio que el hombre no dijo nada, solo se dejó hacer, cerrando los ojos y disfrutando de la sensación. Los dedos de su amigo acariciaban y masajeaban su cuero cabelludo, provocando una sensación placentera.

  • Listo, puedes enjuagarte - propuso Ramón.

Raúl asintió e, inclinando la cabeza en el agua, se quitó el jabón sobrante, cuando sintió que Ramón comenzaba a acariciarle el cuerpo, pasando sus grandes manos por toda su espalda, por sus hombros y sus pectorales. Abrió los ojos y notó que Ramón estaba enjabonándolo.

  • Levanta los brazos, bro - pidió el fortachón.

Raúl obedeció y sus axilas, brazos y manos se cubrieron de jabón. A su lado, en un pequeño soporte, vió la botella de jabón de Ramón y, sin pensar en nada, con la mente en blanco, tomó la botella, puso un poco del líquido en sus manos y comenzó a enjabonar la espalda de su compañero.

Ramón levantó la cara, sorprendido por el gesto y sonriéndole, retomó su trabajo, talló los abdominales de Raúl, llenó de espuma sus vellos y con toda confianza, tomó su pene entre sus dedos, retrajo el prepucio con cuidado, generando un gemido placentero al fortachón, y enjabonó su glande, después pasó a los testículos, acariciándolos de forma delicada, por último, pasó su mano entre sus piernas, haciendo que Raúl las abriera más para darle mejor acceso. Satisfecho, Ramón sacó energía y se arrodilló para tallarle las piernas.

Aprovechando que su compañero estaba en cuclillas, Raúl tomo el champú y con un poco, comenzó a tallar el cabello de Ramón mientras disfrutaba del masaje en sus piernas.

Así, los dos machos se bañaron el uno al otro, cuidándose, tocándose, explorando sus viriles cuerpos, cubriendo el lugar de espuma, un olor a menta y de un compañerismo palpable.

Ramón, aún en cuclillas, tomó a Raúl por la cintura y le obligó a girarse, así, con lo último de jabón en sus manos, talló las pantorrillas, los muslos y las nalgas de su amigo con firmeza, dándole placer. Justo antes de terminar, usó una mano para enjabonarse bien y con la otra, separó las nalgas de Raúl, exponiendo su lugar más prohibido y sensible, sin dudar, metió su mano y enjabonó el área, provocando un gemido incómodo pero placentero en su compañero. Una vez satisfecho, intentó levantarse, pero sus piernas estaban agotadas, pese a ello, Raúl giró y al hacerlo, le golpeó la cara con su verga erecta y lubricada, el masaje había echo efecto.

Ramón rió al ver a su amigo y al momento, fue levantado de las axilas.

  • Enjuágate, compa - pidió Raúl con algo de pena.

  • Estás bien duro, bro - evidenció el fortachón quitándose el jabón de encima.

  • Lo sé, pero no tengo ganas de aguantar la respiración - se sinceró.

  • En ese caso...

Ramón vertió un poco de jabón en su mano y, colocándose frente a su musculoso gymbro, le agarró la verga, obligando a gemir por la sensación placentera.

  • ¿Qué haces?

  • Esto lo hacía antes de morro con mis compas del bachiller, nos ayudaba a relajarnos - sonrió y continuó como si fuera lo más normal del mundo.

Raúl, abrumado, quiso detenerlo, posando sus manos en los hombros de Ramón para intentar separarlo, pero el fortachón ejercía la presión justa y exacta, que su deseo pudo más, colocando su frente en el hombro de Martín mientras intentaba no gemir demasiado.

  • Tú disfrútalo, bro - aseguró Ramón.

Raúl cerró los ojos, embriagado de placer, sintiendo como su glande chocaba con algo suave, redondo, hasta que, abriéndolos, notó que el gran pene de Ramón, igual de erecto y viril, chocaba cabeza con cabeza, lubricándose y facilitando la masturbación, su compañero estaba tan cachondo como él.

Quizá por el placer, quizá por el cansancio o quizá solo por devolverle el favor, Raúl dejó de pensar y por impulso, tomó la verga de Ramón en su mano y le devolvió el favor. El fortachón soltó un gemido largo, profundo y varonil, mientras sentía como su prepucio cubría y descubría su cabeza, cada vez con mas fuerza y velocidad.

Entregándose al placer, Ramón quiso apoyar su cabeza en el hombro de Raúl, pero solo logró que su frente se posara sobre la de su compañero. El agua apenas cubría sus gemidos, cual machos en celo, mientras sus manos, cruzadas, magreaban el pene del otro. Los músculos de sus brazos se movían a un ritmo constante, intenso y placentero, el calor de sus cuerpos era reducido por el agua fría que comenzaba a caer sobre ellos, y poco a poco, sus testículos comenzaron a contraerse más y más a su cuerpo.

Raúl se separó un poco, enterrando su frente sobre el hombro de su amigo, Ramón hizo lo mismo. Ninguno de los dos cedía en su movimiento, apretando con firmeza, a un ritmo constante, jadeando más a prisa, contrayendo su abdomen y sintiendo su clímax acercarse.

  • Voy a terminar. Ah, ah.

  • Yo también, bro. Oh, sí.

Al unísono, ambos hombres rugieron disparando directo sobre el pene del otro, los chorros salieron y chocaron en el aire, pero aún así, lograron impactar sobre la verga, testículos y vellos del otro. Cuatro disparos cruzados que cubrieron de semen sus manos, vellos, testículos y penes. Sensibles, con los glandes de un tono morado rojizo, los dos se soltaron y al verse, Ramón fue el primero que se echó a reír, sin saber por qué, Raúl hizo lo mismo y sin pensarlo, abrazó a su compañero, pegando sus vellos, huevos y vergas cubiertos de leche, Ramón, sorprendido de sentir la calidez del cuerpo de su compañero, regresó el abrazo y así estuvieron hasta que sus penes se desinflaron y se encogieron de frío.

Raúl, sin querer terminar el abrazo, pero comenzando a recuperar la razón, se separó de Ramón y le despeinó por última vez.

  • Eres un loquillo, campeón - reconoció con gratitud, con los huevos descargados y su verga peluda bañada en leche.

Ramón sonrió con orgullo y, tomando su lugar junto a su amigo, terminaron de enjuagarse y quitarse todos sus fluidos de encima. Al salir, compartieron una toalla y, relajados por completo, comenzaron a vestirse, sin prisa, con calma, satisfechos. Una vez listos, se esperaron y salieron juntos, sin decir palabra alguna hasta llegar a la esquina.

  • Bueno, eso fue... nuevo - reconoció Raúl con franqueza.

  • Ojalá te haya gustado, bro - Ramón acarició con cariño el hombro de Raúl.

  • Fue... curioso, al menos me liberé de toda la tensión acumulada.

Ambos se miraron y sin evitarlo, soltaron un par de carcajadas.

  • Bueno, debo irme, ve con cuidado a casa, campeón - pidió Raúl acercándose a Ramón y dándole un enorme abrazo, le dio un par de palmadas en la espalda y sin decir más comenzó a alejarse.

El hombre, se sentía relajado, apenas tenía la fuerza para llegar a su casa, pero había disfrutado mucho de su tarde. Aquél enorme fortachón alegre, había llenado su día de calidez y experiencias nuevas. En ese momento, cuando por su mente cruzó su recuerdo, se detuvo a mitad de la calle y giró, queriendo buscar a su amigo en la distancia, pero se sorprendió al ver a Ramón, quieto, en el lugar donde se habían despedido, viéndolo partir con una cálida sonrisa.

  • Gracias, bro - leyó en sus labios.

Raúl se llenó de ternura y usando toda su fuerza para no regresar y abrazarle de nuevo, levantó la mano para despedirse y seguir su camino a casa. Sin duda él y Ramón dormirían como piedras esa noche.