34 - Bola ocho

Story by YoSoyGarrick on SoFurry

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Capítulo 34 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone


El par dejó el coche varios metros antes para que nadie escuchara el motor. Descendieron en silencio y se acercaron con sigilo, atajándose tras unos troncos anchos.

A través de la línea de árboles podían ver la casa, un tanto separada del bosque por una pequeña extensión de pasto. Pierrot y Rentería se habían detenido, pues el sabueso había detectado cierto aroma familiar.

— Y ¿tienes un plan? — preguntó el detective.

— Así es — el guardaespaldas respondió distraído, intentando apreciar la casa de madera en su totalidad —. Tú te vas y yo me encargo de lo demás.

— ¡¿Qué?! — replicó el sabueso un tanto indignado —. No seas ridículo, aún no sanas del todo.

Pierrot sabía que el detective tenía razón, aún tenía algunas heridas vendadas que necesitarían más tiempo para cicatrizar, incluso gruñó de dolor al rebuscar un objeto en un bolsillo interior y sacar de él, un cristal de color opaco que entregó a Rentería, haciéndolo enmudecer.

— Es una imitación — aclaró el guardaespaldas —, puede pasar muy bien por la original. Ve con tus superiores y entrégala, eso resolverá tu caso.

— ¡Pero no podrás tú solo, apenas te podías levantar hace dos días!

— Estoy bien — objetó Pierrot, avanzando unos pasos hacia la casa.

— Dos de ellos te derrotaron — le recordó Rentería — y puedo oler al menos cuatro ahí dentro.

— La verdadera gema está ahí — Pierrot señaló a la casa, lo cual le produjo una punzada en el costado —, está a mi alcance y he de recuperar mi honor.

El sabueso observó la gema falsa, una parte de él se sentía satisfecha de poder resolver el caso del robo al museo, mientras que otra estaba preocupada por su compañero.

— Si vamos los dos tendremos mejores posibilidades — Rentería avanzó, pero sintió una mano pesada en el hombro que le detenía.

— Reconozco que me confié la primera vez — había rabia y preocupación en la voz de Francesco —, pero no cometeré el mismo error. Sé que lo lograré.

— Me vale, igual iré.

Pierrot afirmó su agarre en el hombro de Rentería, el sabueso escuchó un nuevo gruñido sutil de dolor.

— No, no lo harás —le ordenó Francesco, pero no había duda en los ojos del sabueso.

— Claro que sí — Rentería suavizó la voz —, nos ayudamos, recuperamos la gema, y regresamos juntos a entregar la réplica, eso es lo que hacen los amigos.

La declaración enterneció a Pierrot, quien bajó la cabeza y retrajo su mano, disminuyendo el dolor de su cuerpo. Una sonrisa discreta se dibujó en la cara del enmascarado.

— Gracias, pero no — pronunció con firmeza —. Esto es importante para mí, así que no quiero contenerme, y no podré concentrarme si estás ahí conmigo. Fallé una vez, y esta es mi oportunidad de hacerlo bien.

— Paco...

— Te diré que haremos — dijo Francesco, interrumpiendo al canino —. Quédate aquí, puedes escuchar todo lo que pase, pero solo intervendrás si ves que algo me ocurre. Pelearé como mejor se hacerlo.

— ¿Qué harás con exactitud? — preguntó el sabueso.

— No los mataré si eso te tranquiliza — el tono frío de la voz de Pierrot había vuelto —, pero haré lo necesario.

— No me tranquiliza del todo — el canino metió la mano a su gabardina, de donde sacó una pistola, sorprendiendo a Francesco —. Si noto que corres peligro, te cubriré la espalda.

Pierrot, sonriente, le tendió la mano al sabueso, el cual la miró por un momento antes de acercarse y darle un abrazo. Francesco sintió dolor y calidez, pero, aún así, soportó el gesto y mirando a Rentería por última vez, se dirigió con paso firme a la casa de madera, con su flauta, y ganas de venganza.

— Estaré atento a todo — escuchó decir al canino.

En respuesta, Francesco se limitó a levantar el pulgar sin mirar atrás.

Detrás de la casa, Don Mario, Raúl, Ramón y Mauricio se alistaban para comer, habían sacado la mesa del comedor, y dos de ellos acomodaban platos y cubiertos. La separación de la casa con el bosque les daba un pequeño espacio para disfrutar del aire libre sin adentrarse en la espesura.

— Ya casi está listo — salió a avisar Raúl.

— ¡Qué bien, Bro! Huele rico — lo elogió Ramón moviendo la cola.

La huida de la casa de Don Mario no les había permitido llevar variedad de ingredientes, pero Navarro se las había arreglado para prepararles carne asada, desprendiendo un aroma delicioso.

— ¡Raúl! — Ramón llamó su atención, alarmado.

El tigre miraba hacia la línea de árboles y Navarro aguzó la vista. De entre la sombra del bosque, una figura robusta y alta se presentó ante el grupo. Don Mario se apresuró a moverse junto a su hijo, y Mauricio se levantó de un banco, abriendo las manos para mostrar las garras. A Ramón, tenso, se le encrespó el pelaje y se inclinó un poco hacia adelante. Raúl tentó su bolsillo del pantalón, sintiendo el contorno de la gema.

— Tienen suerte — declaró Pierrot, con extraña solemnidad —, hoy estoy de buen humor. Denme la gema y me retiraré — exigió, estirando la mano hacia Raúl.

— No — Navarro intentó sonar igual de imponente que el enmascarado —, si la gema cae en manos equivocadas, será peligroso para todos.

— Mersenne y el alto mando tienen demasiado poder, ¿por qué querrían una piedra así? — preguntó Don Mario desconfiado.

Pierrot sacudió la cabeza en desaprobación y levantó un dedo.

— Solo lo diré una vez más. La gema, o enfrentarán las consecuencias.

Ramón titubeó, se contuvo de dar un paso atrás, miró de reojo a su padre, que se mostraba firme ante la presencia del enemigo, Mauricio enseñaba los dientes. Nadie mostraba duda.

— Comprendo — el enmascarado resoplo —. Entonces, creo que no todos me conocen, permítanme presentarme. Mi nombre es Pierrot, el trébol, uno de los cuatro ases de la familia D'larte, y ustedes tendrán el honor de ser mi público.

Con un movimiento rápido y elegante, cual ilusionista, apareció una carta entre sus dedos, era un as de tréboles, la lanzó hacia arriba y, en el aire, explotó en serpentinas y confeti que llovieron sobre su confusa audiencia. Cuando la distracción hubo terminado, Pierrot malabareaba cuatro pelotas negras del tamaño de su palma, mostrando gran agilidad y destreza.

— Va la primera.

Con un estruendo, Pierrot golpeo una de las pelotas y, cual disparo, impactó de lleno el estómago del oso. Mauricio se estrelló contra la mesa, y rodó sobre esta hasta caer al otro lado. La esfera rebotó contra el muro de madera de la casa, yendo hacia Ramón, que apenas reaccionó, logrando esquivarla. Raúl, estaba incrédulo, la fuerza de aquel ataque era aterrante y, sin duda, esas no eran pelotas normales.

— ¡Mauricio! — el felino exclamó preocupado.

— 'Toy bien — el ursino respondió en medio de un quejido de dolor. Intentó levantarse, pero se dobló por la cintura y quedó sentado contra la pared.

— La segunda — Francesco golpeó de nuevo.

Raúl vio el bólido disparado contra Don Mario, pero el señor demostró su experiencia y girando lo esquivó por centímetros, con terror, Navarro percibió que el ataque rebotó en un tronco, abalanzándose contra Ramón.

— ¡Mijo! — Don Mario, sin dudarlo, se interpuso entre el ataque y el tigre.

Ramón solo pudo mirar mientras la pelota daba de lleno en la espalda de su padre, lanzándolo hasta impactar de frente contra el muro de la casa.

— ¡Papá! — corrió el tigre hacia él, preocupado.

Sin darles un respiro, el enmascarado continuó su violento espectáculo.

— La tercera.

La esfera, veloz, se dirigió hacia Ramón, quien se puso de espaldas para proteger a su padre. Raúl, interponiéndose, llegó a tiempo y, afianzando los pies en el suelo, juntó ambos puños e impactó la pelota, desviándola hacia arriba. El impacto lo hizo caer, dejando a Navarro desconcertado por el poder del ataque. Ramón, al ver la esfera en el aire, dejó a su padre y, al ver la bola bajar contra su novio, saltó toda su fuerza y con la mano extendida golpeó la esfera en el centro.

Pierrot apenas tuvo tiempo de procesar la imagen. Como pudo se agachó para esquivar una de sus propias pelotas, ahora disparada contra él. La bola impactó cerca y se enterró en el suelo, aún girando y expulsando tierra.

Ramón se volvió para confirmar que su novio estuviese bien, Raúl, levantándose, asintió en agradecimiento cuando, de pronto, algo llamó la atención de ambos, las pelotas que había disparado Francesco regresaban a él, agrupándose en torno a su maestro. En segundos, el enmascarado malabareaba de nuevo, recuperando sus cuatro proyectiles artísticos.

— No cometo dos veces el mismo error — amenazó Pierrot —. Esta vez no fallaré.

— ¡Bro, hagamos equipo! — propuso Ramón al comprender lo que Raúl había hecho para protegerlo.

— No soy bueno en voleibol — confesó Navarro, preocupado por la propuesta.

— No importa. Solo colócalas y yo disparo — aquello llenó de confianza a su novio.

— No tendrán tanta suerte — fanfarroneó el enmascarado.

Pierrot repitió el proceso, el primer proyectil fue hacia Raúl, quien con mucho esfuerzo evitó caer una vez que desvió el objeto, Ramón saltó, haciendo gala de su agilidad felina y, de un zarpazo, obligó a Francesco a moverse para no ser alcanzado por su propio ataque. Una, dos, tres veces, el enmascarado les lanzaba sus mejores tiros, pero Navarro, fiel a su tarea, logró desviar cada uno de ellos para que el tigre respondiera y los devolviera con más fuerza.

La frustración crecía en Francesco. Olas de dolor atravesaban su cuerpo entero, y creyó sentir que las heridas que aún no sanaban se abrían, sangrando los vendajes. Cada vez tenía menos energía, y si seguía así, aquel par podría derrotarlo.

— ¡Eso, Bro! — Ramón saltó y devolvió otra pelota. El nuevo disparo de Pierrot se vio retornado con aún más fuerza que la de salida — ¡Otra, otra!

Pero Raúl no estaba tan animado como el agreste. Se miró las muñecas, las tenía oscurecidas por los moretones, le temblaban, y los ataques no paraban de llegar, si seguí así, no resistiría mucho más a ese ritmo.

— ¡Suficiente! — declaró Pierrot.

Ignorando el dolor, Francesco acribilló con ambos brazos y las cuatro pelotas salieron disparadas.

Navarro se preparó y desvió la primera que lo empujó más de la cuenta. Intentó atajar la segunda, pero no pudo darle, y el bólido se estrelló contra su estómago. Al fortachón se le nubló la vista y salió volando un par de metros, cayendo de espaldas, sofocado.

Ramón vio la tercera esfera, juntó los puños y golpeó. De inmediato sintió el masivo peso que su novio había estado resistiendo. Como pudo levantó la bola y la expulsó de manera torpe.

— ¿Qué demonios..., cómo hacías esto? — preguntó el tigre, admirado por lo que había soportado su pareja.

La cuarta pelota interrumpió a Ramón, el golpe le dio de lleno en el torso, rugió de dolor y cayó junto a Raúl, que hacía lo que podía para levantarse.

Pierrot dejó salir una risa que aplacó al instante, caminó imponente hacia el par exhausto, saboreando su victoria. Se detuvo, algo andaba mal, miró a su izquierda y se percató que Mauricio no estaba en el lugar en donde había caído, de inmediato lo buscó con la mirada, encontrándolo a su espalda en un intento de sigilo.

— ¿En serio? — despreció con arrogancia la acción del oso.

Con un veloz movimiento el enmascarado tomó su flauta. Asustado, Mauricio intentó taparse los oídos.

— Demasiado tarde, osito — la nota chirriante que produjo Francesco llevó al agreste al suelo, haciendo que se retorciera con su melodiosa tortura.

De reojo, Pierrot percibió un movimiento y se giró para encontrar a Don Mario que avanzaba decidido contra él. Cambió la nota, pero el señor continuó sin inmutarse. No tuvo tiempo de sorprenderse, pues el hombre conectó un potente gancho en su rostro, seguido de un segundo puñetazo en el vientre que lo mandó al suelo, momento en que el señor aprovechó para arrebatarle su instrumento.

— ¿Pero... cómo? — Pierrot lo miraba incrédulo.

— ¿Has dicho algo? — Don Mario se llevó una mano a la oreja y retiró un tapón de oídos.

Francesco se incorporó, adolorido y sorprendido con la defensa del señor. Por un momento sintió que perdía el equilibrio, notaba las heridas más grandes como brasas ardientes, sintiendo que su cuerpo llegaba al límite, gritando de dolor.

— He de reconocerlo — concedió el enmascarado —, ustedes han sido un público excepcional, pero lo lamento, el espectáculo debe terminar.

Para el desconcierto del grupo, las pelotas de Pierrot se acercaron rodando, esta vez comenzaron a subir por las piernas y cuerpo del enmascarado. Francesco tomó sus propias manos, y abanicando los brazos hizo aparecer un taco de billar. Las esferas también habían reducido su tamaño al de un puño, haciéndolas un proyectil más difícil de ver.

Una de las nuevas bolas de billar rodó hasta su mano, y Pierrot se puso en posición, empuñando su arma con la flecha del taco apuntando en ángulo.

— Bola ocho — anunció sonriente.

Atacó, la bola negra salió hacia los árboles, Don Mario miró a su alrededor, confundido al no sentir el proyectil, Raúl, asombrado, pudo ver que la esfera realizaba varios rebotes en los troncos, quedando astillados con los golpes.

— ¡Abajo! — gritó Navarro, pero fue demasiado tarde.

La esfera rebotó por última vez y se dirigió hacia el padre de su novio, golpeándolo en el hombro. El cuerpo del señor fue lanzado por la fuerza del impacto y cayó lejos, exclamando de dolor.

Pierrot notó que el oso cargaba por segunda vez, por lo que lanzó otra bola hacia los árboles, y girándose hacia Mauricio, hizo un tiro directo que el agreste esquivó. Sin embargo, la segunda pelota, rebotando contra un tronco, desvió la tercera y el ursino sintió un golpe pesado en la espalda, que lo derribó en el punto.

Raúl se incorporó, tenía las manos entumidas y moradas. Corrió como pudo y se abalanzó cuando estuvo cerca del enmascarado. Francesco se quitó del camino, dejando que el impulso de Raúl lo llevara más allá, alzó su arma y lanzó un golpe con el amortiguador del taco. Pero se detuvo antes de golpear a Navarro. Detrás de él sentía una filosa amenaza, el tigre estaba ahí, con sus garras rasguñando el cuello bajo su nuca, sin saber cuándo se había recuperado o movido tan rápido.

— No me obligues a hacer algo que no quiero — amenazó Ramón, presionando el cuello del enmascarado para que se arrodillara.

— Tienes demasiado valor para un gatito asustadizo — se burló.

Francesco se movió un poco, intentando zafarse del agarre del tigre, pero tuvo que detenerse cuando sintió las garras hundírsele en la piel, respaldando las palabras del felino. El agudo dolor le gritaba que reaccionara, pero estaba a merced del tigre. La sangre manó y manchó la camisa de Pierrot al bajar por su cuerpo.

— Eso estuvo cerca — Navarro veía a su pareja con alivio, la pelea había terminado. Pero para su infortunio, de detrás de la casa vio salir otra figura —. ¡Ramón, cuidado!

Rentería, saliendo de su escondite, apuntó al hombro del tigre, con el dedo en el gatillo, dispuesto a proteger a su amigo. Raúl, asustado, se abalanzó hacia su novio, lo empujó con fuerza y el estallido de la pistola desconcertó a los presentes.

Ramón sintió el peso de su amigo sobre sí, y cayeron al suelo, el tigre confundido se giró rápido para ver lo que había ocurrido.

— ¿Bro... estás bien? ¡¿Bro?!

Primero la olió, y luego sintió la sangre caliente que salía del cuerpo de su pareja, inerte sobre él, mientras que una mancha roja en la espalda de Raúl comenzaba a expandirse.

— ¡No! No, no, no — exclamó el felino, desesperado.

— ¿Estas... estás bien? — Navarro, sintiendo un súbito cansancio, miraba a los ojos a Ramón, notándolo asustado.

— Estás sangrando — Rentería se acercó a Pierrot, sin dejar de apuntar al felino con su pistola.

— Estoy bien — aseguró Francesco, levantándose con dolor y recuperando sus armas —, no es grave.

— ¿Están armados? — preguntó el sabueso.

— No lo creo — el enmascarado desapareció el taco de billar y las esferas en sus mangas.

Viendo el estado de los demás, Rentería enfundó el arma y sacó su teléfono de su bolsillo

— Llamaré a una ambulancia.

A unos pasos de distancia, Ramón sacudía el cuerpo de Raúl sin saber que más hacer, lloraba desconsolado. La espalda de Navarro mostraba la herida a la altura del corazón.

— ¡¿Qué han hecho?! ¡Asesinos! — gritó Mauricio, aún en el suelo, aguantando las lágrimas tras una voz quebrada.

Don Mario, adolorido, se arrastraba con dificultad a su hijo.

— Has presión en la herida, mijo — el felino no respondió, seguía agitando el cuerpo de su amado con tosquedad —. ¡Ramón, escúchame! — su hijo pareció despertar del trance —. ¡No dejes de hacer presión en la herida! Rasga su ropa, y por lo que más quieras, no dejes que se duerma, mijo.

Con sus garras, el tigre rompió las vestiduras de Raúl, y se dispuso a presionar la herida con su mano, la cantidad de sangre lo hizo alarmarse. Los ojos se le inundaron otra vez con lágrimas cuando presionó el agujero de bala y notó que el cuerpo de su novio comenzaba a enfriarse.

— Por favor, Bro, aguanta..., por favor — suplicaba Ramón.

Rentería decidió acercarse, pero algo llamó su atención entre los jirones de ropa rasgada.

— La gema — musitó el sabueso.

Antes de que hiciera cualquier cosa, Ramón la alcanzó y la apretó contra la espalda de su novio.

— Por favor, no se la quiten, por favor, él la cuida — imploró el felino.

Rentería no intentó nada más, Pierrot, por su parte, avanzó hacia el herido, pero antes de llegar se detuvo en seco. La gema había comenzado a destellar.

Ramón, de pronto, perdió el agarre en la gema, como si se escabullera entre sus dedos y, para su horror, vio como la piedra se introducía en la herida mortal, fundiéndose dentro del cuerpo de Raúl. El grupo, incrédulo, observó atento mientras el orificio se cerraba y expulsaba la bala manchada de sangre al final. El cuerpo de Navarro había quedado sin herida alguna y todos se miraron entre sí, perplejos ante lo ocurrido.

— ¡¿Qué demonios acaba de pasar?! — exclamó Rentería, exaltado.

— La gema entró a su cuerpo — respondió Pierrot frustrado, tallándose los ojos.

— ¡¿Cómo que entró a su cuerpo?! — replicó el sabueso —. ¡¿Qué quieres decir con eso?!

— Iba a morir, la gema lo salvó — explicó el enmascarado.

Ramón miró el rostro de Raúl, volvía a tener color, y podía sentir el calor regresando. Iba a abrazarlo, pero de un momento a otro el cuerpo le fue arrebatado por Francesco, que lo arrastró fuera de su alcance entre quejidos de dolor. El tigre, con dificultad, se levantó enojado y se abalanzó contra el enmascarado rugiendo con ira, pero el canino, reaccionando, lo detuvo de una patada en el estómago. Pierrot extendió una mano, y disparó una pelota negra directo al pecho del felino, terminándolo de derribar. Mauricio, incorporándose, sacó las garras e intentó cargar de nuevo, pero el detective agarró la empuñadura de su pistola, disuadiendo al oso.

— Tengo que llevármelo — aclaró Francesco dirigiéndose a Rentería, quien se limitó a asentir, aún confuso con la situación —. Han sido un magnífico público esta noche, con suerte, no nos veremos más.

Francesco entregó el cuerpo inconsciente a Rentería, el sabueso aceptó la carga. Pierrot se volvió hacia el grupo, haciendo una reverencia teatral, tomando camino al bosque.

Ramón, con pesadas lágrimas de frustración, intentaba levantarse en vano mientras veía desaparecer en la oscuridad al grupo, mientras secuestraban a Raúl.