23 - Él es de los buenos

Story by YoSoyGarrick on SoFurry

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Capítulo 23 de Fabula Drakone: La balada de los pecadores.


  • ¿El gato te comió la lengua, mi buen?

El oso Mauricio sonreía al ver a Martín mudo de la impresión.

  • Estuvimos hablando de todo un poco - retomó Raúl comenzando a quitarse la camisa, dejando a la vista su cuerpo enorme y marcado, con una capa fina de vello y un denso triangulo velludo por arriba de la hebilla del cinturón -. Tras resolver nuestras diferencias, Mauricio se ofreció a ayudarme para tener mi primera vez contigo.

El oso, de forma sensual, se acerca a Raúl por detrás, pasando sus grandes garras por el pecho y vientre del hombre.

  • Pero no te quedes ahí parado, mi buen - tentó Mauricio a Ramón -, ¿acaso no quieres esto? - el oso dio dos buenos apretones a los duros pechos de Raúl, haciéndolo gemir.

Ramón miraba jadeando, su pantalón le apretaba y su pene luchaba por liberarse.

  • Necesita tu ayuda - Mauricio soltó un par de carcajadas antes de empujar al hombre al frente.

Raúl, un tanto nervioso, se acercó a un tímido Ramón. El tigre apenas creía lo que pasaba. Raúl solo tuvo que dar un paso para acercarse a su amigo y notar su duda.

  • Si no quieres hacerlo - consideró Raúl -, yo...

  • No, sí quiero. Por favor.

Raúl sonrió y tomando la playera de Ramón, se la quitó lento, despacio, sin prisa, admirando el inmenso cuerpo del musculoso tigre.

  • Tócalo, siéntelo - sugirió el oso.

Raúl pasó las manos por el pecho y vientre de Ramón, estaba duro, firme, terso, su pelaje era suave, cálido, su pecho era más claro, limpio, de un tono amarillo pastel, mientras que sus dorsales eran rayados, comenzando a obscurecerse en un naranja intenso llegando a su espalda. Destacando, dos pezones rozados, redondos y suculentos.

  • Bésalos.

Raúl se inclinó y dio un beso suave, casi delicado al pezón, haciendo que Ramón gimiera por la sensación, después, pasó al otro dándole el mismo trato, pasando su lengua por esa pequeña protuberancia saliente, carnosa, rosada, tras lo cual, cubrió con sus labios y succionó con fuerza, poniendo más duro a su amigo.

  • Las axilas...

Escuchando la indicación, Ramón, cachondo, levantó los brazos y puso las manos tras su nuca. De forma tímida, Raúl se acercó y olió el vello de su axila. Arrecho, Mauricio le empujó, enterrando el rostro del hombre en el sobaco del tigre. La sensación húmeda y cálida fue reforzada por un olor de sudor suave y un marcado desodorante, pero, por encima de ellos, resaltaba una fragancia dura, fuerte y viril, era el olor a macho en celo de Ramón.

Embriagado por el aroma, Raúl perdió toda pena y se enterró de lleno en la otra axila, grabando en su olfato y mente la fragancia del tigre, lo hizo con tal fuerza y gusto que su cara terminó humedecida.

  • Ve bajando - sugirió el oso tocándose su duro miembro por arriba de la tanga.

Raúl descendió besando los pectorales, abdominales y vientre de Ramón, haciéndolo temblar, hasta que llegó a la hebilla de su cinturón.

  • Quítale solo el pantalón - ordenó Mauricio, con voz sensual.

Raúl posó sus manos en el cinturón y lo abrió sin mucha dificultad, una vez listo, desabotonó el pantalón y de un tirón, dejó a la vista un suspensorio tenso, luchando por contener el miembro velludo y pulsante de Ramón mientras una mancha espesa y acuosa se mostraba sobre la tela que cubría su glande.

  • Huélelo, percátate de su fuerte fragancia ahora que está en celo.

El hombre, de rodillas, esta justo frente al bulto del tigre, dudó un poco, su última barrera como hetero lo hizo titubear, pero el oso le tomó de la nuca y con suavidad, lo empujó a la entrepierna de Ramón. Así, la nariz de Raúl chocó con la tela del suspensorio, el oso empujó un poco más y el hombre inhaló la fragancia de su masculinidad, fuerte, viril, a macho, con algo del sudor del día. Excitado, por propia voluntad, frotó toda su cara contra el suspensorio mojado, llegando incluso a manchar su rostro con el líquido preseminal que sobresalía por el suspensorio.

  • ¿Ansioso? - el oso sonreía con burla - aquí tienes una pequeña muestra.

Mauricio estiró la mano y bajó un poco el suspensorio de Ramón, justo hasta donde empezaba el tronco del pene, dejando al descubierto un denso y brillante vello púbico negro. Esta vez fue Ramón, quien, tomando la cabeza de Raúl con sus manos, enterró su cara en sus vellos, dejándolo percibir todo su olor, su celo.

Raúl gimió de placer, la fragancia despertó algo en él, provocando que comenzara a jadear y, sin poder contenerse más, tomó las bandas elásticas del suspensorio y las bajó, golpeándose la cara con la verga dura y lubricada de Ramón.

  • Huele bien, ese es el aroma de un macho en celo.

Mauricio tomó la cabeza de Raúl, pero no hizo falta, el hombre, más que dispuesto, restregó su cara y nariz en los genitales de Ramón, olfateando con fuerza. El oso, ayudándole, tomó el pene erecto del tigre y lo levantó un poco, dejando expuestos sus dos viriles testículos. Raúl no dudó y los olfateó también, grabando la fragancia en su mente.

Sin esperarlo siquiera, Ramón exclamó de placer cuando sintió que Raúl comenzaba a lamerle los huevos, con deseo, con necesidad, primero uno, bañándolo en saliva, masajeándolo con su lengua.

  • Ahora su hermanito.

El hombre pasó al otro testículo y lo succionó, arrancándole otro gemido al tigre, quien jadeaba fuerte con el hocico abierto.

  • Ya no lo hagas esperar, pruébalo.

Mauricio soltó el pene de Ramón y este cayó directo contra la cara de Raúl, manchándolo de preseminal. El hombre, por reflejo, respiró hondo, embriagándose con el aroma del celo y, sin contenerse más, tomó el pene de Ramón y con hambre, se lo introdujo a la boca, comenzando a mamar.

Ramón rugió con fuerza, bajó la mirada y vió como su bro le succionaba con vigor. Raúl apenas podía creer lo que hacía, en toda su vida como hetero jamás había hecho nada semejante, incluso, lo había considerado algo penoso, casi humillante, pero al tener frente a él a semejante espécimen de masculinidad, no dudó. Incluso, la sensación era placentera era como chupar un dedo, pero mucho más grande. Después del potente olor, lo siguiente que disfrutó fue el sabor, Ramón lubricaba en abundancia, dejando una capa viscosa bajo su prepucio, sobre su glande, de un sabor dulce, casi afrutado, que Raúl devoró con gusto.

Cada vez que subía y bajaba, su nariz chocaba con el denso arbusto peludo de los vellos de Ramón, provocándole más y más excitación. Por instinto, el tigre tomó la cabeza del hombre y sin evitarlo, comenzó a embestirle con fuerza. Raúl intentó controlar las estocadas agarrándose de las nalgas de Ramón, pero no contaba con la fuerza del tigre, quien, en un golpe profundo, provocó arcadas al hombre, quien, ayudado por el oso, se retiró para toser un poco y tomar aire.

  • No tan brusco, mi buen - advirtió Mauricio a Ramón -. Él es nuevo en todo esto.

  • Perdón, bro. Perdón - Ramón se arrodilló y, para su agrado, Raúl rió un par de veces.

  • No te preocupes, compa. Estoy bien - declaró.

  • En ese caso, ¿qué les parece si vamos a la cama? - propuso el oso sonriente.

La poca ropa que quedaba de Raúl fue cayendo en las escaleras mientras subía seguido de Ramón y de Mauricio. Al llegar a su cuarto, con lujuria, Ramón tomó a Raúl de los hombros y lo empujó de espaldas a la cama, tras lo cual le abrió las piernas y con la boca bien abierta, devoró su miembro.

  • ¡Asuuuuuuuuu! ¡Cabrón! - gimió el hombre arrugando las sabanas al apretarlas con los puños mientras se retorcía de placer.

La lengua del tigre lamía con hambre el pene de Raúl con tanto deseo que la saliva resbalaba por su tronco, bajaba por sus huevos y se escondía entre sus nalgas. Mauricio miraba excitado, jadeando, con el miembro tan duro que dolía.

La cabeza de Ramón subía y bajaba con furia, disfrutando del dulce sabor del preseminal mientras que Raúl exclamaba de placer, sintiendo como le succionaban y lamian, hasta que, a punto de eyacular, sujetó a su amigo de la cabeza con fuerza para detenerle.

  • Para, para... aún no... aún no - suplicó jadeando.

El tigre resoplaba sobre la verga latente de Raúl, aún con saliva y preseminal escurriéndole por los labios. El inmenso felino, amenazante cual depredador, se colocó sobre su bro, se puso en cuclillas y alineó el centro de sus nalgas sobre el pene duro de su presa sin dejarlo de ver a los ojos en todo momento.

  • Espera, espera.

Luchando por controlar su excitada respiración, Mauricio tomó una botella de lubricante y derramando una generosa cantidad en sus manos, dio una buena lubricada al pene de Raúl, haciéndole exclamar de placer al sentir la viscosidad y el mentolado del lubricante. Apenas lo hubo hecho, derramó más liquido en dos de sus dedos y alineándolos, los introdujo en el ano de Ramón, arrancándole un rugido de batalla feral. Sorprendiéndolo, el felino le apartó la mano con urgencia, tomó el pene de Raúl y se ensartó él solo. El hombre y el tigre exclamaron juntos, al fin eran uno.

Desde la cama, Raúl miró a Ramón haciendo sentadillas sobre su cuerpo, dejando a la vista sus piernas imponentes, su torso marcado, sus pectorales rebotando y un rostro lleno de placer, con los ojos en el techo, una sonrisa tonta y la lengua de fuera.

Mauricio los contemplaba masturbándose, disfrutando del espectáculo, y dando todo de sí para controlarse y no interrumpirlos.

Raúl gemía cada vez que Ramón bajaba y subía, dejando que su entrada se lubricara cada vez más con el preseminal del hombre mientras sus tersas nalgas chocaban con su verga peluda y le golpeaba la próstata. El felino, cual atleta, mantenía un ritmo fuerte y constante, pero, poco a poco, el cansancio se hizo evidente y sus piernas pedían descanso.

Percatándose de esto, de sorpresa, Raúl abrazó a Ramón, flexionó sus piernas, se apoyó en la cama y de un solo movimiento, intercambió lugar con Ramón sin siquiera salirse de él.

  • Yo me encargo ahora, compa - declaró con una imponente seriedad, pero con un tono amable.

El tigre, sorprendido, apenas tuvo tiempo para poner sus piernas en los hombros del hombre, antes de sentir una serie de golpes potentes que le obligaron a exclamar de placer. Como un buen macho, Raúl salía y entraba de Ramón con fuerza, nalgueándole con la cadera, buscando en cada penetración no solo su placer, si no el de su gran amigo.

El cuarto apestaba a verga, axilas, sudor y machos en celo, y el solo hecho de aspirar los ponía más y más cachondos. Ramón comenzó a pujar y gemir mientras la cama se sacudía con violencia, Raúl daba todo por su amigo, hasta que, a punto de venirse, el hombre se detuvo de golpe, desconcertando al fenilo.

El tigre levantó la cabeza y Raúl le acarició la mejilla con inmenso cariño.

  • Estoy por terminar - declaró con una sensual sonrisa y por toda respuesta, Ramón le abrazó con brazos y piernas, aferrándose a él con fuerza.

  • Hazme tuyo, campeón - suplicó a su oído -. Márcame como tuyo.

Raúl, cachondo por la petición, levantó en alto el trasero y con tres potentes embestidas, se vació dentro de Ramón, gimiendo a su oído con cada descarga de semen caliente. Ramón, al sentir el liquido espeso quemarle por dentro, rugió de placer y eyaculó con fuerza manchando su cuerpo y el de su bro.

El hombre siguió embistiendo suave, despacio, disfrutando de su orgasmo y del culo palpitante del tigre, al acabar se estremeció con sensibilidad y su pene, flácido e irritado, salió de Ramón, lubricado, bañado en semen.

  • Eso fue... Ahhhhhhhhhhhhhh.

Ramón, confuso al oír a su amigo gemir y retorcerse, vió a Mauricio, sin contenerse más, comenzando a devorar a lamidas el trasero de Raúl. Desesperado, el oso violaba con su lengua la entrada trasera del musculoso humano.

El hombre, se retorcía por la incomodidad placentera de sentir algo invadiendo su virginidad anal, sintiendo sensaciones mixtas, acuosas e invasivas, provocadas por la lengua del oso, que entraba y salía por sus retaguardia.

Al darse cuenta, con energía renovada, con todo el pelaje encrespado y la cola tensa, Ramón se colocó junto a Mauricio y entre los dos, comenzaron a luchar por devorar a Raúl. Cada quien separaba con una mano una de las duras nalgas, mientras que sus lenguas se batían a duelo chochando en el ano del hombre, haciéndole arrugar las sábanas con sus puños.

  • Él... es mío - logró pronunciar Ramón entre jadeos.

  • Lo sé... lo siento... es que... ya no aguanto - resoplaba Mauricio, un tanto desanimado.

  • Cómetelo a él - el par vió que Raúl intentaba levantar y girar la cara para verlos -, si Ramón quiere, tiene mi leche dentro.

El oso abrió los ojos y, con duda, miró a Ramón, quien, sonriendo de oreja a oreja, empujó al oso con su cuerpo y colocándose, le dio la espalda hasta mostrarle sus propias nalgas, brillosas y preñadas. Mauricio sonrió y sin pedir permiso, apartó la cola del tigre, le separó los cachetes y enterró su hocico en su entrada. El tigre gimió antes de devorar la entrada del hombre y así, los tres gemían mientras su calentura iba en aumento.

  • Ramón... Ramón... - logró pronunciar Raúl al sentir cada vez más y más profundo la lengua del felino -, estoy listo... - declaró con valor - móntame.

  • ¿Es... estás seguro, bro? - se sorprendió el macho, separándose de su presa aún con el hocico húmedo - No necesitamos hacerlo hoy.

  • No se si tenga el valor de pedirlo después - rió con pena -, confió en ti, tigre.

Ramón tragó saliva, su bro, su adorado bro, le pedía que lo penetrara.

  • Si no lo haces tú, lo haré yo - advirtió Mauricio, levantándose y acercándose a Raúl, provocando que Ramón, le gruñera con humor y tomando su brazo, fingiera morder la mano del oso.

  • Él es mi macho - recalcó Ramón dándose un par de golpes en el pecho con el puño cerrado -, mejor pásame el lubricante.

  • Deja que yo haga los honores - suplicó Mauricio.

En lugar de tomar la botellita, el oso se incorporó, se acercó al tigre y, agarrando su pene osuno, derramó todo su líquido preseminal sobre el pene del felino, tras lo cual, escupiendo en su mano, lo frotó con deseo, esparciendo la mezcla lubricante, después, tomando por sorpresa al felino, le metió dos dedos por detrás, moviéndolos con deseo, impregnándolos del semen del hombre. Una vez listo, sacó la mano, se acercó al trasero de Raúl, y usando toda su fuerza de voluntad para no montarlo en ese preciso momento y reclamar para él la virginidad del hombre, se inclinó, le abrió las nalgas de par en par y le metió sus dedos cubiertos de semen, abriéndolo, lubricándolo, por si no hubiera sido suficiente, Mauricio, con sus dedos, tomó más preseminal de su propio semen, y lo usó para lubricarlo más.

  • No podré contenerme... por mucho tiempo... - advirtió el oso levantándose de golpe y retrocediendo, jadeando con deseo, con la mirada fija en las nalgas musculadas de Raúl y su pene osuno lubricando cual grifo - date prisa - recalcó.

  • No te contengas, tigre - suplicó Raúl, gimiendo con deseo.

El felino giró al hombre con un brazo, mirándose frente a frente, le tomó por las piernas y se las levantó, dejando expuesto su lugar más sagrado como macho hetero. Sin perder contacto visual, alineó su pene sobre la entrada de su bro, viéndola palpitar antes que una gota de su preseminal cayera sobre ella.

Ramón presionó un poco, dejando que su pene brilloso besara el ano lubricado de Raúl, después, viendo a su amigo asentir, empujó y el glande entró.

  • Ohhhhhhhhh - gimió el hombre ante la sensación.

  • ¿Estás bien? - preguntó el felino, deteniéndose.

  • Sí... solo... ve despacio - pidió.

Con cuidado, el tigre penetró a su presa, cual depredador, invadiendo sus entrañas poco a poco, hasta que sus vellos púbicos tocaron las nalgas peludas y morenas del humano.

  • Ya estoy todo dentro - anunció, atento a la expresión de incomodidad de su bro, quien, apretaba los ojos, pero luchaba por no quejarse.

  • Estás bien grande - Ramón sintió como el ano de Raúl intentaba cerrarse, apretándole con firmeza y placer -, dame un segundo.

Ayudándolo, el tigre se inclinó un poco y comenzó a pasar su lengua por los abdominales marcados del hombre, después pasó a sus pectorales, pellizcándolos con sus dientes de forma suave, arrancándole gemidos placenteros, lamió su cuello y subió hasta darle un lento lengüetazo a su mejilla, tras lo cual, se detuvo y le acarició la cara.

  • Gracias por esto, bro - pronunció suave, profundo, viril -, por esto y por todo - reconoció con una sonrisa discreta -, me has hecho el macho más feliz del mundo - declaró con los ojos comenzando a humedecerse.

Raúl, recordando lo que había hecho Ramón con él, le abrazó con brazos y piernas y, entregándose, le besó. Un beso firme, intenso, liberado, incluso casto, sus labios quemaban y sus lenguas se exploraban a libertad. Tras ello, Raúl se separó y posó su frente contra la de su amigo.

  • Hazme tuyo, compa - pidió y, justo después, se acercó a su oído para susurrarle -. Préñame.

El tigre lo abrazó con fuerza y poco a poco, comenzó un vaivén con su pene, placentero, lento, que poco a poco fue tomando fuerza y ritmo. Ambos comenzaron a exclamar de placer, cuando escucharon un gemido triste, como de cachorro y al girar el rostro, vieron a Mauricio, con las manos sobre su pene, sobándoselo con dolor. Con empatía, Raúl miró a Ramón y le preguntó.

  • ¿Crees aguantarlo? - Ramón asintió sonriente - Mau, mi amigo tiene un lugar libre - propuso el hombre indicando con un gesto de la cabeza la cola del felino.

  • ¡Oh, sí!

El oso no dudó, brincó, se colocó tras el tigre y de una estocada lo penetró, disfrutando de la sensación húmeda y acuosa del semen del hombre en la cavidad felina. Al fin, Mauricio logró recibir placer, penetrando con fuerza y firmeza a Ramón. Ante la sensación, el tigre dejó de moverse y dejó que el oso hiciera todo el trabajo, de tal forma que mientras Mauricio lo ensartaba por detrás, el movimiento provocaba que él penetrara a Raúl. De esa forma, el trio entró en un ritmo placentero y agradable, haciendo rechinar la cama con furia. Los tres gemían, rugían y pujaban, calientes, en celo, como buenos machos con los huevos llenos de semen.

  • No voy... a durar mucho - logró decir Ramón con los ojos en las cejas y la lengua de fuera.

  • Márcame, tigre - suplicó Raúl apretándolo con más fuerza contra su cuerpo, disfrutando de la sensación del pelaje del felino contra su pene sensible.

  • Yo estoy a punto - secundó Mauricio.

  • Ah, ah, ah, ¡Arggggggggggggh!

Ramón rugió y explotó dentro de las entrañas de Raúl, pintándolas de blanca leche de macho en celo. Tres potentes chorros preñaron al humano. El hombre, al sentir el pene del tigre engrosarse, palpitar y derramarse dentro de él, no se contuvo y con un potente gemido anunció que eyaculaba sobre su cuerpo y el del felino. Mauricio sintió que el ano de Ramón se agitaba y lo apretaba, obligándolo a rugir y disparar dentro de su amigo, batiendo su semen con el de Raúl.

El trio se desplomó en la cama, luchando por respirar, sudorosos, deslechados, con las vergas y culos adoloridos.

  • ¿Ramón? - jadeaba Raúl.

  • ¿Si, bro?

  • ¿Te gustaría... ser mi novio?

Por respuesta, con lo último de sus fuerzas el hombre sintió como el tigre lo abrazaba con una inmensa alegría y le plantaba un cálido beso mientras giraba con él sobre la cama y reía cual niño pequeño.

  • ¡Claro que sí, bro! - aseguró restregándole su mejilla en su cara, casi llorando de alegría -. No sabes lo feliz que me haces.

  • ¡Felicidades! - celebró Mauricio, mirándolos con una amplia sonrisa mientras se masturbaba.

  • Wow - reconoció Raúl al verlo -, ¿aún tienes fuerzas? ¿quieres ayuda?

  • Algo, pero no se preocupen, puedo encargarme - aseguró magreándose los testículos con una mano mientras seguía masturbando su pene brilloso con la otra.

  • Tú también estás duro, bro - reconoció Ramón, viendo que su novio comenzaba a recuperar su rigidez.

  • Je je je, disculpa, soy muy cachondo y no tardo mucho en recuperarme.

  • ¿Y si lo ayudas? - propuso el tigre con una amplia sonrisa.

  • ¿Yo? - consideró Raúl - Yo no tengo problema - aseguró el fortachón.

  • Yo tampoco - añadió el oso, sonriente.

  • Métele una buena cogida - animó Martín.

  • Hagamos una competencia, a ver quien aguanta más - propuso Mauricio de forma desafiante.

Raúl miró de nuevo a Ramón y al ver que su novio le animaba, dejó de lado todos sus prejuicios y se puso a jugar con el oso.

Así, durante el resto de esa noche de sábado, Raúl se cogió a Mauricio, lo preñó, después fue preñado por Mauricio de vuelta. Ramón se recuperó y volvió a eyacular dentro de su novio, tras lo cual, en trio, con Raúl en medio, terminaron agotados y bañados en semen, durmiendo cual ganado sobre la cama.

En la mañana siguiente, en domingo, volvieron a tener un trio intenso, con Raúl primero, Mauricio en medio y Ramón al final, derramándose dentro.

Al fin, lograron salir de la cama, darse una ducha por turnos y, en lo que uno se bañaba, los otros dos prepararon y compraron el desayuno. Así, con tortillas, chicharrón, aguacate, queso blanco, bistecs y salsa roja, en turnos, fueron preparando todo y una vez listos y limpios, prepararon la mesa, se sentaron y devoraron todo frente a ellos.

De a ratos, Ramón acariciaba la espalda de Raúl o le abrazaba con cariño, alegre, ronroneando contento, moviendo su cola de un lado a otro. El hombre, al notarlo, le apretaba con amor la mano o le besaba la mejilla o la frente, mientras que Mauricio sonreía y se limitaba a palmearles las espaldas o agarrarles las vergas por arriba de los calzones, única prenda que se habían puesto.

Satisfechos, fueron a la sala a ver una película de monstruos enormes, acomodándose primero Ramón, Raúl y Mauricio. Conforme el largometraje avanzaba, el tigre jaló a su novio, tomándolo entre sus brazos y estirando una garra para manosearle los huevos mientras le besaba o lamia el cuello de vez en cuando. Raúl, al ver que Mauricio los miraba con gusto, lo jaló por el cuello e imitó el gesto, así, la película continuó hasta que, adoloridos por sus erecciones, el trio volvió a la habitación a cogerse.

Sobre la cama, de a perrito, con las piernas al hombro, de pie, de trenecito, en triángulo, contra el muro, en fin, ideas faltaron para que el trio terminara agotado, deslechado y con los huevos adoloridos por lo vacíos que quedaron, apenas teniendo pausas para comer, tomar agua o continuar viendo la película de a ratos antes de que una espontanea erección los volviera a llevar a la cama, o a mitad de las escaleras, o en la sala, o en la cocina, o en el baño, o en una silla, o en el sillón, no hubo lugar que no fuera salpicado por su semen.

Cayendo la tarde, el trio terminó recostado en el sillón, con sus culos adoloridos, sus vergas sensibles.

  • No serás agreste, pero eres todo un semental, mi buen - reconoció Mauricio siendo abrazado por Ramón.

  • Creo que a mí me cogió seis veces - reconoció Ramón, satisfecho, alargando el brazo y besando a su novio con gusto.

  • ¡A la bestia! ¿En verdad? - exclamó Mauricio, incrédulo - A mí me cogió otras ocho.

  • Pues, cuando quieras, aquí te presto a mi macho semental - Ramón abrazó a su novio con orgullo y ronroneó al estrecharlo.

  • Pero, avisen con tiempo, que apenas tuvimos fuerzas para cocinar - rió Raúl entre los brazos del tigre.

  • Yo me llené de leche - albureó el oso.

  • Te llenamos - blandió el hombre sacando una risa a todos.

Aunque agotados, tuvieron la suficiente fuerza para jugar un videojuego cooperativo, riendo, gritando, echándose porras y festejando cuando al fin mataron al gran dragón malo como jefe final.

Cuando la velada llegó a su fin, Mauricio tomó sus calzones y se los dio a Raúl.

  • Para ti, mi buen. Gracias por estos días... - reconoció con una gran sonrisa coqueta, tras lo cual, bajó la cabeza, serenándose - y por perdonar a mi amigo. Nada me dará más gusto que verlos juntos y felices por mucho tiempo.

Raúl sonrió, se colocó la trusa de Mauricio y a cambio, le dio sus boxers.

  • Gracias por hablar conmigo y por explicarme todo. Será un gusto verte de nuevo.

  • Te voy a tomar la palabra - rió el oso mientras cubría su desnudez con la prenda de Raúl.

Terminaron de vestirse y Mauricio se despidió de Ramón con un abrazo.

  • Cuídalo bien, él es de los buenos - le aconsejó el oso.

  • Lo haré, gracias por todo.

Con cariño, Mauricio besó la frente de Ramón, cosa que Raúl contempló con agrado. El oso abrazó al hombre para despedirse y, sin más, se retiró para dormir y tomar su camión a primera hora del día de mañana.

  • Bueno, creo que yo también debo irme - reconoció Ramón, viendo la hora.

  • Oh, ¿no quieres quedarte a dormir? - se extrañó Raúl.

  • ¿Puedo?

  • Claro - aseguró tomándolo por la cintura -, eres mi...

El celular de Ramón sonó.

  • ¡Chamaco, ¿dónde estás?!

Ramón sonrió mostrando los dientes, miró a Raúl y, con su brazo libre, le abrazó con amor.

  • Con mi novio, 'apá.