52 - Puerta al infierno
Capítulo 52 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone
Pierrot y Rentería estacionaron el coche en las faldas de un cerro, donde, en su punta, se divisaba un inmenso planetario.
— ¿Seguro que es aquí? — cuestionó el sabueso, saliendo del vehículo y mirando confuso aquel lugar un tanto abandonado.
— La signorina Evangeline, es un tanto excéntrica y prefiere entornos que estén más acordes a su área de trabajo — explicó Pierrot.
El par subió por unas amplias escaleras de piedra, observando los bellos jardines laterales que adornaban las escalinatas, cuando, en la entrada, comenzaron a escuchar bullicio y gente a las puertas del recinto.
Tras cruzar un par de inmensas puertas de cristal, dentro del interior del lugar todo era caos, científicos corriendo de un lado a otro, gente haciendo cálculos y checando el tiempo a cada rato.
La tensión se palpaba en el recinto, donde, del techo, se desplegaba una gran maqueta del sistema solar, pantallas mostraban y explicaban una gran gama de fenómenos astrológicos, mientras que, en las paredes, había una gran cantidad de reconocimientos y convenios tanto nacionales como internacionales. Rentería caminó con curiosidad, viendo los reconocimientos y galardones internacionales que se atribuían a la fundadora del lugar.
— Evangeline Dumas — leyó el nombre que se repetía en todas las distinciones.
— Es por aquí, solo vine una vez con madame — Pierrot señaló unas escaleras circulares.
— Y... ¿la seguridad? — cuestionó Rentería.
— Antes había muchas cámaras, pero parece que todo fue desconectado — Francesco señaló varios cables que sobresalían de uno de los aparatos.
Subieron la escalera de caracol y apenas llegaron al primer piso, vieron toda la conmoción. Gente iba y venía, preparando todo, revisando datos del clima, hablando en distintos idiomas a través de videollamadas.
El par cruzó el planetario, al fondo, de pie frente a una enorme pantalla se encontraba una mujer, de bata blanca sobre un vestido negro. Usaba lentes y su cabello castaño estaba recogido en una coleta, su porte era firme y su semblante serio.
Pierrot y Rentería caminaron hacia la imperturbable mujer que se limitaba a analizar algunos puntos en un mapa de la pantalla, unos estaban en rojo, otros en amarillo y pocos en negro.
— Francesco, disculpa que no te salude, pero me encuentro demasiado ocupada — saludó la mujer sin siquiera voltearlo a ver.
— Saludos, signorina Evangeline — Pierrot hizo una reverencia —. Comprendo, podemos esperar.
En la pantalla se mostraba un planisferio, señalando algunas partes del mundo.
— ¿Qué es eso? — preguntó Rentería a Pierrot.
— Los reportes de los ataques de las calamidades en el mundo — sin voltear a verlos, Evangeline tomó la palabra —. Los rojos son ataques confirmados, pero que fueron encubiertos o negados. Los amarillos son invasiones confirmadas, igual negadas. Los negros son aquellos países con los que, por más que lo hemos intentando, ya no tenemos comunicación con ellos.
El sabueso y el enmascarado no pudieron más que abrir los ojos por completo mientras un escalofrío cruzaba sus espaldas.
— ¿Y ese punto de azul? — cuestionó Francesco mirando un punto marcado justo sobre la Antártida.
— Tras mucho esfuerzo, hemos confirmado y encontrado una de las bases de las calamidades — respondió Evangeline.
— ¿Una de ellas? — preguntó el perro agente, sorprendido — ¿Cuántas hay?
— Varios gobiernos han dado su autorización — continuó ella, ignorando el asombro de Rentería —. Todos están listos para comenzar el ataque.
Pierrot estaba a punto de decir algo, pero se quedó en silencio cuando vio que las múltiples pantallas del centro de mando se encendían de repente, mostrando a varios de los representantes nacionales más importantes del mundo conectándose, junto con militares de diversos países en movimiento sobre las blancas planicies de los hielos eternos.
En otros monitores, se transmitían en tiempo real imágenes de la zona con paisaje gélido y congelado, donde se veían a lo lejos a soldados preparados en sus respectivos puntos, más de quinientos mil elementos, de todas partes del mundo se hallaban presentes.
Todos habían rodeado Carabancel. Ni Rentería ni el enmascarado podían creer la gran cantidad de individuos reunidos a tan gran escala en tan poco tiempo.
La mirada de Evangeline se dirigió a los distintos monitores, con determinación.
— Todo listo, señorita Evangeline — informó un político desde su monitor.
— Adelante — mencionó la mujer con gesto imponente —. Demos inicio a la operación. No olviden que esperamos la respuesta de Ira.
Desde las diversas cámaras, se mostraba cómo los militares apuntaban desde dunas de nieve, otros desde aviones volando alrededor del lugar, y algunos desde tierra, con tanques de guerra.
De inmediato, varios misiles fueron disparados contra la base desde aquellos puntos aéreos y terrestres. Pierrot y Rentería miraron mudos como un misil salía proyectado contra la mitológica cárcel, con su estructura cuadrada y, a punto de alcanzarla, explotó sin hacerle un rasguño a la prisión. Uno a uno, los misiles eran interceptados por drones que los derribaban de manera inmediata.
Ira había creado una red de drones, colocándolos de forma estratégica alrededor de su base, formando un domo, un muro protector inquebrantable.
Todos en el centro de mando veían la escena muy tensos, incluso Rentería y Pierrot sentían el peso de combatir a ese enemigo distante, Evangeline sólo mantenía su mirada fija en las pantallas, seria y calculadora, como si jugara un ajedrez letal contra la mejor computadora del mundo.
De repente, las grabaciones captaron la apertura de una pequeña puerta en la parte superior de la base, de la cual emergió un denso enjambre de drones, listos para enfrentar a los ejércitos. De éstos se desplegaron armas por debajo y comenzaron a disparar, haciendo que varios soldados se cubrieran y que las cámaras corporales dejaran de mostrar lo ocurrido.
— ¡Tenemos problemas! — informó un solado que piloteaba uno de los aviones, mientras intentaba evadir los disparos de los drones.
— ¡Calma y concéntrense! — ordenó Evangeline, firme — ¡Activen los escudos Faraday y procedan con un pulso electromagnético!
La tensión aumentó, no solo en la sala, sino también en las distintas ubicaciones de los representantes nacionales conectados y expectantes.
Las cámaras se enfocaron en un avión caza, que, de forma pesada, transportaba un enorme misil. A gran velocidad, el piloto cruzó los cielos, evadió a los drones y con gran maestría soltó la bomba.
Desde los monitores, todos observaron como los soldados, tanques e incluso aviones, desplegaban redes, ropas o escudos hechos de un material especial.
Así, en un instante, la bomba explotó y con ello, las transmisiones se interrumpieron.
— ¡¿Qué pasó?! — exclamó Rentería, absorto.
— Es el efecto del pulso electromagnético, eso eliminará todos los drones y cualquier otra tecnología que Ira tenga en su control — explicó Evangeline, sin dejar de mirar las pantallas —. Cualquier dispositivo electrónico que no estuviera protegida por los escudos Faraday, ya no debe funcionar.
Pierrot, Rentería y los científicos e incluso los representantes nacionales, estaban mudos, esperando que la señal se reestableciera en las pantallas.
El apagón apenas duró unos segundos cuando las transmisiones se reestablecieron, mostrando, delante de los militares tensos, millares de drones en el suelo, con sus circuitos quemados, ahora enterrados en la nieve.
— Señora Evangeline, el domo de drones ha caído — habló un soldado, entrecortándose —, repito, el domo ha caído. Esos artefactos ya no representan ningún peligro.
Todas las personas conectadas comenzaron a celebrar y aplaudir desde sus monitores, asombrados y admirados por el desempeño de la mujer, incluso Rentería y Pierrot sacudieron los puños con emoción, pero, al girar su vista a Evangeline, ella seguía imperturbable, sin perder de vista las pantallas.
— Esplendido trabajo, astrofísica Dumas — reconoció, desde su monitor, una agreste felina, líder política de una nación del norte.
— No celebremos aún — mencionó Evangeline, provocando que los aplausos cesaran, incomodando a todos —, por lo menos no hasta que veamos sus cadáveres y los decapitemos — agregó, determinada — ¡Comiencen una segunda ronda de misiles! — ordenó.
Pierrot y Rentería se asombraron al ver que, alrededor de todo Carabancel, cientos de proyectiles eran lanzados. Al instante, una gran cortina de nieve se levantó por las explosiones, sin descanso, cientos y cientos de municiones fueron disparadas, como si quisieran destruir aquella prisión hasta sus cimientos. Dispararon hasta que el último misil fue lanzado.
De nuevo el silencio se apodero del recinto mientras todos los conectados esperaban a que el manto de nieve se aplacara.
Pronto palidecieron cuando, de aquella cortina, se lograba ver a lo lejos seres delgados, altos, deformes, sosteniendo sacos cerrados, que caminaban hacia los ejércitos.
— ¡¿Pero qué demonios es eso?! — exclamó un científico desde su monitor, lleno de miedo al ver a aquellas atrocidades tomaban la abertura de sus sacos.
— ¡Levanten nuestro domo de hierro! — ordenó Evangeline con urgencia.
El terror aumentó cuando todos se dieron cuenta de que aquellos seres deformes, con sonrisas torcidas, abrieron sus sacos y lanzaron de regreso los misiles que los ejércitos les habían enviado.
El caos se desató de inmediato, pese a todo, los militares lograron activar su domo de antimisiles para defenderse. De esa forma, los proyectiles eran interceptados por contramisiles, o al menos eso se alcanzaba a ver en las pantallas de los representantes nacionales y en el centro de mano, con total confusión. Tras unos segundos de explosiones y cortinas de nieve, la visibilidad fue nula.
— ¡Equipo aéreo, adelante! — ordenó Evangeline, pero nadie confirmó la orden — ¿Equipo aéreo?
En las pantallas, los recuadros de los elementos de la fuerza aérea, se desconectaron de golpe, provocando inquietud en todos los conectados.
— ¡Los aviones fueron destruidos, señorita Evangeline! — informó un agitado y conmocionado militar, provocando un breve silencio donde la líder del observatorio meditó sus movimientos.
— ¡Equipo terrestre! — retomó Evangeline, decidida — ¡Adelante!
Rentería agudizó la mirada y vio que varios grupos del ejercito avanzaron a pie junto con los tanques de guerra, sorteando explosiones, disparando contra los seres delgados y franqueando sus ataques.
A través de las cámaras corporales, todos vieron como el primer grupo logró adentrarse a Carabancel.
El comando activó las linternas de sus rifles y comenzaron a avanzar atentos a su entorno, mostrando el interior de la cárcel congelada y los restos del primer grupo de exploración. Pasaron varias galerías heladas cuando, sin esperarlo, el lugar se inundó de gritos y de una serie de disparos torpes que, por fortuna, no hirió a ningún militar.
— ¡No los dejaremos acercarse al apuesto señor Lusto! — gritaron varias personas comunes y corrientes, que, sobre sus ropas, portaban playeras con la cara del león de la lujuria, luchando con rifles y armas improvisadas.
— ¡Hay oposición! — informó jadeante un militar a Evangeline.
— ¡Son civiles! — replicó un gobernante.
— ¡No pierdan tiempo! ¡Procedan y neutralicen a todos los que representen un riesgo! — recalcó Evangeline, fría y letal, desconcertando a todos.
Obedeciendo, las cámaras corporales mostraron como los soldados se abrían paso entre hombres, mujeres y adolescentes, humanos y agrestes, a base de disparos. La legión de fanáticos de Lusto moría a manos de los soldados, que no dudaban en cumplir su misión. Pierrot, Rentería y los representantes nacionales estaban atónitos por la escena.
El comando logro avanzar, sin hablar más de lo necesario, limitándose a obedecer órdenes e ignorando sus propios pensamientos mientras se aproximaban a su objetivo.
— Estamos cerca de la cámara principal — informó un militar, en voz baja.
— ¡Preparen todo su armamento pesado y disparen a matar! — ordenó Evangeline.
Ni Rentería ni Pierrot parpadearon, nadie lo hizo. Todos observaron cómo los comandos se posicionaron a ambos lados de una inmensa puerta, abierta de par en par, preparando su armamento.
— ¡Vamos, vamos, vamos! — dirigió un soldado, quedo, haciendo que entre sus compañeros y él se adentraran a la sala principal de Carabancel.
Los monitores mostraron el sitio desierto, desolado.
— El lugar está vacío — confirmó un militar —, no tenemos contacto visual. Repito, el lugar está vacío.
— ¡¿Cómo?! — los gobernantes conectados estaban sorprendidos — Aquella base se ha monitoreado por semanas, nadie ha salido ni entrado — exclamaban confusos, mientras Pierrot y Rentería miraban cómo Evangeline sudaba frío.
— ¡Busquen alrededor con extrema cautela! — ordenó Evangeline, sin inmutarse.
Las cámaras se adentraron por el extraño recinto, encontrándose una especie de puerta que no debía estar en medio del lugar. Una entrada inquietante, a mitad de una gran sala, compuesta por un marco esculpido con exagerado detalle, dispuesto en varios niveles y adornados con figuras humanas, demonios y criaturas grotescas y contorsionadas. La puerta erguida en medio de la habitación, mostraba sus dos caras al confuso comando.
Todos desde las pantallas, miraban con preocupación, no sabían lo que estaba pasando. Rentería, por su parte, sin saber por qué, comenzó a temblar.
Un soldado, temeroso, abrió la puerta, dejando ver un fondo negro en el que, ni con linternas que sacaban de sus ropas, podían ver nada, la luz ni siquiera pasaba.
— Intentaré entrar — declaró un militar, con cámara en el cuerpo.
La transmisión mostró como el hombre caminaba a la negrura y, en un instante, la luz desenfocó la lente, tras unos segundos, la imagen mostró una cálida playa, donde una casita rustica se cobijaba bajo la sombra de una gran palmera
— ¿Estoy...? ¿Estoy en casa? — se preguntó, inquieto, confuso sintiendo una intensa sensación de ansiedad en la piel.
Detrás de él, dos niños y una mujer, con ropa fresca, se acercaron a él, sorprendidos.
— ¿Papá? — gritaron los niños, emocionados, pero el soldado levantó el rifle, apuntándoles.
— ¡Atrás! — gritó el hombre confundido.
— Pero... ¿papá?
— ¡¿Esto es una alucinación?! ¿Fui drogado? — se cuestionaba el hombre, asustando a su familia.
En la base de Carabancel, los soldados que se quedaron atrás, ya no lograban ver a su compañero, mientras los gobernantes conectados en la reunión, y los presentes en el centro de mando, miraban atónitos y horrorizados cómo aquel soldado apuntaba con su arma a su familia, lejos en otro lugar.
Los otros militares, curiosos y decididos, pasaron por la puerta, donde cada uno apareció en un diferente lugar, sorprendiendo a todos los que los veían en la reunión virtual.
— ¿Es alguna clase de transportador? — intentaba razonar Evangeline — ¿Una puerta...? — de repente, la mujer comprendió, palideciendo —. ¡Es una puerta al infierno! — reveló sin que los otros comprendieran — Podrían estar en cualquier parte.
— Así es — habló la voz inquietante de Ira, irrumpiendo en el sistema de comunicación.
— ¡Sistemas de antivirus! — ordenó la mujer, rápida, sin demostrar su preocupación.
— No hace falta — se burló Ira —, nuestra operación fue un éxito.
En coro, las otras seis calamidades rieron. Rentería estaba temblando, incluso chasqueaba los dientes por el terror que lo abordaba.
En los monitores de los políticos se escucharon gritos y, al mirar, algunos acababan de ser asesinados a sangre fría; otros gritaban, y suplicaban por sus vidas; unos pocos, cayeron frente a las cámaras, salpicados de sangre, muertos, antes de que una a una, las conexiones se fueran cayendo y desconectándose.
— ¡¿Qué sucede?! — preguntó Pierrot, alarmado.
Evangeline, muda y superada, miraba con terror las pantallas. El enmascarado volteó a ver a su amigo, encontrándolo paralizado, con el pelaje encrespado, mirando hacia atrás. Al girar la vista, Pierrot palideció al ver que una enorme puerta, igual a aquella perturbadora que habían visto en la transmisión, se había erguido a mitad del observatorio y de ella, una figura emergió sonriente.
— Sucede que nosotros tenemos el control ahora — respondió Acedio Pereza al enmascarado, con una tranquilidad inquietante, aterrando a los presentes.