45 - Aquí estoy

Story by YoSoyGarrick on SoFurry

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Capítulo 45 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone


Corrieron al cuarto, dejando rastros de prendas tras ellos, al llegar, sus miembros peludos y pulsantes mostraban una lubricada humedad en sus ceñidos boxers.

Un beso los encendió aún más, comiéndose el uno al otro, batiendo sus lenguas a duelo mientras ellos se acariciaban y apretaban con las manos, agarrando la espalda, brazos, cintura, nalga y piernas de su pareja. Por enfrente, sus cuerpos irradiaban calor y deseo mientras que sus boxers se mojaban más y más.

Raúl, a pesar de ser un viril ejemplar de macho musculoso, sintió como, en un instante, Ramón lo puso de cara contra la puerta, le besó el cuello, le pasó la lengua por en medio de sus omóplatos e, hincándose, apretó sus nalgas con ambas manos y con un rugido bestial, le rompió el bóxer con sus garras para después abrirle las nalgas y comenzar a devorarlo.

Navarro bramaba al sentirse invadido, abusado y dominado por el semental felino que, más y más, enterraba su lengua y cara en la entrada de su novio, probándolo y lubricándolo con cada lamida. El hombre está disfrutando, sintiendo el deseo y necesidad del tigre por poseerlo, intentando todo lo posible por relajarse y entregarse.

Ramón apenas y lograba respirar entre las nalgas peludas y cuadradas de Raúl, pero cada vez que se adentraba, sentía como los pliegues de la abertura se iban abriendo con cada lamida, mientras lo hacía, se masturbaba con fuerza sobre sus calzoncillos, dándose placer.

Sin poder resistir más, Ramón se puso de pie, rompió sus boxers con sus garras, alineó su pene goteante sobre el orificio anal de su novio y sujetándolo con fuerza de los brazos, dio una lenta y profunda estocada. Ambos gimieron con fuerza, uno de dolor, otro de placer. Una vez dentro, cuando sus huevos estuvieron acariciando las nalgas de su novio, Ramón lo sujetó con fuerza, permaneciendo inmóvil, sintiendo como el ano de Raúl intentaba sacarlo en vano, a la vez que se acostumbraba a tan ardiente invasor. Raúl respiraba agitado mientras que Ramón luchaba por permanecer dentro.

El cuarto de inmediato comenzó a calentarse mientras que olores de machos, saliva, sudor y sexo empezaban a cubrir el espacio. El hombre, poco a poco, se entregaba a su semental mientras que éste, le besaba y lamia el cuello, dejando su fragancia mientras que su verga latía dentro de su novio. Sintiendo que su pareja aún estaba luchando por aceptarlo, Ramón pasó sus manos por el cuerpo de Raúl, acariciando sus pectorales, sus anchos brazos, pellizcando un poco sus pezones, con cariño entrelazó sus dedos con los de su novio, apretándole las manos. Ramón pasó sus garras por el pene de Raúl y con deseo comenzó a manosearlo, masturbándolo con suavidad con una mano mientras que con la otra le magreaba los testículos peludos.

El tigre le ronroneaba al oído mientras Raúl comenzaba a disfrutar de la sensación y a entregarse.

— Oh, si — exclamó el hombre con voz ronca y varonil —, hazme tuyo, cabrón.

Sintiéndolo más relajado, Ramón comenzó un vaivén lento, despacio, sin prisa, disfrutando de la sensación placentera y cálida que le proporcionaba el interior de su novio, de su macho velludo y musculoso. Por su parte, Raúl pasaba de la incomodidad al placer, al sentir más y más lubricada su entrada con cada pequeño empujón de su pareja que quería meterle hasta los huevos.

Ramón se inclinó un poco y ladeando el rostro, acercó sus labios a los de Raúl, entregándose en un beso pasional y necesario para ambos. Después se separaron solo lo necesario para gemir uno en la boca del otro, formando un coro desinhibido, un fogoso dueto de sementales.

Raúl gemía cada vez más y más fuerte, sintiendo los vellos de Ramón acariciar sus nalgas peludas y, sin evitarlo, comenzó a inclinarse. El tigre notó el movimiento de su pareja por lo que, dando un paso hacia atrás, lo tomó de la cintura y en un mejor ángulo, comenzó a golpearle con fuerza, sonando aplausos cachondos de piel contra piel, celebrando la unión de semejantes machos que se montaban con lujuria.

Ramon pasó sus garras por la espalda de Raúl, haciéndole gemir de placer al tiempo que apretaba su ano, dándole más firmeza a su entrada, dejando que el tigre se excitara aún más por la sensación.

— Más, así, dame — exclamaba Raúl con fuerza.

El tigre, cachondo, aceleró el paso, su novio gemía más y más, de golpe, Ramón pasó sus manos por el torso de Raúl y le sujetó por los hombros, como si le hiciera una llave. Así, sometiéndolo, el tigre lanzó varias embestidas furiosas, salvajes, sintiendo sus testículos golpear con fuerza las nalgas del hombre a tal grado que empezaron a molestarle.

— ¡Ve voy a venir! — declaró.

— Hazme tuyo, tigre.

Oyendo esas palabras, Ramón se separó un poco y con una potente ensartada, penetró a Raúl, rugiéndole en la nuca mientras se vaciaba dentro de su novio, preñándole con cinco potentes chorros calientes y espesos de su mejor semen. El hombre gimió al sentirse inundado mientras el pene del tigre se hinchaba y palpitaba con cada descarga hirviente.

Ramón, jadeando, se recargó sobre el cuerpo de su novio, respirando con fuerza mientras disfrutaba de su orgasmo.

— Que rico — logró decir satisfecho y con la lengua de fuera.

De golpe, el tigre sintió que el hombre le tomaba por la cintura y, con una fuerza descomunal, lo arrojó a la cama. Ramón cayó rebotando de espaldas cuando, sujetándole por los tobillos, Raúl le levantó las piernas y, exponiendo su punto más vulnerable, reunió saliva, aspiró por la boca y con una puntería única, escupió al ano de Ramón, alineó su verga peluda y de una estocada, se la dejó ir hasta el fondo, haciendo rugir a su novio.

— ¡A la verga! — gritó con placentero dolor —, rómpeme, cabrón — suplicó entre gemidos dolorosos —, móntame, móntame.

— ¿Te gusta que te monte?, ¿te gusta cómo te cojo? — Raúl apretaba los dientes mientras golpeaba con su pelvis las nalgas de Ramón, disfrutando de su calor interno y lubricando más y más sus entrañas.

— Sí, cógeme, dame más, más fuerte — pedía mientras con los puños revolvía las sábanas debajo de él.

Raúl, cachondo, sin salirse de Ramón, logro ponerse en cuclillas y continuó dándole verga a su macho, sintiendo, con un rico dolor, como sus huevos peludos chocaban contra las nalgas rayadas del tigre. En esa posición, el hombre tuvo a su merced a su pareja, viendo como sus pectorales rebotaban con cada potente embestida.

El cuarto se llenó de un potente olor de machos, sudor, saliva y sexo. Por las nalgas de Raúl goteaba la leche de Ramón, deslizándose hasta sus testículos, bajando por su verga y sirviendo como lubricante para las cornadas del musculoso semental.

Raúl, sin aviso, se salió de Ramón, le dio la vuelta con tosquedad, dejando sus nalgas al aire, se hincó arriba de él, apuntó y de un golpe exacto, le atravesó las nalgas y volvió a introducirse en él, entonando a dueto un gemido viril.

— Este es mi lugar — declaró Raúl entrando y saliendo con poder de su novio.

— Solo tuyo — afirmó Ramón, gimiendo cual presa dominada.

— Voy a marcarte mío y de nadie más.

— Sí, déjame tu leche dentro.

— ¿Quieres mi leche? — Raúl pasó una mano por el cabello de Ramón y la cerró con firmeza, tensando los mechones entre sus dedos.

— Sí, toda tu leche, mi macho.

— Soy tu macho — el juego había lleva a Raúl al limite y, con un par de golpes más, sudando y rugiendo, el hombre marcó su territorio —. ¡Soy tu macho!

Ambos exclamaron de placer, Raúl al preñar a Ramón y el tigre, al sentirse inundado, volvió a eyacular sobre las sabanas. Una, dos, tres, cuatro, cinco, hasta seis descargas de abundante semen caliente, inseminaron a Ramón, quien ponía los ojos en blanco mientras él y su novio, disfrutaban de su mutuo orgasmo. Palpitando, Raúl se desplomó sobre la espalda de Ramón, sin salirse, gozando de la sensación del ano del tigre que se contraía por el placer recibido.

El par jadeaba, sudaba y disfrutaba del momento de intimidad, recuperándose, dejando que su ritmo cardiaco regresara a la normalidad. En cierto momento, Raúl se hizo de lado y se recostó en la cama, Ramón giró y ambos quedaron mirándose con satisfacción.

— Pensé que no te volvería a ver...

Las palabras de Ramón resonaron en Raúl, quien, con cariño, se estiró y besó la frente de su novio.

— Aquí estoy, fortachón. Yo no...

Pero el hombre fue interrumpido por el tigre, quien, con un abrazo, le demostró angustia y miedo.

— No quiero que te pase nada. No quiero que sufras. No quiero que mueras.

Navarro, sorprendido y comprensivo, escuchó las suplicas, consideró decir algo cuando sintió una lágrima mojar su pecho y justo después, Ramón comenzó a sollozar. En ese momento, una sensación de realidad golpeó a Raúl, su vida estuvo a punto de terminar y todo pudo haber terminado en un solo instante. El tigre lloraba cual niño ante el pensamiento de haber perdido a alguien amado para él.

— Ramón, aquí estoy — Raúl abrazó a su amigo, acariciando su cabeza y espalda, consolándolo —. Aquí estoy fortachón.

— Perdón, perdón — suplicaba —, por mi culpa casi mueres, por mi culpa hay una piedra en tu corazón — lloraba —, por mi culpa... por mi culpa.

— No fue tu culpa — le interrumpió —. No fue tu culpa — reafirmó mientras le abrazaba con fuerza —. Yo vi que mi novio estaba en peligro y no iba a permitir que algo malo le pasara.

— Pero tu corazón...

— Es el precio que pagué por salvarte, pero, ¿sabes algo? — intentó distraerlo para que dejara de llorar —. Me siento genial, la gema me salvó, me ha dado mucha fuerza, incluso creo que puedo levantar más peso — jugando, flexionó un brazo.

— En... ¿en verdad? — Ramón comenzó a tranquilizarse.

— Claro, mañana en la mañana, iremos al gym, haremos pecho, mis nalgas me duelen — sonrió haciendo reír a su novio —, entrenaremos juntos y después, iremos a comprar cosas para hacer comida, cocinaremos juntos y comeremos con tu papá y Mauricio, pasaremos un gran día, uno de muchos — propuso con optimismo.

— Suena bien — al fin, el corazón de Ramón se tranquilizó.

El par permaneció un rato más, abrazados, disfrutando de un momento especial para ellos. Al fondo, se escuchó la puerta de la casa abrirse mientras don Mario y Mauricio se ponían de acuerdo para cocinar. El tigre, comprendiendo que debían levantarse, abrazó con fuerza a su hombre, suspirando en el proceso.

— Raúl...

— Dime, fortachón.

— Te quiero mucho.

Raúl tragó saliva, se llenó de ternura y, tomando a Ramón por la barbilla, le miró a los ojos y le besó con profundo amor.

— Te amo, fortachón — declaró el hombre, sincerándose al tigre —. Pase lo que pase, no olvides que te amo — le suplicó.