53 - Un pentagrama
Capítulo 53 de La balada de los pecadores: Fabula Drakone
El pelo de Rentería se encrespó y escalofríos bajaron por su espalda al reconocer una presencia abrumadora tras él, Pierrot lo miró extrañado y, cuando el sabueso se volvió él lo imitó. Detrás, un estallido de llamas materializó una puerta de piedra tallada en altos y bajos relieves, con florituras que recargaban el objeto de decoraciones. La puerta se abrió, dando paso a un conejo de pelaje azul.
- Estas puertas al infierno son muy cómodas - reconoció Pereza, burlándose ante la reacción de sus enemigos - Lo malo es que solo sirven como camino de ida, pero no de vuelta - detrás de él, el portal desapareció en otro estallido de flamas.
Pierrot preparó sus esferas mientras que Rentería, temblando, rebuscó en su abrigo y sacó su pistola, pero para sorpresa de ambos, Evangeline dio un paso al frente.
- ¡Protocolo de escape, de inmediato! - ordenó la mujer.
Todos los investigadores obedecieron al instante y, en pánico, comenzaron a salir por las dos salidas de emergencia a ambos lados del observatorio.
- ¿Intentan escapar? - preguntó Acedio, burlón y sonriente - No tiene caso - declaró con una tranquilidad inquietante -, el lugar está rodeado.
Desde el exterior llegaron los sonidos agudos de los enjambres de drones que se abalanzaban sobre los científicos, varias ráfagas de disparos se escucharon, seguidos de gritos de agonía y dolor, además de las balas que chocaban con el concreto como una lluvia letal.
Evangeline no perdió la compostura ante la situación, en su lugar, alzó la mano con la palma extendida y apuntó a Pereza, quien levantó una ceja, extrañado. Una masa de energía brotó de su mano, formando una esfera que disparó hacia la calamidad, quien apenas logró esquivarla saltando hacia un lado. La bola de poder dejó un cráter en el suelo en donde había estado parado.
¡¿Qué fue eso?! - exclamó el sabueso.
Una estrella - reconoció Pereza, que sonreía de oreja a oreja -. Parece que esto va a ponerse interesante.
Necesitamos una vía de escape, pero esos drones... - comentó la mujer al par, sin perder de vista a su oponente.
Yo me encargo - aseguró Pierrot, sujetando por el brazo al detective -. Vamos, hay que darle espacio.
El par subió corriendo por unas escaleras hasta llegar a una estancia repleta de escritorios, algunos estaban puestos contra un ventanal que abarcaba todo el muro a lo largo, por fuera se podían ver los enjambres de drones que rodeaban el lugar, yendo de un lado a otro, buscando más objetivos. El enmascarado y el sabueso se cubrieron con rapidez bajo los escritorios, y avanzaron gateando poco a poco, intentando que las máquinas no los detectaran.
- Son demasiados - reconoció el detective, angustiado.
Pierrot alcanzó a ver al exterior por un resquicio entre muebles, fuera, en la entrada del observatorio, un científico comenzó a correr despavorido, tirando su bata blanca en el camino, sin embargo, un grupo de drones lo detectó de inmediato y lo acribilló hasta dejar no más que una masa sanguinolenta en donde antes había un humano.
Estamos atrapados - sentenció Rentería agachando las orejas.
Quizá pueda librarme de ellos - consideró el enmascarado, con una mano en la barbilla.
¿Estás seguro? - el detective se asomó por encima del escritorio, pero al instante se agachó, pues otro enjambre de drones pasó a toda velocidad -. Un error nos costaría la vida... - Rentería cerró los ojos cuando una ráfaga de disparos se hizo sonar.
Lo sé - contestó Pierrot, esforzándose por sonar lo más sereno posible -. Por eso, cuando yo ataque, tú vas a correr de regreso al auto y escaparás.
El enmascarado levantó el rostro, encontrándose con su amigo gruñéndole.
- No sé a quién le estás diciendo eso - le reprochó el can -, pero si no te quedó claro la última vez, estamos juntos en esto.
Francesco encontró difícil contener su sonrisa, por lo que, con optimismo, sacó una esfera de entre sus ropas, provocando que la cola de Rentería hiciera ruido contra el escritorio cuando la vio.
- Perdón, es por reflejo - se disculpó el sabueso.
Pierrot, con un juego de manos casi imperceptible, hizo aparecer dos pelotas más, sosteniéndolas entre sus dedos.
Cuento contigo para todos aquellos que se me escapen. Sé que no es un buen momento para practicar, pero este ataque lo aprendí de un juego de celular - reconoció Francesco con algo de duda.
Tienes mi apoyo, amigo - lo respaldó Rentería.
Sus palabras hicieron que Pierrot sintiera algo cálido dentro de su pecho, así que, animado, salió de su escondite y aplaudió, haciendo aparecer su taco de billar que ajustó y talló tiza en la punta, mientras que el sabueso retrocedía a una distancia prudente.
El enmascarado dio una patada entre dos escritorios haciendo espacio y lanzó la esfera hacia arriba, antes de que varios enjambres de drones lo detectaran, Francesco se posicionó frente al ventanal, observó la pelota bajar y, con extrema precisión, lanzó el tiro.
Rentería vio cómo la esfera se transformó en un bólido borroso que atravesó la ventana, haciendo añicos toda la estructura de cristal. Tras la lluvia de vidrio observó al primer dron caer, destrozado por el proyectil de Pierrot, pero, para su sorpresa, la esfera se dividió en dos, destruyendo dos drones más que, a su vez, expulsaron dos esferas más cada uno. De forma exponencial, las bolas se multiplicaban con cada máquina destruida, haciendo que el panorama se viera saturado de pelotas rebotando con ferocidad de un objetivo a otro, diezmando a los drones gracias a la reacción en cadena. Las máquinas intentaban escabullirse entre las esferas, solo veinte drones lograron mantenerse en vuelo.
- Nada mal, ¿no crees? - Pierrot miró complacido a Rentería, antes de que el canino saltara sin avisar sobre él, justo antes de que una pelota fuera lanzada de regreso contra su dueño debido al caótico ataque.
Cayeron al suelo y Francesco vio de cerca los ojos castaños del canino, sintiendo el calor de su cuerpo y su respiración en su cara.
- Gracias - logró decir el enmascarado haciendo sonrojar a Rentería.
El sabueso movió sus orejas con brusquedad, se volvió hacia la ventana, alzó el brazo del arma y disparó; un dron que se había logrado escapar a las esferas los había detectado, pero la bala del detective lo destruyó.
- Por nada.
Rentería se levantó y, asegurándose de que no lo detectara otro dron, le tendió la mano a su amigo, ayudándole a incorporarse, después, con una asombrosa puntería, derribó a los pocos drones que quedaban volando.
De pronto, una explosión sacudió el observatorio, el sabueso y el enmascarado vieron por la ventana destrozada cuando el conejo calamidad, repelido por un meteoro llameante, atravesó el muro exterior y salió despedido estrellándose y rebotando varias veces contra el suelo.
Maximiliano y Francesco bajaron las escaleras, yendo a buscar a Evangeline con un sentimiento de victoria, pero cuando entraron por la puerta les recibió una escena horrible; las paredes interiores estaban destrozadas, las computadoras y cada pieza de tecnología se hallaba hechas pedazos, y en el centro del observatorio, se hallaba la mujer. Evangeline sangraba del rostro, boca y nariz, su ropa se hallaba empapada en sangre, y su cuerpo se tambaleaba, esforzándose por mantenerse en pie.
Al verlos, la mujer intentó dar un paso hacia ellos, pero cayó de rodillas, gimiendo de dolor, Pierrot y el can se acercaron.
- Un pentagrama... hagan un gran pentagrama... - dijo con un hilo de voz -. Debemos entrar todos...
El detective miró al enmascarado, confundido, pero Pierrot no cuestionó nada, tomando un pedazo de escombro y, apoyándolo con fuerza en el suelo, comenzó a trazar con rapidez. Varios drones entraron por el agujero que la calamidad había dejado en la pared, pero Rentería los derribó a disparos. Francesco trabajaba con eficiencia cuando escuchó que el sabueso había dejado de disparar, alzó la vista y vio que el can tenía el pelo encrespado y las orejas gachas, levantó el rostro, y vio a Acedio.
La calamidad avanzaba haciéndose camino entre los escombros, apartándolos como si no pesaran, llevaba el pecho descubierto y su pelaje maltratado.
- Nada mal, al fin alguien que logra entretenerme - reconoció el conejo, emocionado.
Evangeline se incorporó con la ayuda del detective, pero Pereza comenzó a caminar rápido, luego a trotar, y luego corrió, tomando una velocidad bestial y haciendo una mueca burlona, la mujer apartó a Rentería y, extendiendo su mano, disparó estrellas varias veces, Acedio evadió todas, moviéndose de un lado a otro y avanzando hacia su presa.
El conejo atacó a la mujer, pero Pierrot se interpuso a tiempo, recibiendo de lleno un puño en el estómago, que lo envió unos metros atrás. Rentería vio impotente a su amigo ser lastimado y, olvidando su miedo, levantó el arma y disparó, sin embargo, apenas logró hacerlo una vez cuando la calamidad, con una velocidad vertiginosa, apareció frente a él y lo desarmó de una patada, Pereza giró, y lanzó otra que dio en el pecho del detective, arrojándolo contra una pared.
Evangeline aprovechó la distracción del conejo, y disparó una estrella que impactó contra el hombro de Acedio, la calamidad hizo una mueca de dolor, pero enseguida se recuperó, y contraatacó, recortando la distancia con la mujer, y con una mano la levantó del cuello, asfixiándola.
- Me divertiste un rato, Evangeline, lo reconozco - dijo el conejo, amenazante -. Es una lástima que no puedas hacer más.
La mujer sentía su garganta cerrarse con el agarre de Baxter, que a cada momento era más fuerte.
Pu... do... - alcanzó a balbucear.
¿Cómo dices? - preguntó Acedio, poniéndose la otra mano en la oreja, burlándose -. Vamos, habla más fuerte.
Pue... do... - declaró Evangeline, haciendo que le conejo levantara una ceja.
Un brillo opacó los alrededores, la gema de la mujer destelló y, con una gran descarga de energía, expulsó a la calamidad lejos, Evangeline cayó de nuevo de rodillas, pero antes que tocara el suelo, un hombre imponente, la tomó entre sus manos. El hombre llevaba el pecho descubierto, era velludo, musculoso, alto y de tez clara. Por toda prenda, portaba una especie de calzón negro hecho de piel y sin preocuparse de que la mujer estuviese herida, se la echó al hombro, la pobre Evangeline soltó un quejido seco cuando cayó sobre los grandes músculos del espécimen.
Pierrot y Rentería, que se levantaban con dolor, vieron atónitos al hombre que medía al menos dos metros veinte, sujetar a Evangeline sin perder de vista a Pereza.
- La... estrella - pidió la mujer al enmascarado.
Francesco intentó acercarse, pero su dolor lo doblegó, Maximiliano se acercó a él y, sujetándolo de un costado lo llevó con rapidez junto al guerrero, en donde Pierrot tomó de nuevo un escombro y trató de terminar el pentagrama, sin embargo, el dolor le nublaba la vista, así que, Rentería, viendo el malestar de su amigo, tomó él la piedra y se puso a terminar el pentagrama.
Pereza se levantó y solo pudo ver como el grupo, junto con el hombre convocado, desaparecían bajo un destello de luz proveniente del pentagrama acabado.
- Esas gemas son bastante divertidas - reconoció la calamidad, sonriente.